Exposición Individualabr 1997 - jun 1997· Por Magalí Arriola

Silvia Gruner

Galería Arte Contemporánea

Desde hacía algún tiempo, la obra de Silvia Gruner había puesto en marcha una arqueología de la memoria en la que el rastrear y rescatar los vestigios de lo vivido la había llevado a explorar, con cierto distanciamiento, las acciones y reacciones del ser frente a su entorno. El posar una mirada frontal sobre las cosas y los cuerpos le permitía, en un gesto de (re) conocimiento, hurgar en los terrenos de la identidad individual y personal, cultural y colectiva. De tal forma, parecía realizar una incursión poco ortodoxa en un género asimilable al del autorretrato que, sin embargo, no pretendía identificar al cuerpo con el alma, sino que intentaba descifrar los distintos comportamientos que forjan la identidad. En su más reciente muestra, la artista consigue demostrar que, si bien las apariencias han sido aceptadas como un reflejo categórico de la personalidad, también existe una lucha interna, una rebeldía recóndita frente a los semblantes que uno asume — consciente o inconscientemente— en un acuerdo tácito con la sociedad. En esta exposición, la artista trabaja con los objetos en el espacio, ya no como quien (se) observa desde fuera, sino operando desde dentro, como quien ofrece sus entrañas y comparte su intimidad.

Exposición Individual: Silvia Gruner — imagen 1
Silvia Gruner. Fauno y Ninfa (Pide un deseo), 1996. Detalle de la instalación. Cortesía Galería Arte Contemporáneo, México.

Sus Detalles arquitectónicos abrazan los muros de la galería revelando una suerte de reconciliación del cuerpo con la consciencia y de la consciencia con el ser —en este caso mujer— y retoman la metáfora ancestral, que en su texto señala Pablo Vargas Lugo, de la casa como cuerpo y el cuerpo como casa.

Gruner recurre a las construcciones espaciales y a sus elementos ornamentales para sacar a flote una serie de detalles, fragmentos menores de un conjunto que, por su vocación decorativa, suelen pasar desapercibidos. Dichas coqueterías enmarcan y resaltan los hechos "incidentales" de la vida diaria que, al ser parte de una estructura interna, se vuelven indisociables de la superficie de la consciencia.

La obra Friso despliega, en lo alto de los muros de una de las salas, una serie de fotografías en las que la artista se retrata con una piedra de toque triangular decorada con una concha. La manipula entre sus piernas con cierta dificultad, señalando lo que esconde a la vez que disimula, en un juego malicioso, aquello que quiere mostrar. Gruner sugiere quizá, como lo escribiera Meret Oppenheim, que las mujeres no sólo "han de vivir su propia feminidad sino, también, aquella que los hombres proyectan sobre ellas". Sin embargo, el que dichas imágenes o sean fotografías de desnudos desvirtualiza un tanto la propuesta que, ensombrecida, no consigue incorporarse al espacio arquitectónico. Una pieza con un título tan elocuente como Fuente (A "S" le lavaron la boca con jabón) evidencian las normas que pesan sobre una sexualidad abierta. Gruner recurre nuevamente a las formas cóncavas de la concha y a sus múltiples connotaciones que apelan a todo un bagaje cultural. Es un elemento, afirma, que se repite e interpreta interminablemente: puede ser una jabonera, la pila del bautismo, la Venus de Botticelli o una metáfora sexual. En este caso, la concha como receptáculo ofrece sus depresiones y volúmenes. Se extiende sobre una línea horizontal a lo largo de los muros, bruscamente interrumpida por un acercamiento fotográfico a una boca difusa que sujeta entre los dientes un collar de perlas. Si bien esta pieza central exhibe con recelo la recompensa prometida, las demás obras de la exposición revelan una apología del deseo y la fertilidad, de la generosidad de la experiencia estética: los motivos florales, el verde y el blanco, la ninfa y el fauno, reproducen sus sensualidad, inocente y afable, al multiplicar sus imágenes y efigies. En la fuente Fauno y Ninfa (Pide un deseo), las criaturas asociadas con el agua y la vegetación, colocadas de espaldas y entrelazadas por una cadena de chorizos verdes —verdes como el líquido que expelen de sus cuerpos—, se dejan observar con la cabeza baja. La pieza aparece como una versión trasnochada y femenina de la Fuente de Duchamp, el mingitorio invertido cuya forma antropomórfica se erige como receptáculo de las micciones masculinas. Al igual que en las fotografías de faunos y ninfas — suertes de Lolitas mitológicas que complementan esta muestra—, sus efigies no prometen un más allá erótico ni un paraíso nostálgico; su imagen despierta la mirada gozosa, al tiempo que provoca un sentimiento de censura y castración.

Al privilegiar lo artificial y lo accesorio, Silvia Gruner no sólo rescata los detalles olvidados por nuestra esquizofrenia visual; revaloriza el ojo sibilino en su deambular, al tiempo que revela la complicidad entre interior y exterior, entre la identidad prohibida y las apariencias lícitas.

MAGALÍ ARRIOLA

Silvia Gruner, por Magalí Arriola | artnexus