En el Puerto Rico contemporáneo ha surgido una generación de escultores noveles a quienes es necesario seguirles el rastro por la calidad y el ingenio de sus trabajos. Entre sus integrantes encontramos a Linda Pintor, quien exhibe sus composiciones en la Galería Prinardi. Su medio preferido son los metales y ha logrado descubrir de ellos el potencial expresivo inherente a sus naturalezas. Coordina esos conocimientos con recursos creativos de manera tal que sortea de modo inteligente y poco habitual. Pintor no responde a las demandas de un mercado en el cual el diletantismo conduce a ofrecer fórmulas que fueron ganadoras en otras épocas. Hoy día, buenos espacios han sido invadidos por ejecuciones que constituyen verdaderos anacronismos estéticos.

La obra de Linda Pintor es abstracta, sin embargo, posee ambigüedades perspicaces que llevan al contemplador a situarse en un punto fronterizo entre lo no objetivo y la realidad. Uno de los encantos de sus labores consiste en que cuando creemos haber capturado una alusión al mundo circundante, esa percepción se elude como si se tratara de un espejismo. De esa manera, hace que la mente de quienes enfrentan a sus tallas, se deslicen hacia las referencias mitológicas. Provoca así, una diversidad de interpretaciones. Como la autora sabe que la imaginación es el estímulo de las artes, consigue lo que los juristas denominan "duda razonable". Resulta así porque la jurisdicción de lo visible le sirve de estructura para proteger núcleos invisibles, concebidos en niveles intelectuales y que nos remiten a lo inviolable. Por lo general ese andamiaje que da cuerpo a cada pieza, se transforma en construcción metafórica que nos lleva a admitir el vacío. De esa manera vence ese horror vacui consustancial a tantos artistas.
Linda Pintor juega con los balances y desbalances inherentes a la vida y los asocia a esas concepciones. Su fin es llevar al analista serio a agotar los recursos del recuerdo. De esa forma, le provee un carácter especial a través del cual establece las conjunciones y disyunciones potenciadoras de lo visual. Se aprecia en su labor las ansias por establecer esquemas iniciales que lleven a un esencialismo estructural sin chocar con la ductilidad de la naturaleza circundante. Existe en su colección escultórica, una renuncia a los retorcimientos preciosistas generadores de retóricas vanas. Se infiere así que el esquematismo de la escultora responde al deseo por descubrir lo no accesible a la mirada. Saltan a la vista alusiones que pendulan entre lo reciente y lo remoto. Semejante simultaneidad de tiempos propia del postmodernismo, surge en la autora por su capacidad para tomarle el pulso a su ambiente. Nuestra artista busca precipitar interrogantes surgidos del ascetismo impreso en esas efigies que se hierguen cual signos puros donde se comprime el tiempo para enfrentarnos a la soledad de la idea.
Cada una de las producciones de Pintor constituyen entidades donde los conceptos circulan como si fueran fluidos enérgicos que al interactuar con el público hacen funcionar los receptáculos de la memoria. Cuando nos hallamos en medio de esta serie de imágenes metálicas surge la impresión de encontrarnos involucrados en una danza ritual. Pues al establecer relaciones, los movimientos recuerdan el ritmo de algunas realizaciones primitivas. En esas representaciones casi reducidas a un esqueleto se observan desplazamientos percibibles en el arte prehistórico remoto y actual. Al llegar a este punto, es imprescindible saber donde la creadora establece los lindes entre lo real y lo irreal.
JOSÉ ANTONIO PÉREZ RUIZ
