La última exposición de Juan Antonio Roda, exhibida en la galería Garcés Velásquez durante el mes de Diciembre, afirma con vehemencia el credo de Roda ante el arte y la vida. Como ya lo había comentado con motivo de su anterior exposición en el año 93 titulada Tierra de nadie1, su trayectoria hace evidente que en su obra se privilegia sobre todo el valor de la sinceridad y la búsqueda de una plena libertad. Estos rasgos han estado presentes a lo largo de toda su trayectoria y en cada una de sus etapas se manifiestan bajo aspectos diferentes; sin embargo es importante destacar que en su reciente muestra, la que hace parte de un diálogo intenso que el artista ha establecido con la pintura en la última década, estas características se intensifican notablemente hasta convertirse en la razón de su pintura.

En el catálogo que acompaña la exposición, Beatriz González señala dos hechos significativos al respecto: "En su aspecto exterior, estas pinturas recuerdan otras etapas anteriores: están concebidas como una serie, presentan grafismos, colores vibrantes, acentos, formas insinuadas y superposiciones de caligrafías y de capas pictóricas. No obstante, la actual actitud de Roda ante su obra remite al interés que ha manifestado por la sinceridad en el acto de creación y a su aversión por la sofisticación del arte."
Dibujante seguro, colorista notable, grabador inquietante, Roda se coloca frente al lienzo despojado de todo prejuicio, consciente de que no es figurativo, ni abstracto, que no pertenece a ninguna tendencia de vanguardia y que para concluir una obra concebida con libertad debe llevársele hasta el límite del caos.
Esta noción de caos como consecuencia de un acto libertario, remite aun aspecto importante para abordar el proceder pictórico y cromático en la serie que hoy nos ocupa, en la que Roda opta por trabajar telas de gran formato donde en ocasiones predomina el rojo, en otras el amarillo y en algunas el azul, todas ellas permiten observar una forma de trabajo en la que sucesivas capas de color van conformando una superficie cromática relativamente lisa pero visualmente muy profunda, en la que como lo afirma el pintor se busca que el material, en este caso el óleo, encuentre su expresión.2 A través de este acento monocromático se puede observar la fuerte carga comunicativa y expresiva que posee cada color, así como la lucha o el deleite que el artista experimenta al trabajar "con los colores que desea, por razones emotivas y que expresan una idea que aunque no sea muy clara está ahí, como la alegría, la melancolía o la lucha, es decir, cosas propias del ser humano."3 De esta manera, Roda exacerba la dimensión expansiva y vibrante del amarillo, la calidez y la intensidad del rojo, así como en otras telas se percibe la profundidad sin límites del azul, dimensiones cromáticas con las que cada una de sus pinturas se afirma en su calidad de ser superficie pictórica y a la vez como el campo en el que el pintor libra una batalla emotiva donde se juegan todas las partidas en un acto libre y sincero donde los trazos y el color llegan al límite del caos. Surgen así las distintas capas de transparencias, los estregados nerviosos, las pinceladas libres y los grafismos que como focos de luz dan lugar a formas diversas donde se evoca la presencia del mundo objetual y se afirma el aspecto gráfico tan importante en la vasta producción de Roda. Todos estos elementos que conforman su pintura conviven dentro de un emotivo desorden o tal vez siguiendo el orden del caos, afirmando con vehemencia el credo de Roda: la búsqueda de la libertad absoluta y de la más auténtica sinceridad.
NOTAS
1.Revista Arte en Colombia, No.57.
2. Diana Lloreda, "Cuadros románticos de Roda. Entrevista con Roda". Magazín Dominical de El Tiempo. Diciembre 15 de 1969.
3. Ibid.
MARTA RODRÍGUEZ
