Aproximarse a la obra de Teresa Serrano exige un afinado ejercicio hermenéutico para capturar cada hilo argumental que se superpone y ramifica en diferentes temáticas, reiteradas preocupaciones denotadas ya en sus trabajos anteriores.
Bajo una apariencia formalmente reductiva y minimalista, se esconde un discurso que no escatima posturas controversiales ni en lo que respecta a género, ni en lo conceptual, ni en lo político. En realidad, la separación de estas mismas áreas de pensamiento, aunque operativa para expresar un análisis, es el primer punto que cuestiona la obra de Serrano, impregnada toda de una atmósfera anticartesiana que clama por una indisoluble unión alma-cuerpo.
De esta actitud da cuenta el antropomorfismo implícito en esa voluntad de construir un objeto de apariencia industrial y autorreferente, y pervertirlo en su esencia cubriéndolo con un manto de encaje o guardando en él un par de guantes de lana tejidos manualmente, obligándolo a emanar una luz rosa, o asociándole un tubo de goma inútil que desdice cualquier hipótesis funcionalista.

Cajas de explícita geometría, metales pulidos y espejos anticipan ya, desde las imperfecciones de acabado, pulsaciones que irán creciendo cuando los contenidos se vuelvan contenedores. Estas cajas, albergue de pequeños registros humanos, femeninos, eróticos, orgánicos, se desdoblan, mostrando un revés, en otra obra-instalación -52 semanas, 52 años-, donde la manta bordada se vuelve protagonista, y la estructura metálica, el alma oculta. Estos montículos emergen de la tierra, conformando un paisaje en crecimiento que reflexiona, al decir de la artista, sobre temas de "la naturaleza, la feminidad, la protección, la sensualidad y la fortaleza". Hay algo que recuerda al barroco en este cambio de lugar de la mirada, ese juego de puntos de vista, opciones de sintaxis visual que van estableciendo un discurso específico y personal.
Antecedente de esta instalación es, entre otras obras, La montaña, el río y las piedras, donde el cobertor está hecho a la manera de la protección que se les coloca a los caballos en las corridas de toros. Tradicionalmente ejecutadas por hombres, aunque la manualidad de la costura parezca mencionar un ejercicio de dominio cultural femenino, estas mantas establecen inquietantes analogías con los ciclos vitales.
El afán de constituir sus objetos en "huellas de un cuerpo pensante" lleva a la artista por un camino transgresor que explora la unión de contrarios. Desde imponer un código de color donde la representación simbólica es una intención inocultable, hasta la manipulación de técnicas artesanales en las que el rastro de la mano es omnipresente, es notoria la intención de edificar una construcción cultural compleja en un contexto minimalista donde esas lecturas son improbables por definición. Desde las referencias intertextuales al sistema y el ciclo de construcción de la pirámide azteca, o a una visualidad apoyada en la herencia colonial y a las más cercanas proclamas de las vanguardias modernistas, se evidencia un soporte ideológico que tampoco concede a las simplificaciones, sino que predica desde un entretejido de circunstancias históricas y sociales.
Teresa Serrano desacredita la pretensión de la inteligencia arraigada en el imperativo hiper racionalista masculino y lo hace con un gesto certero, cargado de vida, de saber intelectual y sensible, de ironía, y hasta de cierta dosis de benevolencia.
ANA TISCORNIA
