Alberto Castro Leñero expone por primera vez en Canadá, en la Galería Montcalm, de la ciudad de Hull, Quebec. Ubicada al otro lado del río se encuentra la ciudad de Ottawa, por lo que a toda la zona se le conoce como región capital. Los habitantes de Hull, con una vida artística marcada por el regionalismo y la francofonía, rara vez tienen oportunidad de enfrentarse a pinturas de creadores de otras latitudes.
Si bien es cierto que en esta misma galería mostró su obra el peruano Pedro Caballero el año pasado, no es usual encontrarse con propuestas plásticas que no provengan de pintores canadienses y, preferentemente, de la región. Las razones de esta historia son largas de reseñar aquí. Valga decir que las leyes y mandatos canadienses dan preferencia a los artistas locales. De ahí la importancia de la presencia de la obra de Alberto Castro Leñero en este espacio. Como suele suceder, aunque existan diferencias visuales y temáticas entre los pintores de la región, de una manera o de otra comparten, tal vez sin ellos mismos notarlo, algunos códigos comunes que les identifican.
A la llegada de un creador con códigos no sólo distintos sino capaces de violentar el lenguaje visual predominante de la región, se corre el riesgo de la no aceptación de éste, en aras de mantener el status quo de las maneras de ver y decir en la pintura. La Galería Montcalm corrió este riesgo con uno de los pintores más importantes de México y ha logrado un inusitado interés de la prensa y de los artistas asentados en la región. Castillo interior viajará a Washington, Toronto y Montreal después de su estancia de casi dos meses en Hull.

La muestra, titulada Castillo interior, está compuesta por 19 piezas, la mayoría de ellas con la forma de T, o cruz, que Castro ha venido trabajando desde hace algunos años. La referencia cristiana de su trabajo es ineludible. El nombre de la muestra, tomado de Santa Teresa de Jesús, encierra un carácter místico e interior que, aunque ya se ha podido ver en otras épocas de la trayectoria de Castro Leñero, esta vez se presenta con una orientación más clara hacia la descripción de las emociones más profundas que se experimentan en el terreno no sólo de la creencia religiosa, sino del sufrimiento y su aceptación como forma de enfrentar un ritual de creencia y de purificación.
Todas las obras están realizadas con la técnica de encáustica sobre madera. Esta técnica, en manos de Alberto Castro Leñero, da como resultado obras cargadas de materia que las hace más contundentes en su presencia. Fuertes en sí mismas, las generosas aplicaciones de cera pigmentada dan a las piezas una personalidad insoslayable.
Desde hace años, Castro Leñero se ha ocupado de la figura. Esta preocupación, sin embargo, no la expresa de modo narrativo. No hay historia contada; los momentos que vemos existen desligados de un discurso preestablecido. Su pintura ni cuenta ni explica: otorga.
Castillo interior incluye piezas como El tiempo, en las que Castro Leñero realiza una propuesta objetual, poniendo sobre la madera, por ejemplo, piezas de metal que nos recuerdan las gruesas espadas medievales. En esta obra, una de las que más atrae la atención del público canadiense, dos grandes navajas parecieran cortar el espacio en que están ubicadas, mientras dejan bajo ellas un semicírculo que marca su trayectoria.
Lejos de que estas dos piezas metálicas evoquen solamente de manera obvia las manecillas de un reloj, su corporeidad y su peso las sitúan como algo que, contradictoriamente, mide lo incorpóreo y lo etéreo con dos hojas de pesado acero. La obsesión humana por medirlo todo encuentra en obras como ésta una respuesta sangrante y herida de muerte. Las espadas-manecillas no miden el tiempo: lo degüellan y nos muestran el camino último que recorrieron, sin miedo a que las sigamos. No son convictas ni perseguidas. Sin cuantificar el tiempo, lo anulan. Hacen lo suyo; es su condición.
Otra más, el tríptico Composición en arco, ubica al espectador ante el juego de curvas que, si bien es evidente en los paneles de los extremos, se convierte en evocación en el central; una mujer, de espaldas a quien la mira, dobla su cuerpo hacia atrás, formando así una tercera curva que complementa la composición.
Si fuese posible "tridimensionalizar" (¿o debería decir voluminizar?) esta obra, tendríamos ante nosotros un círculo formado por las líneas curvas de los extremos, que hacen las veces de un enorme paréntesis dentro del cual está la mujer, también haciendo con su cuerpo una línea curva y en movimiento.
Estamos ante otra de las características de la obra de Alberto Castro Leñero; en su pintura nada está hecho ni existe de manera definitiva. Todo lo que vemos está siendo, existe de modo cambiante y no permanente; aunque siempre que miremos sus cuadros encontremos en ellos la pintura ya acabada, lo que ella representa está en constante transición.
Castillo interior lanza también al espectador al mundo de la experimentación erótica y sensual. No quisiera quedarme únicamente con los cuerpos (o los fragmentos) de las mujeres que Castro Leñero pintó, y recrear sus representaciones vistiéndolas con los valores sexuales y amatorios implícitos.
El erotismo de estas obras comienza con la carga matérica que, ya en sí misma, es una propuesta sensitiva que desencadena los anhelos de posesión. Las formas humanas realizadas con la fuerte espátula de Castro Leñero duplican la experiencia, y la triplica la necesidad de tomar distancia para descubrirlas en su plenitud. El tacto como algo vedado se hace evidente cuando descubrimos que nos es permitido amar con la vista y a la distancia al cuerpo que sólo en la lejanía se nos revela.
Es ésta una exposición curada por el propio artista. Obras que van desde 1992 hasta 1996 son vistas por primera vez por el público canadiense. Ya habrá tiempo de reconocer la huella que esta exposición deje en este país. Un importante itinerario le espera a Castillo interior. Muros que casi nunca están dispuestos a pintores de otras latitudes se abren ahora generosos a propuestas de artistas con otros ojos, otra manera de decir y otra historia.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
