Gabriel Orozco

Gabriel Orozco. Un sueño común. 1996. Cibachrome. Edición de cinco. 61,6 x 47,3 cm. Cortesía Manan Goodman Gallery. Nueva York.

Primer Planojul 1997 - sept 1997· Por José Manuel Springer

Gabriel Orozco

Emplazamiento, desplazamiento

La gente lo confunde generalmente con el muralista mexicano. Sin embargo, Gabriel Orozco es un artista por derecho propio, que probablemente no aprueba ser identificado como mexicano. Desde principios de los ochenta, Gabriel Orozco ha enfrentado las convenciones tradicionales al no cumplir con las expectativas étnicas. Está convencido de que las manifestaciones fuertes —como las de los muralistas— o el arte idiosincrático están condenados a no valer nada en un mundo dominado por la cultura de las comidas rápidas y del arte al estilo Hollywood.

Gabriel Orozco (Veracruz, México, 1962) ha optado por un acercamiento sutil al arte. Un arte que no es conmovedor sino sensual, orgánicamente minimalista, seriamente divertido y subversivo, y que se puede apreciar en Emplazamiento, desplazamiento, una colección de fotografías en cibachrome exhibidas en la Sala Tiempo Presente de la Galería de Arte de Ontario (AGO).

La carrera de Orozco, quien ha estado residiendo en Nueva York desde 1992, puede leerse como un manifiesto estético. Comenzó como pintor y ganó reconocimiento por sus versiones barrocas de la nada; sus enormes lienzos de principios de los ochenta representaban únicamente dorados adornos de forma gótica. Luego pasó a analizar la pintura de la escuela flamenca y se interesó en el manejo de los materiales y del detalle de los grandes maestros. Hacia mediados de los ochenta, realizó varias series de pequeñas pinturas, hechas en madera de pino, en las que representaba detalles de ropajes refinados, telas, tapetes e incluso gráficos, tomados de las obras de los contemporáneos de Jan Vermeer y Adrian Brouwer. Gabriel estaba documentándose acerca de las pequeñas variaciones de tono en la pintura, cambiando el énfasis, de la atmósfera pintada a los pequeños incidentes: la postura de un dedo, la costura de un vestido, etc.

Sin ser un pintor en el sentido tradicional, y rebelándose contra el mercado del arte, la obra de Orozco creció poéticamente. En 1986, durante su residencia en el prestigioso centro de arte del Círculo de Bellas Artes en Madrid, profundizó en la naturaleza escultural de su trabajo. Mientras el arte inspirado en los medios y el arte graffitti llegaba a su máximo nivel de popularidad, Orozco comenzaba a registrar detalles minuciosos de la vida en las calles. Usó una pequeña cámara para fotografiar sus propias alteraciones del entorno y sus construcciones hechas con objetos encontrados. De este período recuerdo haber visto varios ensamblajes, tales como un saco de dormir relleno con hojas de palma de plátano, unas cajas de madera acumuladas en una escalera y un grupo de linternas encendidas colocadas en azulejos de cerámica. El trabajo de Orozco era colocado en su contexto original, donde pasaba, casi siempre, inadvertido. De este período existen fotografías que corresponden a estudios investigativos o bocetos de piezas que luego realizaba en el estudio.

A principios de los noventa visité su estudio en México, ubicado en una casa en desorden, de los años cincuenta, donde él y su perro Tunga pasaban todo el día. Lo primero que llamó mi atención fue la confusión de objetos regados casualmente en lo que fuera anteriormente una casa de familia. Orozco tomaba un ladrillo rojo de forma oblonga y lo convertía en un corazón rojo. Arreglaba trozos de cadena de grúa, los colocaba en el piso y formaba con ellos una serpiente. Parecía que los objetos estaban allí esperando ser notados, comentados o señalados. La cámara se convirtió entonces en el medio para crear objetos esculturales, instalaciones, o para hacer algo visible, como su obra Orina de perro en la nieve, en la que muestra exactamente eso.

Aunque difícil de categorizar, hay algo escondido y divertido en el trabajo de Orozco. lnicialmente se puede pensar en el arte povera, en Marcel Duchamp o en Roberto Smithson. Las fotografías de la exposición en AGO sugieren una aparente familiaridad con todos ellos, pero son fotografías. Los objetos que las fotografías representan son objetos esculturales que nunca llegarán a un museo, actos que no se verán en una galería, o comentarios irónicos sobre la naturaleza del arte.

La mayoría de las fotografías muestran un interés por las ideas —ideas que sólo pueden ser definidas con la cámara, pues vienen directamente del reino de la realidad—. Si bien las fotografías representan calles, mercados y paisajes, Orozco no está ligado íntimamente con el realismo sino con la fractura de lo real. Sus ideas fluyen a través del lente de la cámara, son plasmadas en las fotografías y luego traspasadas de vuelta a los objetos. Es con los objetos tridimensionales con los que se acerca más a los ritmos de la cultura y a sus efectos en la naturaleza.

Es el caso de Sombrilla otoñal (1988), que muestra las raídas cuerdas de un instrumento que alguna vez sirviera, tiradas en la calle en condición lamentable; de Manguera dormida (1995), que representa una manguera tirada en una acera cubierta de nieve; y de Migración (1993), que muestra una fotografía tomada de una página de una revista, en la que se observan unos pájaros en vuelo llevando bolas de masilla, puestas por el artista en cada uno de ellos. Estas obras se interesan en los pequeños cambios y reacomodaciones de la vida diaria y dejan al observador pensando si se trata de imágenes falsas, de documentos visuales, o de ambas cosas; la mirada de Orozco puede ser tramposa, pues enfoca detalles reveladores, creando a veces nuevos detalles.

Su trabajo tiene dos etapas. La primera, su intervención en el espacio per se, y la segunda, el registro de la acción. Respecto a la primera, es fácil ver que sus acciones, como en el caso de Marcel Duchamp, Robert Smithson y Ana Mendieta, marcan estrategias específicas. Matthew Teitelbaum —curador de la muestra— subraya: Hacen eco, transponen y editan la realidad.

En una serie de fotografías realizadas en 1993, Orozco registró su intervención en un supermercado colocando papas encima de un arcón con cuadernos y desplazando media docena de latas de comida para gatos, poniendo cada una de ellas sobre una pila de sandías. Otra instalación en el MoMA, en Nueva York, consistía en unas pocas naranjas colocadas en los dinteles de la ventana del edificio localizado enfrente del Museo. Número equivocado, otra pieza de esa exposición, consistía en varias páginas amarillas colgadas de la escalera del Museo. Lo ordinario de la acción, combinando con la autoridad del Museo, le daba a las piezas un poderoso carácter subversivo.

El arte de Orozco ha llamado la atención por la estética que usa, pues es difícil creer que el arte se pueda tratar con tal precisión y economía de medios. Nuevamente, es la simple gota de agua que cae continuamente la que perfora la roca más dura.

JOSÉ MANUEL SPRINGER

Artista visual y escritor mexicano. Reside en Toronto. 

Gabriel Orozco, por José Manuel Springer | artnexus