Es difícil escribir sobre José Antonio Suárez Londoño. Sus obras hay que verlas, ojalá en silencio y sin demasiadas explicaciones. En el catálogo de Nuevos nombres: seguimiento, una exposición organizada por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá en 1990, se publicó una entrevista con cada uno de los artistas escogidos para la muestra. Las preguntas eran acerca de lo que significa ser artista o sobre si se sentían ligados a una tradición o si el arte debería ejercer alguna función crítica. Doris Salcedo, Nadin Ospina, María Fernanda Cardoso, Luis Luna y Carlos Salazar se adelantaron a responder. José Antonio Suárez citó un párrafo de la novela El obsceno pájaro de la noche de José Donoso: "La voy a guardar porque hay que guardar las cosas, con mucho cuidado aunque superficialmente parezcan cachivaches, esconderlas, envolverlas, porque en cuanto una saca a la luz algo que vale la pena, ellos se apropian de eso es mio, dámela tú no entiendes nada, anda a coser, anda a jugar bridge, llama por teléfono a tu prima, mientras ellos se quedan con lo que una encontró. Ellos entienden lo que significa y saben explicarlo. Y explican tanto que las cosas dejan de tener significado... yo no quiero saber qué significa nada; quiero encontrar algo para no rasguñar en la noche cuando me duermo, si es que duermo, nunca sé... gracias"2.

Esta frase contra la interpretación no es una salida tan fácil como parece. En realidad la obra de Suárez ha planteado casi desde que empezó a exponer en 1973 hasta hoy, la imposible separación entre forma y contenido. Su interés no está centrado en ampliar el lenguaje visual, porque si, usando toda clase de estridencias, sino en profundizar en los mismos temas, algo así como refinar el debate sobre los problemas plásticos planteados por los artistas a lo largo de la historia. Sus exposiciones ponen a prueba el hábito adquirido por el espectador, de acercarse a la obra de arte buscando lo que significa, siempre con el afán de interpretar, antes de mirar con atención. Es como si la sociedad nos estuviera obligando a percibir de manera nerviosa, a saltos, de aquí para allá y por el contrario, observar con atención, en silencio, nos produjera un profundo pánico. Pero la imposible separación entre forma y contenido en la obra de Suárez, está dada principalmente porque su trabajo es dibujar sobre papel.
Un dibujo puede ser descrito como una estructura o construcción en la cual las líneas y los demás signos se reagrupan y se unen según un esquema que determina estas agrupaciones, aun cuando el plan general solo lo revele en el curso del trabajo3. Dicho de otra manera, con las citas que le interesan a Suárez, sería: "haga usted líneas, muchas líneas; ya sea del recuerdo ya sea de la naturaleza". M. Ingres a E. Degas. Con esta actitud se está más cerca de esa experiencia desnuda de orden que guarda las percepciones y las perspectivas personales, pero que todavía no encuentran las palabras para expresarse4. Una zona que se deja ver en los espacios luminosos de sus dibujos y en los personajes y objetos en diferentes planos, que no son únicamente visuales, sino planos que pertenecen a la percepción, los sentimientos y la memoria.

Suárez dibuja desde siempre, desde chiquito, mirando las reproducciones de las enciclopedias y los libros que tenía su mamá. Ella misma le enseñó a dibujar. Nació en Medellín en 1955 una ciudad hermosa, soleada, en la que siempre se tienen los pies calientes, y también llena de contradicciones. Después de estudiar biología, decidió ingresar a la Escuela Superior de Artes Visuales de Ginebra en 1978 y allí estudió durante seis años, hasta 1984. Una época crucial, porque estuvo sumergido en una serie de acontecimientos que cuestionaron la tradición, como el arte povera y el movimiento Fluxus, que no dejó de registrar a su manera. Algunos de sus dibujos más emocionantes son la secuencia realizada a partir del registro en fotografías de la acción Yo quiero América y América me quiere a mí de Joseph Beuys. Las acciones de este artista ampliaron la experiencia visual, aún la de la representación, sobre todo por su interés por el otro; y Suárez ha registrado con absoluto respeto e indagación la historia de violencia urbana que le ha tocado vivir. Pero también tuvo enfrente movimientos que trataron de redefinir esa misma tradición con el resurgimiento de la pintura, como la transvanguardia italiana.
Cuando llegó la hora de graduarse, se encontró llenando cuadernitos con frases, dibujos, recortes, que había hecho durante años, mes por mes y día tras día. Al presentarlo como trabajo final "para ver si eso podía servir de algo, el decano los aceptó tal cual y le dijo que se pasara por la biblioteca y mirara los libros de horas". Se dio cuenta que eso era lo que venía haciendo y se graduó como el mejor alumno. Volvió a Medellín y enseñó durante 5 años.

