Es de el mes de octubre y hasta diciembre el Museo de Arte Moderno realizó la V Bienal de Arte de Bogotá, en este caso planeada como seguimiento, es decir, los invitados eran participantes destacados de las anteriores versiones para dar un diagnóstico del arte nacional, acompañados de cinco artistas jóvenes especialmente llamados para el evento. La sensación que queda después de recorrerla es la de estar asistiendo a un teatro vacío, desconcertante, con propuestas débiles como idea y como realización. Incluso los artistas destacados dentro del arte nacional contemporáneo, que han realizado intervenciones importantes en el pasado, en esta Bienal presentaron obras vacías y repetitivas.
Es una Bienal que plantea entonces múltiples interrogantes, pero principalmente uno: se requiere una reflexión acerca de la palabra proceso. Según la definición del diccionario, proceso se refiere a la evolución de una serie de fenómenos, al tratamiento de la información. Pero existe un requisito para dicha evolución y es empezar por escoger un hecho, y ojalá lo suficientemente significativo para que su desarrollo sea un acontecimiento. El arte colombiano no puede seguir planteando ocurrencias sin ninguna trascendencia y orientar todo el esfuerzo para ponerlas en escena, porque finalmente se nota el vacío; o, como sucede en otros casos, contentarse con una magnífica idea del pasado, pero sin que el artista la juzgue de nuevo y la devuelva enriquecida. No. Esto no puede seguir ocurriendo, porque estamos en un país que necesita del arte, y de un arte que plantee ideas que puedan competir con todo el desconcierto que nos rodea. El desarrollo de procesos sin ideas, o ideas abandonadas por el facilísimo, son disolventes del concepto del arte, que se convierte en nada. El espectador esta cada vez más ajeno a lo que ve, y acaba añorando propuestas más interesantes que le plantean otros espacios creadores de imágenes como el cine, la literatura, el teatro o la televisión. Necesitamos también cada vez más de la inocencia y espontaneidad de un niño que nos diga que el emperador está desnudo.
Vale la pena recordar aquí la dramática paradoja planteada por Foucault, y es que a pesar del imperio visual del siglo XX las palabras acabarán substituyendo a las cosas. ¿Será cierto?
Continuando con la palabra proceso, esta
implica entonces escoger un fenómeno, examinarlo detenidamente, plantear, claro
está, su evolución en el espacio, con sus éxitos y fracasos, para que
finalmente el artista pueda emitir, después de ese examen, un juicio sobre lo
que pasó, y permitir que la idea se desarrolle. Para cada exposición no se
requiere una actitud distinta ni original; los únicos requisitos para una
verdadera reflexión son una serie de inquietudes decantadas con el tiempo, para
que en cada exposición el artista las manifieste y el espectador pueda
reconocer su pensamiento y sentirse acompañado en su propia reflexión. En la
Bienal sin embargo, se destacaron precisamente por sus obras y procesos
reflexivos, cuatro artistas: José Alejandro Restrepo, Luis Roldán, Juan Femando
Herrán y Oscar Muñoz.

José Alejandro Restrepo fue ganador de la Bienal con una obra llamada Atrio y nave central. El espectador se encontraba con una serie de monitores en el piso, con imágenes de los hotelitos de la zona de Chapinero de Bogotá, estratégicamente localizados y dispuestos para los encuentros amorosos de parejas, con toda la organización espacial en el anden de materas y plantas, para desaparecer con disimulo. Verdaderos pasadizos para entrar en otra dimensión. Con estas referencias explícitamente literales, el espectador era invitado a entrar a «lo escondido» y, con sorpresa llegaba a un lugar atemporal: el espacio del mito. Pasaba del atrio, de lo profano a la nave central; es decir a la metáfora, a la alegoría, a la reinvención de la realidad.
En este caso se encontraba frente al mito de Diana y Acteón. A la relación entre Diana, la mujer hermosa, inaccesible, la cazadora, y Acteón el conquistador. El artista nos dice: quiero con esta obra recrear el momento en el cual Diana toma su baño y Acteón se inventa una estrategia para observarla convirtiéndose en venado. Su disfraz le permite observarla, pero no tocarla. Su goce está en recorrer con los ojos su cuerpo desnudo. Pero Acteón en este éxtasis místico y sexual no cuenta con una cosa importante y es que Diana está acompañada de sus perros, que ven al venado y lo devoran. El espectador se encuentra efectivamente con dos monitores, uno en el piso con el agua corriendo sobre el pubis femenino y otro vertical, con la mirada del ciervo nervioso, sincronizado, como el espectador, con una serie de estímulos sonoros, frente a los cuales queda anclado, que acaban por seducirlo y completar la experiencia con sus propias ensoñaciones.
La obra hace parte de la reflexión de Restrepo acerca de la historia y los mitos como material para ser reinterpretado. Es por esto que desde el comienzo de su carrera viene planteándose preguntas fundamentales que, según sus palabras, se pueden sintetizar en... «¿quién hace la historia?, ¿quién la escribe? ¿cómo se escribe? ¿cómo se ha representado? y la más importante... ¿cómo haces tu la representación?» Representación de hechos y sentimientos vitales para el ser humano, como en este caso la relación entre el hombre y la mujer y lo que históricamente los enamorados han imaginado para contarla, para ponerla en escena, no literalmente, sino envolviéndola en todas las sugerencias y las ambigüedades de la seducción.
La obra de Juan Fernando Herrán, Anexo
273, aludía efectivamente al nexo de un expediente judicial. Consistía en una
fotografía de unas sugestivas cajas empacadas en papel de regalo, rosado con
estrellitas doradas, que unos típicos guardaespaldas sacaban de un automóvil en
un parqueadero en penumbra. Ya esta fotografía parecía narrar el comienzo de un
cuento de misterio. En la pared, la siguiente frase extractada del periódico:
«... Se trataba de billetes de cinco y diez mil pesos en cajas de cartón
envueltas en papel regalo de color fucsia y estrellas brillantes.» En el piso
una torre de cajas en resina de poliester, apegadas a la descripción.
Aquí vale la pena detenerse en la palabra arqueología que muchos artistas entienden mal, cuando consiste en escoger y exhibir una serie de objetos sin aparente relación del uno con el otro, para que el espectador los interprete a su modo. Herrán la entiende correctamente, como el rescate del sentido que tienen ciertos objetos para una sociedad.
En este caso es trasladar a lo visual, un acontecimiento histórico imposible de calificar correctamente, porque no sabemos si es doloroso, estúpido o como dice un escritor colombiano contemporáneo, síntoma inconfundible del extravío. Lo cierto es que un símbolo de nuestra historia reciente es la corrupción, empacada en color fucsia y estrellitas doradas.

