Exposición Individualjul 1997 - sept 1997· Por Victor Guedez

Rolando Peña

Museo de Ciencias de Caracas, Museo de Bellas Artes y Galería de Arte Nacional

"El príncipe negro" —nombre con el que se conoce a Rolando Peña- se ha convertido en el principal protagonista de la plástica venezolana duran- le el arranque de la temporada de 1997. Este reconocimiento es legítimo como consecuencia de sus dos muestras simultáneas, en el Museo de Ciencias de Caracas y en el Museo de Bellas Artes, y su contundente presencia en la exposición colectiva organizada por la Galería de Arte Nacional, bajo el sugestivo título La invención de la continuidad. A todo esto, se añade la selección de su nombre, luego de haber sido propuesto con el voto unánime y razonado de un jurado ad hoc, para que represente el nombre de Venezuela en la Bienal de Venecia, prevista para este año.

Sus individuales en el Museo de Ciencias y en el Museo de Bellas Artes se denominan Menespace, con lo cual integra dos vocablos de naturaleza asimétrica: el primero, mene, es la voz indígena con la que nuestros aborígenes identificaban una sustancia negra que brotaba de algunas partes de la tierra, y que servía como recurso para calafatear las curiaras y, en ocasiones, como recurso medicinal. Por su parte, el término space proviene de la lengua inglesa, y significa espacio.

Exposición Individual: Rolando Peña — imagen 1
Rolando Peña. El derrame. 1997. Video instalación, plástico negro. 1.000 m. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Caracas, Venezuela. Foto de Nelson Garrido.

En el Museo de Ciencias se aprecian tres instalaciones. La primera es Oro negro, que consiste en la presencia modular yen la compulsiva reiteración de la imagen de un barril dorado de petróleo que flota a partir de un fondo negro. La segunda instalación es El Mar Negro, que está solventada a partir de un plástico negro que cae desde el techo, para prolongarse en una considerable extensión, todo lo cual es avivado y dramatizado por la acción de unos ventiladores que promueven un movimiento desafiante y amenazador. Esta atmósfera se acrecienta por la presencia de varios monitores de vídeo que proyectan las imágenes de los pozos de petróleo incendiados en la guerra del Golfo Pérsico. La última de las instalaciones se denomina Mene digital, y está conformada por una plétora de recursos informáticos, que comprende: a) Página de Internet; b) C.D. Room; c) Cuatro cajas de luces; d) Siete tablones y, e) Once grabados con imágenes computarizadas.

La muestra en el Museo de Bellas Artes se desdobla en vertientes distintas, pero de indudable complementación. Por una parte, está El derrame, que consiste en una amplia extensión de plástico negro que cubre más de 1.000 metros cuadrados y que, a partir de sus pliegues, sinuosidades, crestas e irregularidades, simula una gran piscina de petróleo derramado. La sensación de desolación y de alucinación de estos efectos se incrementa como consecuencia del sucio que progresivamente se añade para crear una atmósfera de fuerte contenido reflexivo. Pero, además, el impacto de la obra se acrecienta con el video que permite visualizar un derrame, así como con una música cósmica grabada por la NASA, y que transmite sonidos extraños que dejan oír ruidos inéditos cargados de enigmas e incertidumbre. En el Museo de Bellas Artes también se encuentra otra instalación, identificada como Koyaanisqatsi. Esta expresión procede del lenguaje de los indios hopi y se traduce como "mundos en turbulencia". La instalación consiste en un tríptico fotográfico de gran formato, en donde se transcriben las profecías hopi sobre imágenes que reproducen la superficie de El derrame. Entre otras cosas, la referida profecía establece: "Si extraemos cosas preciosas de la tierra, invitaremos al desastre. Cerca al día de la purificación se tejerán telarañas de un lado al otro del cielo..."

Como ya dijimos, la presencia de Rolando Peña en el escenario expositivo venezolano no se agota con sus muestras individuales. También está presente en una exposición antológica que se presenta en la GAN, bajo la curaduría de Luis Enrique Pérez Oramas y de Ariel Jiménez. Aquí está presente el artista con dos piezas de insoslayable referencia en la plástica venezolana. Una es Miss Venezuela (1968-1975), la cual registra un conjunto de fotografías conceptualizadas y surrealizadas de él mismo. Cada una de estas fotografías es intervenida, con una clara intención de subrayar las desviaciones cosméticas y las distracciones rituales a través de las cuales se le ofrece circo a un pueblo que posee necesidades más vitales. La otra obra es La caja de música (1979), que, a la manera convencional de estos juguetes, permite oír una armonía de sonidos mientras se muestra un balancín que actúa para cumplir con los ciclos de la explotación petrolera. Un dato interesante se relaciona con que esta pieza asoma de manera explícita, y por primera vez, el tema petrolero dentro de la plástica venezolana.

