En los años ochenta se tenía la impresión de una verdadera explosión demográfica de los artistas plásticos en Santo Domingo. Prácticamente, cada exposición agregaba uno o más nombres desconocidos. Entre ellos está Jesús Desangles, que expone en la Galería Último Arte.
Hubo un fenómeno Desangles. Su obra, desde 1984, proponía una imagen insólita. Los premios se sucedieron. Fue el pintor dominicano escogido para la inauguración del MARCO en Monterrey. La crítica se entusiasmó. Ocurrió que una muestra completa se adquirió antes de la apertura —¿realidad o mistificación?
Después de aquella prolongada tempestad de éxitos y sorpresas, las aguas volvieron a su nivel. Y Jesús Desangles ha conservado su posición de pintor sólido y deferente, investigador e intuitivo, apegado a sus raíces y deliberante contemporáneo. Los vínculos de referencia con el exterior se trasmutaron en introspección pictórica, y el artista ha dado curso libre a un expresionismo singular. La revelación y la rebeldía se funden en una formulación de signos, que no se interesan en volverse símbolos. Representan una personalidad y una cultura.

Jesús Desangles es tan buen dibujante como pintor, articulando perfectamente ambas categorías. Si sus dibujos propician la precipitación de las formas interiores en ritmos, en trazos vibrantes y enérgicos, llamando a una especie de contemplación hipnótica, la técnica de la pintura es curiosamente lenta y rápida, según lo siente su autor, requiriendo una mirada participativa y una receptividad desprejuiciada. La ejecución limpia y minuciosa, los cánones tradicionales de lo bello, no le conciernen.
Leemos, dentro de un desenfado lúdico, el goce del feísmo y de monstruos fascinantes. Óleo y acrílico se conciertan en una misma tela. Los brochazos gestuales pueden aquietarse en un inesperado divisionismo de pinceladas cortas. El toque apoyado y audaz se aligera de repente. La agresividad de las formas cede ante la ternura del color. Lo que en otro sería contradicciones se vuelve aquí afinidades, libertad inspirada y, finalmente, controlada; característica no de Desangles únicamente, sino de la pintura dominicana actual.
La interpretación y la desacralización de la figura humana lleva al paroxismo. Como lo valoraba ya en 1992 el escritor Manuel Núñez, "El pintor ironiza lo egregio, ríe para diferenciarse de la espasmódica seriedad de los demás, se atiborra de excrecencias y adobos barrocos..." Jesús Desangles no ha cambiado: la fuerza de la obra, más suelta y rica que nunca, se aloja en esa facultad de transformación, gestora de corporeidades caricaturescas y míticas, ignotas y familiares, existentes e imaginarias.
Por distantes de lo real, por conformistas que sean los protagonistas de Desangles, con sus anatomías tan especiales y sus rostros extrañísimos, no suscitan el desconcierto en el espectador, ni le plantean una necesaria verosimilitud. Sentimos como nuestras las bizarras criaturas, presencias únicas en el lienzo, ya menudo llenando un espacio apretado o colocadas en dúos y tríos danzantes. Los ojos se apoderan de lo invisible. La magia opera, las correspondencias suceden. Es toda la energía caribeña, con su sensualidad, su rítmica, su luz, que se aloja en el cuadro, dando, sin importar el tamaño, una impresión de monumentalidad. Un dibujo o una pintura de Jesús Desangles, extendido en la verticalidad o la horizontalidad, cuasi mural, como rostro apenas magnificado, siempre sobrecoge, dueño de fuerzas culturales y rituales.
El personaje o los personajes son vivencias barriales criollas, antillanas, tomadas del entorno -calle, fiesta o carnaval-. Mundo que pertenece naturalmente al artista y, por esa razón, comunica autenticidad. Heredero lejano de Paul Giudicelli y ocasional de Ramón Oviedo, expresionista incontenible, capaz de guiñar un ojo a obras maestras seculares, simplemente porque un día lo decide, Desangles se destaca por su individualismo estético y su resistencia a cualquier patrón. Afirma su convicción de pintor aunque descubrimos sus dotes en la escultura y la tridimensionalidad. Entonces se vuelve más humorístico, más fantasioso: se ríe a carcajadas -bien construidas— de esa escapada, fehaciente de otras opciones que, cuando él, solamente él, quiera, pueden desarrollar nuevas propuestas. Así sucede con el mural de la fachada de la Galería Último Arte, dejando asombrados a muchos.
Jesús Desangles transmite un dinamismo carismático, más físico que conceptual, a semejanza de los habitantes de su bestiario fabuloso.
MARIANNE DE TOLENTINO
