Organizada por Carlos Basualdo, curador independiente y editor sénior de Trans>arts.culture. media, The Crystal Stopper reúne a diez artistas contemporáneos quienes, aunque de diversas edades y nacionalidades, comparten un discurso estético común que mezcla aspectos del posminimalismo con el arte conceptual. A los artistas aquí representados también los une su interés por la autorreflexión y por las superficies reflectantes, y la palabra “cristal” del título de la exposición se refiere al material de su tema —el espejo— pero, como todos los espejos, éste tiene dos caras (por lo menos).
La primera, a la que podría llamarse el espejo de la mirada rápida, refleja, de manera confidencial, una serie de ideales a los que normalmente aspiran las instituciones de arte. Por ejemplo, mediante la selección de sus participantes, The Crystal Stopper promueve una visión del arte contemporáneo como intrínsecamente internacional, y algo que puede decirse a su favor es que la muestra no recurre ni al formulismo de elevar a minorías “excepcionales” a una tradición europea, ni a las reducciones del multiculturalismo por medio del cual la obra de un artista

se refunde totalmente con el hecho de su identidad étnica. Por el contrario, en un giro posmodernista hacia el objetivo utópico de un lenguaje del arte abstracto accesible a todos, el espejo sirve de nueva categoría transnacional con relación a la cual exponentes tan diversos, desde el punto de vista cultural, Dan Graham, Attredo Jaar y André Tarkovsky, son igualmente respetables.
El énfasis de The Crystal Stopper en el trabajo de colaboración refleja aún más el propósito de extender el diálogo alrededor de un tema en particular. Esto se hace evidente en la inclusión de dos equipos de artistas: Quisqueya Henríquez y Consuelo Castañeda, y Dolores Zinny y Juan Maidagan, pero también está representado, a nivel un poco más sutil, en el enfoque de Basualdo como curador, el cual combina la selección de obras preexistentes, tales como Body Press (1972), de Dan Graham, y Untitled (Fear) (1992), de González-Torres, con otras que fueron encargadas y concebidas específicamente para la exposición. Un texto titulado Under Glass, que la acompaña, ofrece una versión poética del diálogo que siguió a la solicitud que le hiciera Basualdo a un grupo de artistas "para que piensen en los espejos", y los resultados de este encuentro son obras que responden no sólo al tema establecido, sino también a los objetos que las rodean y al espacio de la Galería como un todo. De hecho, la elegante orquestación de superficies plateadas y cubos minimalistas une la muestra tanto como su meditación sobre el espejo.

Es muy fácil experimentar totalmente The Crystal Stopper a nivel de la mirada rápida, registrando enseguida su coherencia formal, su alcance internacional y su interés por la obra específica del sitio, pero esto sería perderse la reflexión más profunda que la exposición hace de su tema, que puede describirse mejor como la construcción del espejo vacío; porque, como lo expresa el propio Basualdo, las obras presentadas, o bien rehúsan devolverle la mirada al espectador, o lo borran totalmente del campo de su reflejo.
lrónicamente, la función del espejo es minada de manera muy insistente por una de las dos instalaciones específicas del sitio: Sin título, de Henríquez y Castañeda, un mural fotográfico que cubre dos de las paredes del salón principal de la Galería y que reproduce el contenido arquitectónico del espacio (columnas, piso y techo), y que luego los multiplica ad infinitum a medida que pasan de un lado del salón al otro.
El efecto es un corredor de espejos en el que no hay lugar para el espectador. Sin embargo, tal vez es más perturbadora la forma como la obra trata la aspiración del arte específico del sitio a asegurar una conexión irrefutable entre un objeto y su medio. Al eliminar la sensación de la existencia de un sitio coherente, la obra ya no es capaz de establecer una conexión arraigada a su ubicación física o una crítica discursiva del espacio institucional en el que habita.
El espejo vacío también surge a través de la repictorialización de la estética minimalista que marca los objetos escultóricos expuestos. Teresita Fernández, por ejemplo, emplea dos estrategias claves del minimalismo: la colocación del objeto en el espacio “real" del espectador, y la Gestalt de formas geométricas simples, pero las utiliza para crear una piscina reflejada en lugar de los objetos resueltamente no figurativos del arte mínimo. Esta referencia al mito de Narciso, aunque totalmente consistente con la incapacidad del espejo para establecer una identidad fija, va absolutamente en contra de los principios minimalistas que se esfuerzan precisamente por derribar el modo de representación ilusionista asociado con Narciso, en favor de un modelo fenomenológico basado en la corporeidad de la obra de arte y el espectador.
Efectivamente, los discursos estéticos a los que se refiere The Crystal Stopper —lo específico del sitio, el minimalismo y el arte conceptual— comparten el objetivo común de establecer una nueva función comunicativa para el arte (y una nueva forma de autoconocimiento para sus espectadores) que no depende de la tradición del espejo. Al transformar estos modelos en espejos vacíos, The Crystal Stopper refiere al fracaso del arte contemporáneo en reflejar al más profundo nivel a aquellos que lo producen. A pesar de que hace alusión a un corredor de espejos, The Crystal Stopper se percibe más como un cementerio en el que tanto la función tradicional del arte de transmitir una ilusión, como las estrategias concebidas para oponerse a ella, reafirman el fracaso de sus aspiraciones ante la silenciosa tenacidad, que es el último derecho del muerto a expresarse.
MARGARET SUNDELL

