La Bienal de Pontevedra, España cumple
este año su edición número 24. Confirma así una dilatada continuidad, pero, sin
embargo, no siempre a lo largo de su historia, desde 1969, ha mantenido una
línea de coherencia o calidad sostenida. No obstante, la Bienal se ha
convertido en un foco de debate y de discusión.
La Bienal se articula en diversas exposiciones monográficas o colectivas que ocupan diferentes espacios del bellísimo centro histórico, incluyendo una sección de concurso a la que concurren numerosos artistas.

El carácter general de esta edición de la
Bienal ha estado marcado por el interés hacia el arte latinoamericano. Sin
duda, la joya de la Bienal, la exposición de mayor relieve, tanto por su
importancia como por la calidad de la obra seleccionada, sea la dedicada a la
obra constructivista de JoaquínTorres-García. Comisariada por Cecilia de
Torres, la exposición reúne obra perteneciente a diversas colecciones públicas
y privadas de los años 30 y 40, que se completa con una deliciosa selección de
juguetes y tres obras escultóricas en madera. La figura de Torres-García va
agigantándose con el paso del tiempo, a pesar del hermetismo que ha rodeado
siempre a sus epígonos y a su escuela. Aunque su influencia en el arte español
ha sido siempre colateral, hay en España un creciente aprecio por su legado
estético, que se sobrepasa a sus seguidores más formalistas. Nadie como él ha
representado la figura errante del artista preocupado por construir un discurso
estético y total, en el y que funden las directrices del vanguardismo (europeo)
y las implicaciones simbólicas de un modo de interpretar las raíces ancestrales
de la cultura popular (latinoamericana). De esa simbiosis entre academia y
simbolismo, primero, vanguardia después, y cultura popular finalmente, surge la
necesidad de un discurso teórico y práctico que se plasmó en su obra
Universalismo constructivo. Por todo ello Torres-García debe ser reconocido
como el gran vanguardista latinoamericano, consciente de la herencia
multicultural del continente.
Que reúne la obra de diversos artistas latinoamericanos cuyo único nexo es desarrollar su trabajo en París. La muestra comisariada por Christine Frérot, incluye obra de Milton Becerra, Octavio Blasi, Marie Orensanz, Ana Patricia Palacios, Pancho Quilici, Alberto Ramírez, Pablo Reinoso, Vivían Scheihing, Julio Villani y Eduardo Zamora. Cada uno de ellos trabaja en muy diversas direcciones, con resultados o propuestas a menudo estéticamente antagónicas. Bien es cierto que el panorama artístico actual puede ofrecer una imagen de dispersión y atomización lingüística, sin embargo precisamente por este motivo la muestra carece de carácter, no parece tomar partido y no precisa en ningún sentido la realidad del arte latinoamericano. Si cabe permite optar por preferencias personales, pero abandonando cualquier apreciación de conjunto. Precisamente en un momento en que el arte latinoamericano recibe en Europa y especialmente en España, una atención en absoluto superficial, cuando desde este lado del Atlántico, se intenta establecer criterios que abandonen y rechacen los tópicos y las etiquetas exóticas sobre Latinoamérica y se concibe —en líneas generales— un arte global pero específico en sus diferencias, una exposición tan poco matizada y tan genérica no puede sino conducir y contribuir a la confusión. Domina en efecto una sensación de haber visto ya todo hace años, se impone un cierto academicismo de los años setenta y ochenta, que en el fondo no refleja la vitalidad actual latinoamericana. Hay que destacar no obstante el gran interés que despierta la obra tanto pictórica como de instalación (pictórica) de Ana Patricia Palacios (Medellín, Colombia, 1961). Imágenes trabajadas desde un entrecruzamiento de soportes, que dejan el sabor de una elaboración personal y cuyos desarrollos seguramente depararán gratas sorpresas.
Por otra parte también hay que destacar el
trabajo de Eduardo Zamora (Nuevo Laredo, México, 1942) en una línea
decididamente figurativa y narrativa, que conecta muy bien con obras de
mexicanos ilustres como Toledo; y la obra de Julio Villani (Marilia, Brasil,
1956) impregnada de ironía.
La Bienal de Pontevedra ha rendido homenaje a Leopoldo Novoa con una exposición que recoge una selección de su última obra, realizada entre 1993 y 1996. Novoa, nacido en Salceda, una pequeña localidad cercana a Pontevedra, en 1919, cuando su padre de nacionalidad uruguaya, era cónsul de este país latinoamericano en esta región, resume en sus condiciones familiares y en el desarrollo de su formación, la estrecha relación entre ambas orillas del Atlántico, y en particular la familiaridad de Galicia con Latinoamérica. Vive en Uruguay y Argentina hasta principios de los años sesenta, para instalarse definitivamente en París en 1965, donde reside actualmente, repartiendo su tiempo entre la capital francesa y su estudio de Armen- teira en la provincia de Pontevedra. Su obra más reciente subraya desde la pintura la materia y sus texturas.

El panorama expositivo se completa con la exposición dedicada a la recuperación de la obra de Camilo Nogueira (1904-1982), escultor que practicó el regionalismo en numerosos encargos públicos de la provincia y con la muestra Los paseos de Euclides, comisariada por Alberto González Alegra. Esta exposición reúne la obra de algunos jóvenes artistas españoles y portugueses que hanidoconsolidando sus trayectorias en los últimos años. Chema Alvargonzález, Xoan Anleo, Alfonso Berridi, Femando Brito, José Gallego, Alejandro Garmendia, Cristina Mateus, Pedro Mora, Xurxo Oro Claro, Ángeles San José y Montserrat Soto, que trabajan en líneas y técnicas muy distintas, delinean sin embargo un resumen exhaustivo de inquietudes e intereses de actualidad entorno al espacio, desde la pintura o la fotografía a la instalación.
Sin duda desde el punto de vista crítico y creativo esta exposición resulta la más coherente con el panorama artístico actual, siendo también la que despierta mayor interés. Paralelamente, un programa de mesas redondas y conferencias, que han contado con la participación de artistas y comisarios involucrados en las muestras, ha complementado las actividades de la Bienal.
En resumen y en vista de los resultados, la presencia del arte latinoamericano debería haber contado con mayor rigor. Teniendo en cuenta que demasiado a menudo las exposiciones colectivas de arte latinoamericano en España se organizan desde las instituciones culturales públicas de los diversos países del continente y que pesa excesivamente la impronta oficialista, habría sido deseable que la Bienal hubiera aprovechado su libertad de acción, independencia de criterios y disponibilidad para presentar con mayor valentía y creatividad aspectos más coherentemente construidos.
SANTIAGO B. OLMO

Crítico de arte español. Reside en Madrid.

