La realidad histórica ha demostrado, por fin, que Manuel Felguérez ha tenido la razón. Antes, también, la realidad había estado de parte suya, solo que las circunstancias no habían sido tan propicias como ahora para que a ese artista se le reconocieran explícitamente alta dosis de razón. Sucede que sus propuestas informalistas sesenteras, plenas de expresividad (de esa rara potencialidad para no pasar jamás inadvertidas), de pares de opuestos reconciliados por él en sus obras (rudeza y delicadeza, drama y sensualidad...); de rebeldía cultural (al serle fiel, precisamente, a sus convicciones artísticas); de autonomía estilística (al no dejar que otros decidan por él al respecto); en fin, de atrevimiento (tan necesario en el arte, pero tan escaso), no solo están presentes en sus telas y en sus esculturas recientes, sino que se hallan, en ambas, incrementadas. La puesta al día de sus planteamientos había acontecido, en los tiempos recientes (desde 1988-1989), de manera simultánea al devenir del pensamiento y de las artes, de modo que cuando él decidió recuperar y combinar los léxicos que había utilizado en fases precedentes de su trayectoria, tal postura coincidió con el eclecticismo postmoderno que estaba tan en boga.

Por ello, aun cuando se advertía congruencia en sus propuestas, éstas no parecían escapar del todo de una cierta normalidad de avanzada. Eran interpretadas por sus colegas y por los especialistas como la confirmación de que los fenómenos posmo podían ocurrir en una trayectoria individual, y no solo colectivamente. Y aunque tal cosa es verídica y valiosa, las obras que Felguérez ha reunido en la individual El limite de una secuencia, que de enero a junio exhibió en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), constituyen, en efecto, una exploración sobre la relatividad de los límites cuando con éstos se alude al arte verdadero, al léxico individual genuino, o a la sinceridad profesional.
En tanto que Felguérez ha insistido en la validez de sus propuestas sesenteras ya enunciadas, al tiempo que ha evitado reiterar soluciones que en otros momentos le han resultado útiles (aun cuando se autocite), y al tiempo que, también, ha desdeñado las tentaciones de participar de las modas (lo cual jamás le impidió haber estado al día con respecto a los ismos de su época), la vigencia de su léxico ha resultado incrementada. Dicho de otra manera: a fuerza de ser sesentero —y cada vez más sesentero— ha incrementado la importancia de sus obras hasta el punto en el que, en los tiempos en los que se revalora el arte "de límite" (cutting edge), aquí están él y su actual producción para confirmar cualquier hipótesis al respecto. Resulta inocultable que, sin recato, hoy hace "lo que quiere". Incluso, en algunas de las esculturas que presentó en MARCO pareciera haber no solo remembranzas de un pasado pleno, sino la consecución de asuntos pendientes. Cual si en el tránsito de este autor de aquel informalismo "orgánico" de los sesenta hacia un radical neoconstructivismo (el geometrismo mexicano) en los setenta hubiese dejado sin aplicar soluciones formales que no le resultaban adecuadas para su tase geometrista, pero ahora sí; cosa que es de agradecer, sin duda.
CARLOS-BLAS GALINDO
