No podía escogerse mejor lugar para presentar la exposición Deadline (Plaza límite), de Luis Cruz Azaceta. Miami, una ciudad donde la violencia, la opresión política y el exilio se discuten desde el amanecer, mientras se degusta un cafecito cubano. El espacio escogido también es un acierto: el galpón de techos altos, paredes rústicas y piso de concreto de la nueva galería de Fred Snitzer. En este contexto, las siete obras que conforman la exposición provocan un fuerte impacto que conmueve y, por qué no, incomoda.
En Cuban Icarus (Icaro cubano), de 1996, la imagen de un hombre, alado y desmembrado, se balancea en la parte superior de la composición, para no caer en un hoyo negro, cavado en una lámina de teja corroída que cubre el borde inferior. El rostro del personaje, realizado con gran sentido del dibujo, es un autorretrato. En Head Trip 2 (Viaje de cabeza 2), de 1996, reproduce una idea similar, al colocar una cabeza que puede caer en un hoyo negro, lleno de huesos humanos dibujados y tapados, en su mayoría, por la lámina metálica. Estas dos obras siguen la línea del trabajo más reciente de Azaceta, en el que maneja, con un estilo expresionista, temas estrechamente ligados a su experiencia personal, tales como los sentimientos de pérdida y las ideas de desplazamiento y opresión.

La razón para sentirse de esa manera, al menos una de las razones, es el tema de Deadline (Plaza límite), de 1997. En esta pieza, enorme por cierto (60" x 96" x 12"), dibuja la caricatura de un general desmembrado, acostado sobre cuatro patas. El dictador, de corte hitleriano, con el típico bigote y claras facciones de cerdo, aparece atado a una bomba hecha con un pato de peluche (con la barriga llena de dulces), un taco de dinamita, una botella plástica y un enorme reloj de pared. Las manecillas del reloj se desplazan lentamente, repitiendo, quizá, "falta poco" o "¿hasta cuándo?" Por la misma línea va Self Explosive (Explosivo propio), de 1997, otra obra de gran formato, en la que aparece el torso de un hombre desmembrado, colocado sobre ruedas y atado a dos bombas: una ubicada en el pecho, compuesta por un oso de peluche y cartuchos de dinamita; y otra en la frente, hecha de botellas plásticas y un empaque de puro El sublimado, una referencia muy sutil. En este caso, el reloj está pintado y las manecillas no se mueven. Acaso la espera se ha hecho demasiado larga y se ha congelado en el tiempo.
De ahí que siga en La espera I (1996) o Waiting (Esperando), de1996, autorretratos que repiten la típica imagen acurrucada en posición fetal, de mirada fija y desolada, ubicada frente a un hoyo negro en forma de alcantarilla o sobre una lámina de hojalata oxidada y chorreada, que se va desintegrando lentamente. lmágenes duras e impactantes de quien busca expresar su angustia mediante su mundo visual.
FRANCINE BIRBRAGHER
