Este último Salón ha carecido de ese sobresalto que produce una propuesta arriesgada, inclusive una agradable boutade y se ha quedado en una simple ilustración de lo que hoy enseña la academia. Porque lo deja vu ha sido la constante en estos quince años tal como lo ha sido del arte en general, reducido a remakes, a parodias, a textos sobre textos, etc. La vista hacia atrás del Salón es la verificación de estas encrucijadas, devaneos, que la información recibida por los jóvenes hace más clara en su problematicidad de mimetismo o apropiación.
Y hace más patente a la hora de enfrentar aquello que llamamos una referencia específica como distintivo generacional —contenidos de vida, ideologías de turno— o aquello que llamamos una tradición que es el terreno donde esa carga generacional se define, o, frente a la tradición de la modernidad o frente a la que hoy más ambiguamente seguimos llamando una tradición nacional.

Patterns, arte povera, land art, transvanguardias, etc., como en un caleidoscopio de influencias asimiladas o no pero que en un momento determinado supusieron una escogencia personal frente al panorama del arte. Ahí están el maíz y la panela en la propuesta de Carlos Uribe sin que este material conduzca fatalmente a lo folklórico ya que la estructura visual es eminentemente mental y se eleva por encima de la anécdota misma del material utilizado.
Esto es lo que ha hecho Nadín Ospina aplicando al fetiche telúrico, al mito aborigen, la forma del bibelot de consumo para, mediante el humor, lograr un efecto catedrático. La perspectiva de estos 15 años nos permite hacer esta especie no de balance sino de constatación de procesos personales que no se quedaron en el relumbrón de una propuesta juvenil sino que supieron ahondar en esos interrogantes iniciales, dar salida plástica a esos contenidos generacionales.
En mis crónicas de estos años he insistido en la distinción que debe hacerse entre el ingenio y la verdadera creatividad, entre los novedosos y los verdaderamente originales. El ingenio es sólo una muestra de habilidad momentánea, ese fogonazo de flash que suelen tomar los jurados ingenuos como una ruptura cuando no es más que un divertimento pasajero. Cuando la creatividad consiste en saltar el obstáculo del efectismo para profundizaren unos posibles significados, en la posibilidad de nuevas estructuras visuales. Muchos premiados por obras de ingenio, trabajos manuales desaparecieron rápidamente por falta de argumentos reales, mientras el verdadero talento se ha puesto de presente en el arduo trabajo de legitimación de unas búsquedas.
¿Qué ha sucedido entonces en estos 15 años en el llamado arte joven colombiano? Podemos hablar ciertamente de una nueva generación surgida entre la profunda remezón que supone el auge de las llamadas economías subterráneas, el auge de los mass media, las nuevas vidas urbanas? ¿Podemos hablar de una tradición nacional cuando estos jóvenes han surgido en medio de la aldea global que suponen los ordenadores, el internet, la nueva distribución territorial?
Desde sus primeras salidas María Teresa Cano demostró una rotunda claridad mental y una brillante capacidad formal para llevar a cabo el duro y terrible humor con que su inteligencia se ha enfrentado a los temas de la vida cotidiana, al espanto del vacío presente en ciertos ritos sociales. V esto supone la presencia de contenidos específicos a través de los cuales lo dejà vu—eI Spoerri del arte comestible— es superado por esta estética de la ironía.

En esta década y media el arte contemporáneo ha visto los replanteamientos del neogeo, de la nueva figuración, centralidades alternativas, importancia de los márgenes. O sea un replanteamiento a fondo —Halley, Burén, Salle, Kirkerby, Broodthaers, etc— de la llamada tradición del arte moderno y propuestas de nuevas iconografías. De esta semántica han partido los más jóvenes en medio de las burlas de ciertos comentaristas de ocasión —el anacrónico país literario— y lo han hecho no como un grupo compacto sino siguiendo la característica colombiana de su historia: la respuesta individual, solitaria.
¿De donde o sea de qué tradición local provienen las propuestas de María Adelaida López y Gloria Posada? La negación a este tipo de tradición y la escogencia de una semántica nacida de estas experiencias contemporáneas indica que hemos entrado en otro ámbito histórico definido por un nuevo tipo de sociedad en donde no es la revolución política la que ha cambiado estructuras y mentalidades sino revoluciones silenciosas como la sexual, la religiosa, etc.
Porque si la fiebre de las instalaciones no pasó en la mayoría de los casos de ser una muestra de juegos artificiales de ingenio donde la visión de la naturaleza, de la problemática social era casi candorosa, lo cierto del caso es que la semántica de esta nueva generación de creadores parte de los presupuestos estéticos de esta postmodernidad abocada al nihilismo, al grado cero en la sociedad europea pero que aquí se encuentra con una realidad necesitada de significados.
Lo que sí es cierto es que de la intolerancia conceptual de los años ochenta que decretaba tajantemente la muerte de la pintura, del dibujo se ha pasado a la convivencia de planteamientos, ya que la pintura y la figuración de Julián Aristizábal, Fredy Serna y de Mauricio Gómez nada tiene que ver con la pintura de los años ochenta pues de lo que se trata es ante todo de un nuevo enfoque de la realidad colocada como objetivo plástico y finalmente como tarea estética. Porque aquí estamos hablando, por fin, de un nuevo concepto del artista.
No el revival sino una nueva estructura visual apropiándose de los caminos señalados por Beuys, Broodthaers, Polke, Barnet Newman, etc. Que a lo largo de 15 años el Salón haya ido mostrándonos este devenir es más que importante ya que hubo un momento en que este mismo calificativo entró en nuestro país en un terreno falso, acrítico donde no existió algo que hoy afortunadamente tiene: un marco teórico que nos hace comprender sus búsquedas y nos señala en cada trayectoria personal los hitos de un proceso, las loables consecuencias de que a través de estas propuestas estemos venciendo también por fin el mal terrible del aislamiento cultural.
DARÍO RUÍZ GÓMEZ

