Durante los meses de marzo a mayo, la Biblioteca Luis Ángel Arango realizó la muestra Otra mirada, dedicada a la obra de Luciano Jaramillo (1938-1984). Tal vez, ésa es la primera muestra que destaca sus méritos y hace justicia al situarlo en el lugar que le corresponde dentro del arte colombiano. Desde su muerte, han sido tres, incluyendo ésta, las exposiciones que presentaron al público una visión de su trayectoria artística. La lectura, en este caso, se hace más coherente gracias a la orientación del curador, la selección y el montaje.
En esta muestra se ven claramente sus cualidades pictóricas y sus obsesivos temas trabajados durante sus veintiséis años de vida profesional. Tanto para quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y disfrutarlo como profesor, como para las actuales generaciones, en esta ocasión se evidencia una mejor comprensión y sentido de su obra, su pasión por el arte y su constante estudio de las personalidades que dejaron legados a la humanidad. La imagen del retratado y su fantasma lo envuelven desde sus primeros años, y los proyecta en diferentes situaciones. Rostros de mirada penetrante, distorsionados o desfigurados, juegan un papel preponderante en esta exposición. Aunque el tema del retrato fue una constante, durante los últimos siete años construye con sus Retratos imaginarios la galería de personajes, de sus obsesiones y de sus mitos.

La exposición está programada para iniciar la visita a partir de la última serie, Retratos imaginarios. A la entrada encontramos: Picasso, 1965, Bolívar, Manuela y Bolívar muerto; a este grupo le contraponen las imágenes de los retratos acompañados por la imagen del fantasma latente que con mirada vivaz y violenta transmite con gran fuerza interna su biografía. Al otro lado, mirando dignamente al interlocutor, se presentan: Van Gogh, 1977; Gauguin, 1984; Franz Halz, 1984; Goya, 1983, y Goya, 1978, como testimonios de admiración. A través de ellos recompone la imagen en busca de rasgos hipotéticos de la realidad fisonómica, y con la línea de horizonte crea un juego compositivo que le sirve para situar al fantasma que está a la cacería o acompaña a cada personaje.
En la siguiente sala estaba otro de sus temas, las figuras en acción de la serie Cocktail, presidida por un díptico de 1983, el más importante de la serie. A los personajes de la escena principal los acompañan muñecos que se balancean, detectan la vida, las etapas de la inocencia y los afectos. En esta misma sala, el retrato imaginario de Sara Bernhard, 1982, está trabajado en gama oscura e indeterminada. En los retratos imaginarios de artistas el ambiente es definido y localizado, mientras en los retratos de los escritores la atmósfera es de misterio. Este concepto se amplía en la sala siguiente; los rostros de Lautréamont, 1984; Baudelaire, Stendhal, Rimbaud, 1983, acompañado de calaveras; Verlaine, 1984, y Retrato de un poeta (Autorretrato, 1982), que presenta en primer plano una calavera de toro, mientras el retratado mira detenidamente al espectador. Esta parte de retratos imaginarios termina con Retrato de Juan y Blas (sus hijos), 1970, y Autorretrato, 1977, en el que el artista se presenta entre la obra hipotética y el espectador, al estilo de Las meninas de Velázquez; el tema no se conoce pero deja implícito el contenido.
Aunque el eje central de la exposición fue la serie Retratos imaginarios, hubo también un salón dedicado al dibujo, medio que dominó con gran maestría y seguridad.
Pinceladas libres, ágiles y sueltas recrean la forma que desarma y recompone en busca de sus ideales. Artista decidido y temperamental, se mantuvo alejado de toda moda del momento para dialogar consigo mismo. Construyó las obras sobre fondos de gran riqueza colorística, con el dominio y seguridad que le dio el dibujo. La línea le sirvió como conectador de recuadros donde aparecen elementos que integra a la composición. Si en esta muestra no está presente toda su producción, es una muy buena selección para que el público pueda disfrutar y valorar las cualidades artísticas de Luciano Jaramillo.
MARIA TERESA GUERRERO
