Los cuadros que presentó recientemente en París la joven pintora mexicana Alicia Paz nos han recordado que en el placer del artista también está el del espectador. La visión inteligente y maliciosa que tiene Alicia Paz, a la vez, del mundo que la rodea, de la historia de la pintura, de su propia creación y de la interacción posible entre estos tres elementos, es totalmente partícipe de su tiempo. Articulado con referencias de la historia del arte y fundado sobre verdaderos conocimientos técnicos, el trabajo de la artista es contemporáneo, puesto que se sitúa dentro de la movilidad. Nada es fijo, todo se anima; el arte ya no es sólo un gesto para captar, interpretar o reflejar. Es también experiencia y reflexión. La exposición muestra una soltura y una gran coherencia en lo que se refiere a la elección del vocabulario formal, y el conjunto de los cuadros adquiere, por estas mismas cualidades, una fuerza real.
La cita y la paráfrasis son recursos que los artistas del siglo XX han usado simultáneamente como astucia paródica frente a la distancia que impone el peso de la historia, y como metáfora de una dimensión fantástica o absurda que la coexistencia de tiempos diferentes puede engendrar. Pero la provocación ha disminuido con el tiempo y los artistas actuales viven rodeados de memoria, imágenes, recursos técnicos y posturas teóricas, de las que deben deshacerse constantemente, exorcizándolos por medio de un cuestionamiento crítico inevitable.

Lo que constituye la originalidad y la singularidad de la joven artista mexicana es que su postura antropófaga — dentro de la más pura tradición de sus predecesores latinoamericanos-se desprende de una posición al mismo tiempo intelectual y sensible, donde, al ser artista-actor -tanto de la realidad como de la ficción, del arte, como del mundo-, ella se interroga a sí misma sobre el desdoblamiento, el artificio y la ilusión.
Como intérprete de su propia ficción, ella puede imaginar, enumerar, observar, citar y traicionar, pero lo que busca, sobre todo, es crear una atmosfera. De hecho, ella se refiere al teatro cuando habla de su pintura. Ser dueña de un espacio fecundo y en transformación perpetua, ligado a su estado de artista entre dos mundos, le permite situarse también entre el espectador y la pintura, o, más bien, colocar mediadores (un pequeño conejo de peluche, un payaso, etc.) que no son más que los pretextos visuales y conceptuales de su propósito artístico, encargados de cuestionar el sentido de una confrontación imposible.
Es un arte que coloca al artista en plena paráfrasis del acto mismo de pintar, por medio de su intérprete-usurpador. El tiempo en el que el cuadro se pinta, comenta Yves Michaud en su prefacio. Goya, Velázquez, miniaturas de la porcelana europea del siglo XVIII y objetos kitsch son los objetos- actores de la transmisión de este tiempo del pasado y de esta interrogación sobre la pintura. Equipados de paletas, lápices, pinturas y pinceles, los protagonistas se encuentran distanciados de su propio papel de artista, aquel que Alicia Paz les atribuye en relación con la narración sobre la pintura.
La artista, nacida en 1967 en México D.F., hizo sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de París, ciudad donde vive y trabaja desde hace varios años. Su juego sobre la dialéctica entre el fondo y la forma se impone por el dominio de un razonamiento conceptual y visual que la vincula, indudablemente, a la contemporaneidad del arte. Por otra parte, ella afirma: Quiero realizar una pintura que describa al mundo pero que se vea ella misma como parte integrante de ese mismo mundo. La inscripcion-confrontacion que constituye la base de su propósito se expresa brillantemente con su placer de pintar, y su trabajo exterioriza una vena jubilosa que otros jóvenes artistas latinoamericanos abordan con generosidad y sin complejos.
CHRISTINE FRÉROT