Localizado en su punto de observación, su ciudad, empezó a describir. Esa es la primera actitud y más sobresaliente característica de su obra. Los retratos de sus amigos, que presentó en la galería La Oficina de Medellín en 1984, son minuciosos dibujos a lápiz en los cuales describe las diferentes texturas de la piel y los vestidos como un juicioso niño de colegio, esforzándose por convertir las sensaciones táctiles en rayitas. Los retratos de esa exposición, pequeños, no más de 14 x 20 cms., realizados siempre en libretas de apuntes, tienen en sus bordes escritos con su letra, que es entre otras cosas uno de los primeros encuentros con el dibujo, algunos datos sueltos que se convierten finalmente en los títulos. Por ejemplo, el de una mujer, Pascale dice "jueves 23 de febrero Pascale Rodas viernes 24 jueves 1 de marzo". Y en otra esquina, 1984. El dibujo de esta mujer joven, contemporánea, nos hace sentir la luz de los días que pasan, en los que se pudo capturar las pequeñas inflexiones de un rostro casi como a la manera de los retratos de Van Eyck. Sin embargo, como está construido por rayitas de diferentes calibres y grises, evidentes como los trazos y gestos en los dibujos de Degas, la materia no pesa, se confunde con el blanco del papel y la mujer en calma aparece con toda la libertad para vivir y respirar.
En las notas al margen —jueves 23 de febrero, viernes 24, jueves 1 de marzo—, está presente el arte como registro de la experiencia diaria, minimalista, medida en segmentos abstractos como los días del calendario. Siguen los cruces de todas sus referencias y en el mismo dibujo hay saltos de la historia del arte, en los signos sutiles de la cinta en el pelo, o en la composición de la cabeza como una estatua griega, que deja ver la forma perfecta del cuello, la barbilla y la frente. Definitivamente descubrir, una actividad aparentemente tan simple y revaluada, es la clave para adueñarse del mundo porque se contempla con detenimiento solo lo que hemos aprendido a conocer en nosotros5.

"Cuando escribo —dice Italo Calvino— procedo por series: tengo muchas carpetas donde meto las páginas escritas, según las ideas que me pasan por la cabeza o apuntes de cosas que quisiera escribir. Tengo una carpeta para los objetos, una carpeta para los animales, una para las personas, una carpeta para los personajes históricos y otra para los héroes de la mitología; tengo una carpeta sobre las cuatro estaciones y una sobre los cinco sentidos; en una recojo páginas sobre la ciudades y los paisajes y en otra ciudades imaginarias, fuera del espacio y del tiempo"6. Parecería que Suárez trabaja así. Sus carpetas son arte, guerra, personajes, nanas, rock, naturaleza, animales, ciudad, deportes y anatomía. Los temas se repiten y se voltean para un lado y para el otro para que no parezcan siempre lo mismo. Hacer siempre lo mismo y hacerlo siempre distinto, es una forma de reflexionar cuyas consecuencias Jaspers Johns definió muy bien: al utilizar las cosas que la mente ya conoce, me permite trabajar en otros niveles7.

Sin afanes por crear lo que no existe, la obra de Suárez explora entonces otros niveles y posibilidades como por ejemplo la composición, que se convierte en duplicación, convivencia de personas, objetos animales y letra y metamorfosis del cuerpo. También el color: el papel pintado algunas veces es espacio y la línea sostiene la forma; otras veces el color es acento dramático, gesto, ritmo o cuerpo, haciendo inseparables el dibujo y la pintura. Explora el grabado, un medio que él considera más sobrio, con menos posibilidades de trampas o adornos. La línea en aguafuerte, aguatinta y xilografía, es límite nítido. Y también la ilustración, que define simplemente como un dibujo mandado a hacer, pero que tiene la seguridad de su gusto y conocimiento por la literatura, que recubre su memoria como una membrana y está presente en su percepción inmediata y por lo tanto en toda su obra.
Se ha dicho que el dibujo es el espacio mental que va hasta los límites del tacto. Y en este caso es cierto, porque como ningún otro artista, Suárez está consciente del papel. Tal vez sea una de las razones para trabajar siempre en pequeños formatos. Es receptivo a los papeles más finos y a las humildes hojas de cuaderno, que son ya una metáfora. En su estudio las libretas de apuntes se ven por todas partes y por miles; son cuadernos con dibujos y notas por lado y lado, imposibles de separar, tanto, que la obra de Suárez como dibujante se conoce muy poco a pesar de sus múltiples exposiciones y premios.

Un pedazo de papel para meter el mundo. Sólo un pedazo de papel como un pedazo de existencia. Un pedazo de papel para entrar en el vientre de una mujer, para saber que la vida es frágil e incierta como un papel barato8. Un pedazo de papel, en el que Suárez pone a prueba sus sentidos, sus ideas y la actitud casi contra la inspiración, "de dibujar día tras día, para hacer siempre lo mejor... para no rasguñar en la noche cuando me duermo, si es que duermo, nunca sé... gracias".
NOTAS
1. José Antonio Suárez. Dibujos y grabados. Catálogo Galería Sextante, Bogotá, 1994.
2. Nuevos nombres seguimiento. Ospina, Cardoso, Luna, Salazar, Salcedo, Suárez. Banco de la República, Bogotá, 1990.
3. Leymarie, Monnier, Rose. El dibujo. Skira Barcelona, 1979.
4. Foucault, Michel. Las palabras y las cosas. Siglo XXI, México, 1991.
5. Calvino, Italo. Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela 1989.
6. Calvino, Italo. Las ciudades invisibles, Siruela Madrid, 1994.
7.Leymarie, Monnier, Rose. El dibujo. Skira Barcelona, 1979.
8. Francesco Clemente. Three Worlds. Philadelphia Museum of Art, 1991.
José Antonio Suárez Londoño. Retratos. Catálogo. Galería La Oficina de Medellín, Diciembre, 1984. José Antonio Suárez. 14 dibujos, zeichnungen dessins drawings. Colonia, 1995.
NATALIA GUTIÉRREZ
Decana de la Facultad de Artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

