Son pocas las veces en que el título de una exposición describe lo que en ella puede verse. En este caso, en cambio, la idea de textura se presenta, de entrada, como una atrevida paradoja. Los lienzos de Aixa Requena, expuestos primero en París en la Sala de los Pasos Perdidos de la UNESCO y ahora en el Museo de Arte Contemporáneo de San Juan (Puerto Rico), muestran espesas capas de pintura, aplicadas en grandes franjas paralelas que producen la sensación de encontrarnos frente a las tablas sobrepuestas de unas casuchas de colores. A veces, una ventana o una puerta de madera refuerza la impresión de estar ante una humilde arquitectura antillana.
El ilusionismo de la representación, hábilmente aprovechado por la artista, se acentúa aún más cuando la mirada del espectador parece penetrar al interior de esas casitas de madera, como si de una escena entrevista a través de una ventana se tratara, para descubrir un espectáculo íntimo. En realidad, esta imagen de intimidad aparece en la superficie del cuadro bajo la forma de una fotografía en blanco y negro. Ésta, sobre el lienzo mismo, ha tornado el lugar del espectáculo que podría descubrirse a través de la puerta entreabierta o la ventana. El hecho de que Aixa Requena lleve la técnica mixta al extremo hace casi perfecta la ilusión.

Todo cambia radicalmente, sin embargo, tan pronto el espectador toma conciencia de que se halla ante un teatro de la memoria y no ante una realidad exótica. Las texturas antillanas se le revelan entonces como texturas de historias que se entrecruzan en la esfera cultural caribeña. Esta trenza de mil hilos entreteje historias políticas y culturales de mil rostros, de entre las que surge una historia de mujer que retorna como motivo recurrente para realzar los relatos de los demás actores.
La obra de Aixa Requena nos invita a una aventura singular. Por nosotros, los espectadores, la artista se arriesga a mirar a la espesura de los planos que construyen la identidad de cada persona, esos planos por medio de los cuales cada persona intenta construirse.
Como tema, el espejo es pues, con razón, omnipresente en estas pinturas, ya que refleja la imagen que se tiene de sí mismo o del otro, la imagen que se deshace en la humedad de las tardes, la que se marchita cuando el sol ha lavado los colores, imágenes rescatadas por la memoria y que el medio escogido, la fotografía, devuelve a su radical reversibilidad.
Los revelados sobre el propio lienzo, cubierto éste por partes con emulsión sensitiva, tienen la fragilidad de los recuerdos. Un poco pálidos, un poco temblorosos, nunca verdaderamente enfocados, a la vez enseñan y ocultan un mundo cotidiano hecho de encuentros posibles y de momentos de soledad. La reaparición, a veces, de ciertos negativos, idénticos o diferentes, subraya la impresión de que con estos recuerdos todavía estamos representando y volviendo a representar la escena de nuestra propia identidad. Y, sin duda alguna, esta escena nunca está enfocada, nunca detenida en una hipotética perfección, sino siempre reanudada, como en Pirandello, interminable.
El que Aixa Requena aproveche los recursos de diversos medios es de suma importancia para este proyecto: le confiere una fuerte narrativa. Cada medio materializa y, por tanto, hace visible e inteligible la existencia de un nivel lógico o temporal. Así, la escena que el espectador descubre no se cuaja nunca en un tiempo inmóvil. Empezó antes de que llegara ante el cuadro, continuará cuando haya desaparecido. Lo que se muestra no es más que un instante suspendido, una instantánea conforme al espíritu mismo de la fotografía.
Pero ya todo estaba en marcha, el relato de ese Crimen, la caída de esas Vírgenes caídas, se había inscrito en una duración temporal, en una historia que de repente se hace palpable y abre en el centro del cuadro la dimensión imaginaria.
La palabra "texturas" adquiere un significado aún más fuerte. En estas historias caribeñas, en estas casitas antillanas, todo es un tejido de historias de vida, la cristalización de una vivencia inmemorial y plural, una escritura de mil manos repartida en el tiempo. Pero aunque esto es cierto, hay aún algo más para el espectador. El cuadro que le hace frente lo interpela de repente, a él, que creía estar sólo de paso, en ese momento sublime de confrontación en que la obra invita a quien la mira. En el instante mismo en que creía poder escapar y salir del apuro haciéndose pasar por un simple mirón, siente la pregunta que viene a interrogarlo en su identidad, siente que aquello que se mueve en el lienzo teje la frágil imagen que tiene de sí mismo con las que ya se encuentran tan pálidas, más, no obstante, obsesivas, en el lienzo.
Desde ahí, el espectador mismo se descubre incluido en el relato que Aixa Requena, como la araña inmemorial de las fábulas, ha tejido para él; trampa, como todos los espejos, invitación a ver, viéndose. El espectador es presa del juego de las imágenes al que el erotismo delicado de una Alicia en el país de los espejos agrega todavía una seducción. Y esta seducción viene a sellar la cuestión de la propia imagen en la superficie reflectora en que se mira Narciso.
Sin parecer hacer referencia explícita alguna, Aixa Requena pone en marcha una mitología antigua. Pero los mitos son como espejos, hablan siempre de nosotros en una lengua que nos sobrepasa. La inteligencia de la artista consiste, pues, en encontrar en los medios actuales del arte, en los instrumentos técnicos de nuestro mundo de hoy, la manera de narrar una vez más lo que está grabado en lo más profundo de nosotros, esta fábula inmemorial que se teje y se deshace desde la noche de los tiempos. Ser contemporáneos es contar esta historia en nuestro lenguaje porque sólo así quedaremos presos de las mallas del relato, de esta imagen, de este tejido, en fin, que nos hace, a unos y otros, cada día, a la vez, diferentes e idénticos.
JACQUES LEENHARDT
