Bienal de Monterrey

Claudia Fernández. El alimento.1996. Acrílico, objetos y vestido confeccionado. Foto mural: plata sobre gelatina. 300 x 300 x 300 cm. Cortesía del Museo de Monterrey, México.

Colectivajul 1997 - sept 1997· Por Norma Garza

Bienal de Monterrey

Museo de Monterrey, México

La tercera edición de la Bienal de Monterrey concluyó con la exhibición, de abril a junio, de 163 obras de 137 creadores. Éstas corresponden a una selección previa de 1.273 obras inscritas a través de una convocatoria abierta a artistas mexicanos y a extranjeros con un mínimo de cinco años de residencia en México.

En esta ocasión el jurado estuvo compuesto por Agustín Arteaga (México), Osvaldo Sánchez (Cuba), Raquel Tibol (México-Argentina), Nelly Perazzo y Liliana Porter (Argentina). Los premiados fueron: Francisco Larios (Sonora, México, 1960), en la categoría de pintura; María José de la Macorra (México, D.F., 1964), en escultura, y Claudia Fernández (México, D.F., 1965), en instalación.

La pieza de Larios, artista residente en esta ciudad desde 1986, se titula El ancho de un círculo (mixta/ tela 180 x 135 cm) y representa un paisaje en tonos cálidos con las figuras flotantes del rostro de un payaso y un toro. En el contexto del paisaje en verde y amarillo se incluye grafías y manchones que terminan con la palabra "tiempo", en un contraste de rojos. El conjunto desolado se ilumina con los verdes y amarillos y el payaso se vuelve una figura alegre en lo que puede llamarse surrealismo consciente, bien resuelto con un mensaje directo y claro. En esta categoría la selección recibió, según información oficial, votación unánime. En la competencia quedaron piezas de fuerte contenido, como el fraccionado en 18 rectángulos de Manuel Marín, dos pinturas neoexpresionistas de Manuela Generali, José Castro Leñero, con un abstracto pleno de movimiento, y dos piezas bien resueltas de Renato Esquivel, inspiradas en temas shakesperianos.

Colectiva: Bienal de Monterrey — imagen 1
Francisco Larios Osuna. El ancho de un círculo. 1996. Técnica mixta sobre tela 180 x 135 cm. Cortesía del Museo de Monterrey, México.

Entre las 117 pinturas destacaban como mejor logradas, en un conjunto desigual, las obras de Alma Beatriz Gómez, Gil Garea, Xavier Muniain, Franco Aceves, el cubano Segundo Palnes y Álvaro Santiago, todas ellas bien resueltas, estéticamente abiertas a intensas lecturas, al igual que la de Magaly Lara.

El resto de la selección en pintura resultó, en el mejor de los casos, sorprendente por el nivel de ópera prima que se adivinaba en los seleccionados.

La categoría de escultura tuvo 22 obras en discusión, y la elección de María José de la Macorra, titulada Hexagona sensibilia (185 x 190 x 180 cm), fue muy atinada. De corte francamente contemporáneo, el medio ovoide estaba formado de hexágonos irregulares de aproximadamente cinco centímetros cuadrados cada uno, ensamblados con soldadura y conservando el tono natural del acero. En esta categoría se destacó Maribel Portela, con un conjunto de 20 torsos de piedra pómez insertados en varillas que sobrepasan el metro de altura; se trata de una buena composición de espíritu prehispánico.

En instalación resultó elegida Claudia Fernández, con El alimento, múltiples piezas apiladas en tres metros cuadrados, que remata en la pared con un fotomural, de plata sobre gelatina, de la artista, vestida con los mismos tonos que imitan el peltre, material de uso común en la cocina de las clases populares mexicanas.

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María José de la Macorra Noriega. Hexagona sensibilia. 1996. Metal punteado y soldado. 185 x 190 x 180 cm. Cortesía del Museo de Monterrey.

En acrílico pintado, la artista presenta una instalación de iguales proporciones y temática, aunque resulta mejor en cuanto a elementos, en la colectiva del Premio MARCO. En el caso de la Bienal, la instalación no termina de manera coherente en cuanto al concepto, ya que el mensaje queda anquilosado por la profusión de piezas que hacen que la lectura se vuelva atropellada.

En esta categoría participaron igual número de piezas que en escultura, y en el camino quedaron propuestas más elocuentes en cuanto al concepto y resolución estética, como la bandera americana de lámina oxidada, titulada Stripes and Fences Forever (Homenaje a Jasper Johns), cuyo autor, Marcos Ramírez Pimienta Erre, expone la situación fronteriza actual de los inmigrantes ilegales mexicanos a Estados Unidos, algo por demás coherente, dado su origen bajo- californiano, uno de los estados limítrofes en conflicto.

Juan Caballero presentó una instalación irónica con economía de elementos, titulada La cena, que presenta 12 tornillos de acero con capelo de plástico sostenido por cadenas. Cada tornillo es diferente; el correspondiente a Cristo tiene un gancho y el de Judas aparece con el capelo fuera de su lugar. Concepto, resolución y lo necesario para hacerse notar.

Lupina Flores presenta una enorme trampa de ratones cuyo complemento, un cuaderno sobre un escritorio rústico, ha servido de catarsis a los visitantes, que han escrito mensajes de tono político respecto a la necesidad de cazar a grandes ratas, o rateros, de pasadas administraciones públicas.

En conclusión, esta tercera Bienal, que otorga premios de 75 mil pesos (9.300 dólares) en pintura y escultura y 30 mil pesos (3.700 dólares) en instalación, se caracteriza por la desigualdad de los participantes.

La museografía, tal vez sin intención o con ella, seleccionó por pisos las calidades y en el tercero quedaron los veteranos, los más conocidos como profesionales y con una carrera ya consolidada en la plástica mexicana.

Del primer al tercer piso del Museo de Monterrey la calidad fue in crescendo. Los premios fueron otorgados por un jurado heterogéneo en nacionalidades y puntos de vista y logró una selección que eliminó a varias figuras de buena historia.

NORMA GARZA

Bienal de Monterrey, por Norma Garza | artnexus