En el arte peruano de las últimas décadas Mariella Agois resulta ser un caso excepcional. Destacada fotógrafa durante los años setenta, ella fue una de las promotoras de la pionera Galería Secuencia, destinada a promover la fotografía en el Perú. En la década siguiente ella decidió romper con estos vínculos visuales y marchó al Instituto de Arte de Chicago para dedicarse al aprendizaje de la pintura. Allí se dedicaría al desarrollo de una pintura apasionada que mostraría en 1986 en la Galería del Centro Cultural de la Municipalidad de Miraflores: grandes formatos, trazos gestuales y, en algunos casos, cuadros diminutos que tomaban como soporte la fotografía, sobre las cuales la artista pintaba, desarrollando un planteamiento neoimpresionista en su búsqueda de la esencia misma de su identidad.
A su regreso definitivo, a finales de los ochenta, Mariella Agois paulatinamente comienza a estudiar la iconografía colonial y el arte popular. Ella se dedicó a rescatar fragmentos del pasado y a elaborar una suerte de planteamiento posmoderno, sin la ironía de otros compañeros de intento. Eran cuadros en los cuales la condición de su género estaba presente contradiciendo entre nosotros esa larga tradición igualitaria, asexuada —como los ángeles— según la cual, en la obra de arte se cuidaba de no revelar el género del pintor.

En el caso de Mariella Agois ha ocurrido precisamente lo contrario. Hay un rechazo de lo precedente a través de una reafirmación de su sexualidad y de la búsqueda iconográfica de una época de nuestra historia que, hasta bien entrados los noventa, permanecía dentro del territorio de lo intocable: El pasado colonial, porque ocurre que usualmente hemos identificado al mundo prehispánico como fuente principal de nuestra cultural. Las imágenes de Agois han oscilado entre una simbología femenina y un rescate de nuestras fuentes culturales, fusionándolas en una pintura caracterizada por la emotividad de la pincelada y la densidad de su color.
Con un trabajo riguroso, tanto a nivel formal como el de sus especulaciones conceptuales, Mariella Agois ha sido poco pródiga en exposiciones, lo que ha conducido a considerarla como una suerte de artista de culto. Esta es una de las razones por las cuales cada exposición suya tiene un gran interés para todos quienes siguen el desarrollo de las artes en el Perú. Porque ella, entre nosotros, es la mujer que ha sabido sobresalir, sin estridencias modernistas, sino, más bien, invitando a la reflexión en torno a objetos cotidianos como un reloj, una mesa o una trenza que se transforma en tejido precolombino, al que ella otorga nuevas connotaciones debido a las variaciones de la escala y a la subjetividad de un cromatismo que puede alcanzar vertientes oníricas.
En la última exposición de Mariella Agois se ha podido apreciar una obra sobresaliente, porque dentro del panorama del nuevo arte peruano son muy pocos los capaces de hurgar en el pasado, la tradición popular o en la propia intimidad, para revisar conceptos de acuerdo a los tiempos, que vivimos y hacer una obra que verdaderamente importe en el entorno en el que hemos decidido vivir. Mariella Agois si lo ha logrado.
Ideológicamente, su trabajo pudiera ser considerado posfeminista porque hay en su propuesta una revisión de la imaginería con la que ha solido identificar a la mujer, pero replanteada por una visión en la cual lo lúdico se fusiona con lo sexual, donde el misterio del significado va parejo al placer que se deriva de una pintura de esta naturaleza, que permite la apreciación de una de esas aisladas obras de arte capaces de formar parte del repertorio de nuestra memoria.
Mariella Agois no sólo está preocupada por factores formales, sino que ella trasciende la materia pictórica, otorgándole a su obra un contenido altamente emotivo. Por eso, si antes otorgaba nuevas interpretaciones a textos históricos, ahora buena parte de su nueva pintura incluye frases escritas en alfabeto Braille, que ella utiliza a modo de grandes perlas tridimensionales, en una composición horizontal que cruza la superficie. Las perlas del Braille se van repitiendo obsesivamente hasta llegar al cuadro más grande que llega a convertirse en una gigantesca abstracción, sin ningún eje que concentre la visión haciendo — como ocurre con el dripping de Pollock— que el ojo se desplace alrededor de toda esta superficie impregnada de brillantes, diminutas esferas blancas que, al apreciarlas de manera detenida, crean un bordado de círculos que se apropian de todo el soporte.
Pudiera ser que las constelaciones de dominó, —es con sus rectángulos negros que rompen el espacio—, hubieran podido ubicarse en las antípodas de la obra anterior. Pero esta sólida geometría que flota sobre el soporte, paulatinamente va diluyéndose en una suerte de firmamento de transparencias, convirtiéndose en una obra contundente que puede haberla conducido a una de las especulaciones de mayor interés: Te tengo entre ojos, un cuadro en el cual la superficie cuadriculada se quiebra con los fragmentos rojos que contienen los códigos Braille y las letras "T tengo". Allí trabaja con distintas tipografías, que permiten romper el ordenamiento de las formas serializadas, desarrollando una poética que puede apreciarse en uno de los cuadros más hermosos que le hayamos apreciado al artista: Un formato menor donde las flores sirven de fondo para que una piezas de dominó lo crucen diagonalmente, mientras que en los bordes puede leerse: "cae una, caen todas". Son letras, que a modo de cintas que se enredan, invitan a una desenfadada revisión de la nostalgia. Estos elementos complementan una visión que un desprevenido pudiera considerar femenino, pero que una lectura más detenida permite apreciar a una artista que fusiona la nostalgia con su sexo —la ilusión con la pasión— en una propuesta que no tiene precedentes en nuestro medio.
No te hagas olas, un sutil trabajo de papel de seda, pegado sobre tela y vuelto a pintar con veladuras de óleo, tiene en su centro el brillo del vaso que concentra la mirada y a la vez da testimonio del dominio de la artista para crear su propia mitología, para elaborar metáforas visuales a partir de frases que forman parte de nuestro repertorio popular.
El conjunto de la obra además tiene interés por las paradojas y trastocamientos que ella plantea: Tomar el alfabeto Braille para un trabajo de gran riqueza visual; rescatar el valor del significado a través de lo literario y, a través de un simple cambio, darle una nueva dimensión a las frases como ocurre ojos que no ven... corazón que (no) siente. Y cómo se siente.
Finalmente queremos hacer especial hincapié en la piezas ovaladas, esos collares que se van enroscando, que a modo de un tronco cortado, contiene imágenes evanescentes, sugerencias que juegan con las ausencias y presencias, con pasajes de la memoria, en una pintura que hacen de Mariella Agois una de las mujeres más representativas de la plástica del Perú de hoy.
LUIS LAMA
