Exposición Individualabr 1997 - jun 1997· Por Juan Carlos Palenzuela

Gabriel Morera

Museo de Bellas Artes

Si hay algunos artistas que son sostén no visible de lo que es el arte de una comunidad, de lo que son los fundamentos teóricos y prácticos de lo que es la creación asociada al destino de una nación, entre esos hombres y obras referenciales hallamos, en el caso de Venezuela, a Gabriel Morera.

Aún cuando Morera perteneció, a inicios de la década del sesenta, al belicoso Techo de la ballena, que significó la irrupción del informalismo en el arte venezolano, en lo fundamental él es un solitario, un autor un tanto al margen y a la vez muy presente en lo que ha sido el arte en Venezuela durante más de treinta años.

Exposición Individual: Gabriel Morera — imagen 1
Gabriel Morera. Orthos (Taza blanca), 1968. Caja, cubo de metal. 20.5 x 16.5 x 18 cm. Colección Clara Diament Sujo.

Morera ha transitado por el informalismo, el surrealismo y el pop y de todo ello ha quedado un misticismo creador, un fino oficio cruzado de transmutaciones, una convicción de la transparencia, una alucinación de la visión que se traducen en el arte como representación de lo sacro y reinvención del cosmos. En un capítulo central de su obra están sus retablos, sus objetos mágicos, sus juegos de espejos, lo notable del azul; sus evocaciones a Alejandría, a la casa, al frontispicio y la Trinidad, al vuelo del ave, a un instrumental inaudito y caduco — de vitrina— que, sin embargo, quizá sirva para medir las constelaciones o para volverlas a inventar.

En Morera, como en Mario Abreu o Enrique Hernández d'Jesús, hallamos una arqueología de lo contemporáneo cuyas acumulaciones parten de lo cotidiano y se elevan a lo sagrado. Otro aspecto de su hacer son sus cajas, sean en plexiglás, en los sesenta, o en madera, en los setenta. En ambos casos refieren una cotidianidad urbana, un orden trastocado, un sentido de recolector y de forjador de belleza.

Por otra parte, en la pintura de Morera hay de manera persistente una escritura, una caligrafía, una grafía en última instancia propia de una bitácora a descifrar. Pintura, entonces, como un diario de doble lectura.

En algunas de sus pinturas de los sesenta hay un deslumbramiento del blanco, el cual me hace pensar en el altísimo valor que ese hecho lumínico y de principio, herencia de Reverón, tiene en la pintura venezolana. Blanco como sujeto de investigación y como motivo para una exposición sobre la luz y el gesto, el legado de Reverón en nuestro arte.

En su pintura, como en los vidrios de sus cajas, se impone el uso del azul. En un primer momento, sus cuadros tenían diversos elementos constituyentes; luego ya es la pintura sobre tela, en la que evidencia la relevancia de lo onírico. Además, en sus obras de fechas recientes muestra la vigencia de sus fraseos plásticos y conceptuales.

Alquimista de la imagen se titula la exposición antológica de Gabriel Morera en el Museo de Bellas Artes de Caracas, así como se podría destacar su voluntad de ensamblaje, y cómo hace de ello soporte y noción, pero tal título es un acierto pues lo imaginario, lo lúdico, lo que acontece, las partes de la realidad trastocada y presentada en un acopio de la racionalidad y la luz nocturna, son algunas de las señas que definen y aproximan a su trabajo.

JUAN CARLOS PALENZUELA

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