De poca potencialidad para asombrar o para impactar es posible tildar a la generalidad de los autores mexicanos de menos de 30 años de edad que hoy día practican la pintura, si a tal mayoría se le juzga por los resultados del Concurso BID de Pintura Joven en México que durante los meses de febrero y marzo se expusieron en el Centro Cultural de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en la capital mexicana. Ante tal realidad son posibles varias especulaciones: Que el espíritu de los tiempos que fue característico de los años ochenta está en México todavía vigente. Que en las escuelas profesionales de arte en este país (de los 34 elegidos para mostrar obra en el certamen, 26 tienen formación profesional) no se les informa a los estudiantes que ya pueden afiliarse al ni tan nuevo deconstructivismo y al más reciente cutting edge, de manera que ya no devengan postmodernos tardíos no por voluntad sino por falta de opciones. Que, habituados a realizar para obtener premios y becas gubernamentales (24 de los seleccionados han sido galardonados, becados o distinguidos de ambas maneras) y para lograr alguna esporádica venta, los jóvenes pintores mexicanos son incapaces de distinguir entre tales circunstancias domésticas y un certamen en el que se les juzga con criterios internacionales.

En tan adocenado panorama descuellan, por supuesto, algunas de las pinturas que fueron expuestas como parte del Concurso BID de Pintura Joven en México, en tanto que otras rebasan sólo un poco la medianía mencionada. La de Mónica Prieto sobresale por su representación moderadamente crítica de un integrante característico de uno de los grupos de la oligarquía local. La de Lorena Orozco por su elevada expresividad, su tratamiento provocativo y su alejamiento de los léxicos predominantes. La de Heike Müller por la filiación neoacadémica de esta autora. La de Carlos Luna por su enfoque no solemne y por su desapego de los lenguajes más extendidos en el medio cultural mexicano. La de Cisco Jiménez por su planificada agresividad, su irreverencia y su dinámica complejidad. La de Leopoldo Gout por sus alusiones a la sexualidad y por su acertado alejamiento de la pintura-pintura. La de David Garza por sus referencias políticas (aún cuando sean algo tímidas), indispensables en un país en el que hay guerra. La de Enrique Ciapara por su independencia estilística. V la de Rodrigo Ayala por su complejidad, por su impecable factura y por sus alusiones nada superficiales a la tradición pictórica occidental.
De acuerdo con las bases de la convocatoria, un comité de selección, integrado por Efraín Bernal Acevedo, Ana Isabel Pérez-Gavilán (historiadores del arte con experiencia curatorial) y por Juan Carlos Pereda (curador del Museo Tamayo), eligió mediante la revisión de materiales fotografiados (diapositivas o impresiones) a los autores que contenderían por los premios, así como a la obra (una solamente por cada pintor) con la que concursarían. Los integrantes de este comité evaluaron 648 imágenes de la autoría de 341 aspirantes y de entre ellos seleccionaron a 34. El jurado calificador estuvo compuesto por Mónica Castillo, Rita Eder y Osvaldo Sánchez (artista, investigadora y crítico, respectivamente). Ellos otorgaron los dos premios de adquisición dotados de auténticos méritos y dinero (40 mil pesos cada uno) a Víctor Rodríguez y a Marco Arce.
A Rodríguez por su acrílico titulado Laocoonte, de dos metros por lado y resuelto básicamente mediante pincel de aire, pintura con la que ratifica su vínculo con un fotorrealismo de raigambre neofigurativa, sólo que puesto al día, bastante menos aséptico que el originario —cuyo ocaso sucedió en los setenta—, aunque desde luego que trabajado con esmero y dotado de una moderada irreverencia cultural en lo tocante a la solución del tema. A Arce por su óleo titulado Candelabro, de 1.52 por 1.22 metros, tela con la que confirma sus frecuentes variaciones estilísticas— tan de suyo postmodernistas— y su actual filiación a un figurativismo mimético, en este caso relacionado, por su encuadre, con la fotografía o con el video, sólo que solucionado, en cuanto al repertorio técnico empleado y al proceso de elaboración, con recursos eminentemente pictóricos, mismos que dicho autor trabajó con destreza, determinación y pulcritud.
El mismo jurado calificador distinguió con menciones honoríficas a Luis Alonzo Barkigia, Enrique Ciapara, Alejandro Díaz y Lorena Orozco. A Alonzo por un conjunto de cinco óleos sobre madera, próximos a otras exploraciones temático-iconográficas que son abundantes en el medio cultural mexicano. A Ciapara (por cierto el único, de entre quienes recibieron reconocimientos, que realmente ha vivido y trabajado lejos de la capital del país: en la frontera con los Estados Unidos) por su ya mencionada autonomía estilística. A Díaz no sé por qué, dado que en los resultados de su labor evidencia demasiadas influencias, que no citas. Y a Orozco, por las ya señaladas fuerza expresiva, tratamiento no complaciente y cercanía con léxicos que, en el contexto mexicano, son precoces. Cabe señalar que al parecer Pilar Ramos Sánchez y Fernando Aceves Humana enviaron a la fase de selección materiales fotográficos de trabajos regulares, pues ambos son autores de pinturas cuya relevancia es bastante mayor que la que alcanzan las obras con las que participan en este Concurso BID, el cual estuvo coordinado por Efraín Bernal Acevedo.
CARLOS BLAS GALINDO

