Los tejidos de Olga de Amaral amplían los logros de los textiles de los indígenas americanos de manera notablemente satisfactoria. El uso que hace de los colores metálicos vincula claramente las obras de De Amaral con las antiguas tradiciones de los textiles como artículos suntuarios. Al igual que sus predecesores precolombinos, quienes incorporaron símbolos cósmicos a sus trabajos, las creaciones de De Amaral también evocan las cualidades espirituales del mundo natural. La principal diferencia entre los enfoques de los tejedores prehistóricos y los de De Amaral radica en sus muy diversos niveles de abstracción. En vez de utilizar un símbolo para representar una fuerza de la naturaleza, Olga de Amaral recrea las impresiones vívidamente sensoriales adquiridas mediante la observación directa del paisaje que la rodea. Al entretejer fibras revestidas de hojilla de plata, Ríos 7 captura la impresión creada por el sol que resplandece en la superficie y entre partículas de pirita esparcidas en el fondo de un claro arroyo. Ríos 2, una obra afín ejecutada en azules y rojos, reproduce las distorsiones visuales creadas al nadar a través de una corriente que se mueve rápidamente. lncluso el más leve aliento hace mover las fibras dispuestas en capas de Luna 3, produciendo las vagas distorsiones que le dan vida a la superficie de la Luna en su travesía por el firmamento nocturno.

Otras obras son más alusivas en su relación con el paisaje. Los sofisticados entretejidos de Olga de Amaral en obras como Imagen perdida 1, expuesta muy acertadamente en un salón que de otra forma estaría vacío, sugieren las sombras en continuo cambio creadas por una arboleda en un día borrascoso. Su parco uso del gris aplicado sobre los ricos rojos, dorados y azules del tejido, no solamente demuestra un altamente refinado entendimiento de la teoría del color, sino que crea una dinámica visual adicional a la que contienen los patrones del tejido en sí.
En las obras más atrevidas y técnicamente desafiantes de la exposición, De Amaral ha impulsado su arte en una dirección diferente. En dos instalaciones de Estelas esculturales en exhibición concurrente en Washington, ella ha vuelto a interpretar las formas de la roca. Es inmensamente satisfactorio ver a una artista de reconocido prestigio salirse del enfoque de los materiales que le hicieron ganar fama internacional, para explorar nuevos rumbos. Sin embargo, este nuevo enfoque de su material plantea una serie de problemas conexos que esta artista todavía no ha resuelto por completo. Sus soluciones a los inmensos desafíos técnicos que planteó, al convertir en obras tridimensionales lo que son básicamente tejidos bidimensionales, se esconden tras densas capas de escayola y laminillas de oro. La necesaria rigidez que esto impone obstaculiza el potencial ofrecido por las construcciones más abiertas de sus obras anteriores; en consecuencia, las Estelas se tornan en algo diferente a piezas textiles, y adquieren una cierta austeridad formal, aunque pierden en la transformación gran parte de su magia.
De los dos grupos, el más satisfactorio es el de las Siete estelas doradas, expuestas convenientemente contra los muros de mármol al exterior de la Sala de Conferencias del Federal Reserve Board. Su presentación bidimensional coloca las yuxtaposiciones visuales de la obra más directamente dentro del control de la artista. En contraste, De Amaral suspendió del techo del Art Museum of the Americas los elementos de Nueve estelas, permitiendo así que los espectadores se pasearan por entre ellos; el movimiento normal de éstos y los movimientos ocasionales de todo un elemento escultural demuestran ser menos forzados que la dinámica del tejido de colores de las otras piezas de la exposición.
Como artista de inmensa creatividad, Olga de Amaral trascenderá sin duda estas limitaciones a medida que continúe con sus exploraciones. Dada la habilidad y el arrojo con los que ya ha enfocado su proyecto, se espera que los resultados sean poco menos que revolucionarios.
K. MITCHELL SNOW
