En el recorrido incesante en el que enfrenta y une lo imaginario y lo real a la memoria, la instalación que la artista mostró en 1995 en el Bronx Museum of Arts fue el paso decisivo que le permitió ingresar de nuevo a la pintura, exorcizando una gran agitación emocional y tormentosa, para abordar su obra actual en una relativa paz. Es la primera vez que Gladys Triana, artista cubano-americana que reside en Nueva York, presenta su obra en París.
La exposición del Espace de Nesles, titulada Jeux de Mémoire, estructura y asiente, a través de 16 dibujos con collages y 16 óleos, esa captación variable de lo efímero, esa persistencia firme y delicada de estructurar su identidad dividida. En esos nuevos trabajos, la concepción de un espacio mental se articula sobre la superposición de varios pianos o espacios, geográficos y mentales, pictóricos y técnicos, históricos y esotéricos, políticos y poéticos, haciendo de la dimensión lúdica la verdadera metáfora del sentido de la obra. Esa divagación sobre el tiempo está sometida al dominio de la rueda y del círculo, símbolos que aparecen como íconos obsesivos en la argumentación del discurso sobre la transformación: mutación deseada o soñada para la isla querida y detestada a la vez, saudade simbólica que configura la mutación reconstructiva de la identidad cultural de la pintura.

Otras pautas concurren a la evocación del transcurrir del tiempo y el carácter ineluctable del rol de esas memorias mezcladas: primero, los recursos técnicos, ya sea el uso de los papeles y, particularmente, de la hoja recortada irregularmente como si fuera pergamino, o del papel Japón lechoso, que Triana encola y sobre el cual dibuja y pinta, dando una transparencia que acentúa la intemporalidad; transparencia y suavidad del discurso plástico están, además, subrayados por el empleo exclusivo de colores a la sordina, con una gama matizada en ocres, azulosos, agrisados y verdes tiernos. También, el empleo de figuras recurrentes como el wagon, el laberinto, la rueda, el medallón o el mapamundi, nos proyectan en la dualidad de un mundo en el que la autora —como la isla a la que se refiere constantemente— está oscilando entre una postura de encerramiento y de apertura, sinónimo de su precaria libertad afectiva y mental. Obra personal, filosófica y crítica, atravesada por el sueño, la ideología y el juego. Otra imagen, esta vez ojo central de la obra —¿ojo del diablo?— es el mapa de Cuba. Omnipresente en cada obra, está figurado al revés y nos conduce siempre al hilo conceptual y explicativo de la obra. Esa meditación plástica, que podría ser la de un náufrago, no es agresiva ni violenta. Gladys Triana ha escogido un lenguaje suave para comunicarnos sus verdades a través de breves historias o narraciones que están concebidas como construcciones mentales y visuales que podríamos asimilar a los cadáveres exquisitos de los surrealistas.
En esas variaciones enigmáticas, casi musicales, sobre la dificultad de entrelazar el lugar y la memoria, hay una sabrosa mezcla de ironía, de humor y de ternura. De las aproximaciones fortuitas a Klee y a la obra de Xul Solar, hasta las reminiscencias del surrealismo y la identificación con una cierta concepción asiática —diríamos de tipo Zen— del espacio pensado como un lugar de meditación, la obra que nos presentó Gladys Triana en París nos habla de esta franja poética sobre la que estamos instalados gracias al equilibrio-desequilibrio del ir y venir de la memoria.
CHRISTINE FRÉROT
