Exposición Individualene 1997 - mar 1997· Por Graciela Kartofel

Vicente Rojo:

Museo de Arte Moderno

Esta nota crítica referida a Una revisión de la obra de Vicente Rojo en el Museo de Arte Moderno, simultánea a dos exposiciones en galerías puede resumirse con cuatro palabras: crece en cada exposición. El artista nacido en Barcelona en 1932, exiliado diez y siete años más tarde en México como corolario de la Guerra Civil Española, ha sido desde siempre una persona muy discreta, un apasionado con su trabajo en dibujo, pintura, estampa, escultura y también en el área del diseño gráfico.

Sus series más conocidas y extensas son Negación y México bajo la lluvia, aunque ya en Señales comienza a trazar con óleo su huella profunda sobre tierra Mexicana. La selección de la obra presentada se remonta a 1954 y culmina en 1996, pinturas de mediano a gran formato, algunos excelentes gouaches y técnicas mixtas y esculturas en cerámica, metal y madera, suman ciento ocho piezas que se visualizan sin cansancio y que sobre todo manifiestan el renovado impulso creativo del autor. Podría haberse limitado a una decena menos de obras bidimensionales en beneficio de la percepción general de esta «revisión», pues en la densidad de la obra de Rojo indiscutiblemente menos es más. La museografía es buena; sin embargo manifiesta cierto apremio hacia el final del recorrido cronológico por necesidad de más espacio para las esculturas.

Exposición Individual: Vicente Rojo: — imagen 1
Vicente Rojo, Autoretrato doble 1966

El plano de entrada a la exposición del MAM se abre con un políptico mural de 3 x 7,20 metros, titulado Gran escenario primitivo, 1996, resuelto en técnica mixta sobre tela. El tratamiento y el nombre de la obra no pueden ser más coherentes entre si y con el propio autor'por las razones que expongo a continuación: a) Debemos identificar un sutil rasgo primitivo en toda la producción de Rojo. Un orden primitivo que conlleva aspectos de fuerza expresiva y síntesis tanto en las zonas oscuras de sus Señales, en la sección inferior de su Autorretrato doble de 1966, en las tórridas piezas de México bajo la lluvia como en el citado políptico. Esa refinada brutalidad de Altamira y de los Mayas, de las mujeres españolas del campo, de Lorca y de María Casares, cautiva también en Les Demoiselles d'Avignon aunque con diferente presencia. Registros, grecas y guardas son parte de esa delicada experiencia neo-primitiva que se engarzará con la versión contemporánea o industrial denominada módulo. Una correlación entre pasado y presente también enlaza como en árbol genealógico a la flecha indígena con el vector tecnológico. Con el correr del siglo que se esfuma entre los dedos de las manos mientras uno teclea electrónicamente, los elementos primitivos han ido adquiriendo más y más respeto, b) Artífice constructor, maestro de empaste elegante, geómetra del óleo, de las técnicas mixtas, del gouache y del acrílico, Vicente Rojo atenta contra lo estático. Triángulo sobre rojo, 1964, Destrucción de un orden y el mencionado Autorretrato doble ambos de 1966, anticipan toda su obra posterior en lo constructivo y en lo matérico, en lo formal y en lo libre, en lo coetáneo y en lo pretérito. Por entonces, la bipolaridad en sus cuadros todavía es legible en secciones grandes, aunque paulatinamente iría abigarrándose y tornándose cada vez más barroca. Reflexiono acerca de los elementos y densidades que Rojo iría incorporando. No hay duda, México está en cada uno de ellos: las cintas que incorpora en los cuadros y baña con pintura acrílica para incrementar la tercera dimensión son hermanas de los galones que habitan en los atuendos indígenas; los triángulos dibujados, pintados, elevados o convocados son hermanos de las pirámides. En ese resultado patente de una latitud propia Vicente Rojo obtiene un trenzado abrazo de ambos territorios con sus asperezas, sus danzas, sus palabras y sus cicatrices.

¿Color..., tono..., que ocupa el autor? Bermellones, encarnados, rúbeos bañados de azules, morados, añiles, café, otros tierras, ocasionales verdes de mares y piedras, salpimentados blancos, habitados grises urbanos, algún cielo, atisbos de rosas —dulces mexicanos— y el afán de construir, hacer el cuadro, hacer la materia, hacer la escultura, hacer el objeto, hacer las enseñas patrias y hasta hacer el libro. En estaconceptualización del hacer Rojo traza su propio ritual; crear transparencias en superficies ásperamente plagadas de materia, soñar en un mundo fagocitado. No hay tela o cartón, saturación, empaste o tridimensionalidad que no conlleve luz, brío y transparencia... la sombra y la luz se hacen respetuosas y juguetonas reverencias.

Es un artista informado que escapa a la información, con lo que quiero decir que no se acuna en el vaivén de las vanguardias, no se obstina en ellas; surge, trabaja y se reafirma en una personalidad plena, la de un autor que en su obra alcanza a asemejarse a sí mismo. En la «revisión» en el Museo esto se manifiesta. En las exposiciones simultáneas de sutilísimos dibujos de Vicente Rojo a la Vicente Rojo en ambas galerías, se explaya, como le complace, sin estridencias, con exquisita sensibilidad.

La exposición en las salas del MAM posibilita «revisar» las esencias de la obra de un artista que no tiene compromisos de status, que es baluarte de su generación. (Rojo pertenece a una generación «sandwich» menor que Tamayo, Goeritz y Mérida—quienes ofrecieran pertinaz resistencia al muralismo ya gastado y demagógico— sin por ello inscribirse en la modas sucesivas por el contrario, anticipándolas).

El artista presentó aspectos urbanos abigarradamente habitados, una suerte de intelectualización estética que inducía a caminar relajadamente sorprendidos con frecuencia por los «pellizcos de veracidad», por las «dobladitas» y las « gorditas» (nombre de aperitivos típicos mexicanos, al estilo de las «tapas», la «botana» o los «ingredientes» para copetín), que la materia siempre despierta sobre la superficie del cuadro, ofrece al espectador. La ciudad, multlcolormente gris, parecía haber entrado al Museo en fragmentos de asfalto con huellas de grafías espesas, acaloradas, que se empujaban mutuamente en ordenadas hileras diagonales. En 1984 Vicente expuso un excelente conjunto de esculturas en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Una de las cerámicas —México bajo la lluvia D2, parece hoy haber anticipado aquel trágico sacudir de las entrañas de la tierra que ocurriría en México un año después. Otras piezas recordaban y recuerdan el brotar de mitos a partir de las pirámides. Escenarios ya comienza a perfilarse allí. El tema del horizonte es una constante no verbalizada en el arte de América Latina; la referencia a lo Inconmensurable, a lo desconocido se relaciona con el sino fatalista de las tribus. El indio, el gaucho, el mestizo lo recorren; los puntos, gajos, nudos y tramas múltiples de las pinturas y las esculturas de Vicente Rojo recorren los horizontes desde ciertas «T» pintadas en el plano del cuadro, realizadas en el volumen ascendente- descendente de la escultura y, en el cruce de esos ejes que casi completan una y mil cruces. En una época de poca fe y menos moral, Vicente Rojo ha venido levantando nuestra mirada desde la tierra hacia el cielo.

GRACIELA KARTOFEL

Vicente Rojo:, por Graciela Kartofel | artnexus