Quizá habría que aceptar que una instalación es como una partitura musical, un esquema operativo que, en ausencia del artista, del autor, debe ser interpretado por el o los instrumentistas, orquestado para la ocasión. Es evidente que una instalación no posee el mismo grado de autonomía que una pintura o una escultura tradicional. Exhibir estas consiste básicamente en disponerlas en una sala apropiada, con una iluminación adecuada y, hasta podría arriesgarse, en el contexto correcto, pero no intervenir en su materialidad íntima. Exhibir una instalación implica en cambio y esto en primer término, decidir acerca de su materialidad. Y estas decisiones se vuelven más y más dramáticas en ausencia del artista.

Podría decirse que este hecho tan simple resultó evidentísimo en la muestra de Félix González-Torres presentada recientemente en la Galería Andrea Rosen. Y esto hasta un punto tal que quizá constituyó uno de los aspectos más interesantes de la exhibición. El problema era simple: en ausencia de González-Torres, se trataba de presentar Untitled (Beginning), 1994, una de las bellísimas "cortinas" diseñadas por el artista comisionada originalmente por ArtPace, una fundación para el arte contemporáneo con sede en San Antonio de Texas. En general las "cortinas" de González-Torres son dispuestas en los marcos superiores de aberturas relativamente estrechas, tales como el espacio vacío de una puerta, que dividen espacios independientes. En este caso se decidió hacer que la cortina atravesara toda la galería, de un extremo al otro, partiendo al espacio de la sala, literalmente, por el medio. El grado de libertad con el que fue decidida la instalación de la obra resultó sólo comparable a la efectividad del resultado: atravesando la galería como una gran malla metálica, la extensión oscilante e iridiscente del cortinado verde y plateado producía en el espectador la sensación combinada de encontrarse frente a una brisa acariciante o a un mar vegetal. Trasponer la cortina era como aventurarse en una parte del propio cuerpo aún ignorada. El beginning (empezar) del título de la obra se volvía a un mismo tiempo maravillosamente banal y metafísico. No se trataba tan solamente de trasponer un espacio para entrar en otro —efecto que hubiera resultado inevitable de colocarse la obra de un modo más convencional, o sea, en la comunicación de dos espacios previamente delimitados— sino más bien de inventar con el cuerpo el espacio en el que se penetraba. Era, al mismo tiempo, como enfrentarse al "develamiento del ser al que se refiere la filosofía contemporánea y ver Bambi pasando al otro lado de una cascada en el bosque encantado. La instalación volvía, por otra parte, menos evidente las referencias de la obra, ya de por si bastante claras para los suramericanos —las clásicas cortinas verticales que se acostumbra colocar en las puertas de las casas de campo— y por consiguiente más complejo el guiño a la cultura popular, vía readymade y arte minimalista, tan frecuente en el trabajo de González-Torres.
Félix González-Torres fue un artista preocupado por cuestiones tales como la legitimidad y validez de las nociones convencionales de autor, autoría y, claro, autoridad. Su obra, como pocas, parece disponerse generosamente a la posibilidad de ser interpretada, releída, transportada intelectualmente de uno a otro contexto. Pero estas operaciones, todas de carácter mental, deberán ser acompañadas en ciertas ocasiones de su correlato físico, ya que a nivel curatorial, una relectura implica por fuerza una cierta modificación en la materialidad de la obra. Esta exhibición reciente en Andrea Rosen es como la feliz demostración de la eficacia de una operación de este tipo, así como del alcance literal de sus muchas implicaciones teóricas.
CARLOS BASUALDO
