La posición que ocupa Fernando Botero en el mundo del arte norteamericano es a la vez muy segura y muy ambigua. Al ser Botero indudablemente el artista latinoamericano más famoso en la actualidad, es incluido invariablemente en exposiciones colectivas a gran escala. Las galerías hacen exhibiciones permanentes de sus pinturas y esculturas, principalmente la Galería Marlborough en Nueva York. Sus obras tridimensionales a gran escala han sido aclamadas en Nueva York (En Park Avenue) y, más pinturas, muchas de las cuales son considerablemente más pequeñas en formato que sus obras anteriores, despliegan una sensibilidad diferente frente al color. Encuentro una mayor profundidad y riqueza de tonos en estas pinturas que en sus otras obras. A riesgo de sonar paradójico, considero justo decir que en estas nuevas pinturas, Botero demuestra un interés poco común en él por manipular tonos cálidos: rojos, ocres, azules profundos. Era inevitable, por lo menos desde mi punto de vista, encontrar al artista respondiendo a la calidez de una atmósfera de intimidad creadas por la profundidad de las tonalidades del color semejantes a las sugeridas en las pinturas de algunos de los Antiguos Maestros holandeses, particularmente en las de Vermeer.

Durante muchos años Botero hizo un esfuerzo consciente por eliminar prácticamente toda huella del pincel en sus composiciones inconsútiles. Esta preocupación por aplicar la pintura con una uniformidad al estilo de Ingres y por producir superficies casi pulidas, ha dado paso ahora a una nueva concepción de la pincelada. Aunque en ninguna forma recrea su interés por la aplicación del pincel al estilo gestual, sobrecargado, característico del arte abstracto-expresionista que empleó a finales de 1950 y principios de 1960 (ver, por ejemplo, la famosa Mona Lisa de 12 Años), le da a la sutil y sin embargo muy visible pincelada una presencia altamente palpable en estas nuevas composiciones (las primeras de estas obras son de 1994).
En esta exhibición Botero manejó varios de los que por años han sido sus temas preferidos: hombres y mujeres colombianos, paisajes de pueblos, festivos bodegones, etc. Sin embargo, estas pinturas parecen haber adquirido una nueva profundidad emocional y psicológica. Incluso, se podría explicar el porqué de la presencia de cierta melancolía en algunas de estas imágenes. A pesar de que muchos de los temas de Botero han sido notoriamente inexpresivos, revelando poca o ninguna emoción tras sus apacibles e inflados rostros, en su repertorio actual incluye ciertas figuras de imágenes sorpresivamente emotivas (aunque tranquilas en sí mismas). Tomemos, por ejemplo, la pequeña pintura titulada Un Abogado (1995). Parado ante un modesto paisaje citadino colombiano, este joven sin afeitar parece evidenciar un vago indicio de abatimiento. Aunque no hay nada en la pintura que pudiera producir depresión en el espectador, la gravedad y sorprendente seriedad de ésta y de otras obras de esta exhibición son suficientes para causar un pequeño impacto entre aquellos que estamos íntimamente familiarizados con el arte de Botero. ¿Es éste el reflejo de un artista que, al igual que otros maestros de épocas anteriores, le imprime a su arte mayor profundidad emocional a medida que envejece? O, tal vez, ¿Está Botero regalándonos una reflexión sobre algunos de los eventos melancólicos de su vida personal del pasado reciente? Cualquiera que sea la respuesta, en esta selección de nuevas pinturas, observamos una serie de imágenes que son obras maestras desde un punto de vista tanto técnico como intelectual. Estas son algunas de las declaraciones más contundentes que se hayan hecho acerca de la extraordinaria creatividad de Botero.
EDWARD J. SULLIVAN