Son muchas las consideraciones que podríamos plantear en torno al desenvolvimiento en general de El príncipe negro y a las peculiaridades específicas de estas muestras. Sin embargo, la conciencia del espacio disponible nos restringe a exponer sólo tres ideas. Una es que, a partir de una insobornable y repotenciada línea de continuidad, Rolando Peña ha logrado ampliar su repertorio temático, diversificar sus recursos y materiales y profundizar la esencia conceptual de su propuesta. Esa línea inalterable ha sido el petróleo en sus espectros más abarcadores y en sus expresiones más abiertas. Este apego, desde luego, revela intrínsecamente un valor histórico, así como una referencia en el desenvolvimiento de la plástica nacional. No hay duda de que haber decidido adoptar y ahondar en el eje que gobierna una parte sustantiva del país es ya un gesto de visión e intuición. Pero el valor de Peña no se reduce a la simple casuística histórica y sociopolítica de haber definido y profundizado un ámbito de exploración. Sus mayores atributos se asocian, más bien, con la posibilidad de no agotar el asunto ni de agotar su personal capacidad para tomar y repotenciar al petróleo como dato de una temática, como recurso de una resolución y como fundamento de un concepto. Quizá, éste es uno de los desafíos superlativos que debe asumir un artista para validar su significación estética y su aporte plástico. Son muy pocos los artistas que en el mundo han mantenido una fidelidad de esta naturaleza, y son muchos menos los que han logrado prolongar y enriquecer su legitimidad sin abandonar la consustanciación con un tema, con un recurso o con un concepto. Sin embargo, Rolando Peña lo ha conseguido a través de una inalterable secuencia que, como vimos, arrancó en la década de los sesenta y se prolonga con una vocación colmada de prospectiva. Pero lo más interesante es que, al observar las exposiciones comentadas, uno percibe la potencialidad de una propuesta que palpita con la vitalidad de quien todavía asume su obra con los desafíos análogos a los de un principiante. Esta actitud es la mejor garantía para esperar el ininterrumpido crecimiento de un registro abierto a recodificaciones fructíferas.

Desde el punto de vista estético, el petróleo para Rolando Peña ha sido un recurso ensimismado, un ícono simbolizado, un acontecimiento metaforizado y una realidad profundizada. Podríamos desarrollar una extensa argumentación acerca de los significados de estas afirmaciones, pero por ahora sólo deseamos hacer una simple relación enunciativa. Con esta misma expectativa podríamos aseverar que, desde el punto de vista personal, el petróleo para Rolando Peña es trinchera de su rebeldía, recurso de comba te, idea de resistencia y, en definitiva, código de su afirmación individual y estética.

Quisiera destacar que la relación de Rolando Peña con el petróleo no es de naturaleza panfletaria ni denigratoria. Su postura no se levanta sobre el pedestal que ofrecen las poses fundamentalistas que sólo permiten caricaturizar y fraccionar el análisis de lo que significa el petróleo en Venezuela y el mundo. El nexo de Peña con el petróleo puede definirse, por el contrario, como una relación de fidelidad crítica y de lealtad que cuestiona. Él y su obra ya no tienen existencia independiente del petróleo. Parafraseando a Ortega y Gasset, podríamos decir que así como el hombre es él y su circunstancia, Peña es él y su petróleo. En esta relación crítica y de cuestionamiento que el artista establece con el petróleo se nota que no hay un regodeo ni un regocijo alrededor del tema; tampoco se observa objeción ni censura. Más allá de estas interacciones superficiales, acomodaticias u oportunistas, Rolando Peña establece una relación fundamental con el petróleo. Y aquí asociamos lo fundamental con el contenido que Wittgenstein le atribuía al término fundamento. Él afirmaba: "Cuando se quiere ir más allá de lo Último, no se buscan las causas, sino los fundamentos".

Todavía quisiera añadir una especulación adicional para subrayar lo que significa el petróleo en el origen, naturaleza y propósito de la propuesta estética de Rolando Peña. Me ubico en una metáfora que alguna vez leí acerca de las bondades de un traductor. La metáfora en cuestión sentenciaba que un buen traductor no es el que domina otra lengua; más bien, el buen traductor es el que se deja dominar por la otra lengua. Sólo mediante esta deliberada y existencial decisión de dejarse poseer por aquello a lo cual se sirve, se puede garantizar su asimilación, procesamiento y transmisión fiel. Pues bien, creo que algo análogo ocurre con el vínculo entre nuestro artista y el petróleo. En efecto, Rolando Peña envuelve su existencia y nutre su vivencia con el petróleo. Por eso, incluso, asume una indumentaria absoluta e impecablemente negra, por eso también se llama el príncipe negro y por eso también nos tiene reservadas brillantes producciones a partir de la negrura del petróleo.

Una cita de Theodor W. Adorno nos ayuda a redondear estas aproximaciones a la obra de Peña. Dice el filósofo: "Para poder subsistir en medio de una realidad extremadamente tenebrosa, las obras de arte que no quieran venderse a sí mismas como fáciles consuelos tienen que igualarse a esa realidad. Arte radical es hoy lo mismo que arte tenebroso, arte cuyo color fundamental es el negro".

VICTOR GUÉDEZ

Rolando Peña, por Victor Guedez | artnexus