Desde los inicios de su trayectoria Carlos Enrique Polanco ha sido un pintor sobresaliente. En los comienzos, su expresionismo distorsionaba cuerpos, paisajes y perspectivas, para la representación de un mundo irracional, cuyo absurdo exacerbba a través de las acciones que registraba y de las penumbras que él rompía a través del estallido del color. Políticos y prostitutas, el poder y la marginalidad constituían, junto a fantasmagóricas visiones nocturnas, las principales fuentes de la que se nutría una pintura que evidenciaba el talento de su autor. Fueron los años de una poética negra, de la rabia que no ocultaba la ironía. Eran los tiempos de la violencia y la confrontación con una realidad, hasta entonces subterránea, que estos cuadros se encargaban de avizorar, para hacernos ver que una suerte de apocalipsis nos esperaba al final de ese callejón sin salida.

Polanco marcha entonces becado a China y su permanencia fue decisiva para su vida. A su regreso el color entonces vibraba, la luz inundaba buena parte de los cuadros y el expresionismo anterior se encontraba en tránsito hacia una suerte de realismo, inédito en las artes plásticas del Perú.
Si la muestra Hecho en China, presentada luego de su larga ausencia, fue memorable por constituir una suerte de recapitulación de las experiencias aprehendidas, las exposiciones que se sucederían permitirían apreciar el vuelco en esta obra como consecuencia del reencuentro del artista con su país y la renovada búsqueda en la imagen popular como eje de su labor.
Desde entonces Polanco ha ido creando el universo de su madurez artística, una visión muy amplia del (sub) mundo urbano que él recrea, dando cabida al sueño o a la nostalgia a medida que su pintura, simultáneamente, ha ido despojándose de la furia y adquiriendo una vital energía gracias a la reflexión que demanda las imágenes con las cuales el logra perturbar.
En esta nueva exposición Polanco reafirma su vocación por el espacio marginal, por su empecinamiento de mostrar esa extraña belleza que se desprende de aquellos escenarios que él rescata de la decadencia. Sus cuadros sobre el cine son un ejemplo. En ellos Polanco fragmenta la arquitectura en planos geométricos y el brillante cielo nocturno propicia el sexo fortuito.
Las calles de Polanco no son familiares. Si ninguna es identificable con precisión, se debe a que ellas son la suma de las calles que todos hemos recorrido alguna vez en Lima, a esa arquitectura que termina por identificar a nuestra cultura. Ocurre en el cuadro del cielo rojo que encierra al edificio rosado, vecino a ese local con paredes de piedra pintada y puertas trapezoidales con los rostros de Manco Capac y Mama Ocllo. Son esos los escenarios inventados a los que Polanco otorga un gran poder alucinatorio.
Como en pocas muestras anteriores Polanco nos hace penetrar en un clima de fuerte carga onírica, una suerte de metafísica limeña, cuando pinta esos maniquíes rojos, de risas sardónicas, en La Parada; o retrata a la solitaria vitrina, la obra donde quizá sea más notoria la ausencia del ser humano. Pero, es en la escena del mercado, con el pollo amarillo que cuelga hacia abajo, mientras en el fondo, en las jaulas sus pares esperan el sacrificio, el que puede constituir la pieza de mayor impacto dentro de este conjunto.
Hay obras sobresalientes como El mirador de Acho o La pared morada de El museo, pero que han sido dos cuadros que han concentrado nuestro interés final. El primero La virgen y el niño, vista por un pintor contemporáneo que vuelve la mirada a la escuela cuzqueña. La imagen religiosa no es ajena a la iconografía de Polanco y sin embargo esta obra tiene una contundencia sin precedentes por el tratamiento otorgado a la mujer que carga al niño y los querubines que abren la cortina a un escenario negro.
Es finalmente una escena callejera la que ejerce el juego de la seducción: la carretilla llena de colchas y frazadas dobladas, que forman rectángulos multicolores, cada una con su propio diseño, es el motivo excepcional para un cuadro que revela las magníficas cualidades de su autor.
Hay obras de Polanco que me resultan inolvidables. El, por ejemplo, es autor de uno de los cuadros que más perdura en mi memoria: el de ese hombre disfrazado de muerte, que se encuentra en el primer plano de la caótica ciudad. En la actual exposición hay también algunas obras que se incrementarán a mi repertorio de lo memorable. Y a estas alturas del camino, cuando lo ya recorrido suele ser mayor que lo pendiente por hacer, encontrar a un artista con el poder de enriquecer el recuerdo es uno de los mayores estímulos que se nos pueda brindar.
LUIS LAMA