Oscar Muñoz, dibujante de larga trayectoria, ha resuelto desde hace ya algún tiempo dejar de lado los problemas de auto-expresión y convertirse en un facilitador de ciertos procesos, para mostrar la fragilidad y fragmentación del mundo que nos ha tocado vivir. Es importante recordar aquí obras anteriores como sus Narcisos, que en realidad son polvo de carboncillo que a través de un tamiz cae al agua, y va desapareciendo y creando a la vez su propio rostro sobre un periódico con las noticias del día. Y Ambulatorio, un mapa de Cali, su ciudad natal, cubierto por vidrio de seguridad roto en diminutas partículas. Y es que la violencia es la primera causa de fragmentación; después de ella, recobrar el sentido de totalidad es casi imposible.
La obra de la Bienal Aliento, consistía en
15 placas de acero inoxidable, cada una con una impresión de fotografías de
ritos de paso, como nacimientos o cumpleaños de la gente común y corriente, que
sólo se hacían visibles por el vapor. La obra, como las fotografías antiguas,
parece ser una trampa al aliento y a la luz; a un momento único, casi
irrepetible, donde se encuentran más la química que la física, para recalcar lo
fugaz, no sólo del mundo que nos ha tocado vivir, sino también de la creación.
Para Luis Roldán, uno de los ganadores del pasado Salón Nacional la abstracción es una manera de darle vueltas a una idea en su cabeza. Por esto hemos visto su obra evolucionar, comenzando con la reflexión clásica de la forma, el espacio, el dibujo sintético y el soporte. Más tarde la mancha fue la protagonista de sus series, que muchas veces «traía a cuento», citada, como fragmento de algún cuadro de la historia del arte; al explotar, dejaba al descubierto de nuevo el soporte y sus capas. Su obra actual está construida por estratos, utilizando material reciclado: periódicos aparentemente inocentes, pero con noticias «amarillas y rojas», libros y residuos de su taller. Todos estos encuentros, como manchas concretas, enriquecen la superficie, liberan el arte abstracto de su buen gusto, y convierten la pintura en un hecho complejo, más allá de la pintura misma. Aquí se encuentra con toda una tradición del arte abstracto colombiano, es decir, con las obras de Edgar Negret, Manuel Hernández, Carlos Rojas y Eduardo Ramírez Villamizar, quienes se plantean problemas de la forma y el espacio, pero con un giro inesperado de la percepción, la historia y el humor, que logran combinar los problemas universales con acentos locales.
En la obra de la Bienal, Sabrosito ya, el bastidor que en sus
anteriores exposiciones ya se había convertido en un contenedor de capas de residuos, en esta oportunidad eran las tapas de toda clase de frascos y botellas, que recibían el colorido del desecho, para apoderarse del muro con conceptos de brillo, levedad, velocidad y peso. La ficha técnica de su obra lo decía todo: Tapas y materiales de desecho sobre muro. Y es que Luis Roldán cuenta con el muro. No hay que olvidar que los muros grises y texturados del Museo de Arte Moderno de Bogotá, son una obra, un poco malévola, del arquitecto Rogelio Salmona, que ningún artista en sus obras ha intentado cuestionarse, que ha aceptado pasivamente, pero que la percepción sutil de Roldán es capaz de captar, y planteársela como un reto, o por lo menos como una conversación en un comienzo divertida, pero muy profunda con su profesión de arquitecto.
Ojalá los artistas en esta Bienal hubieran tenido el respeto, el sentido de la percepción, el sentido del humor o la irreverencia, para ubicar sus intereses en función de una conversación con «algún otro», una conversación podríamos decir «in situ» con un país, con un espectador, con un lugar, con el museo mismo como contenedor y como contenido, y no sólo como la exhibición de su ego, sus viajes o sus referencias.

Natalia Gutiérrez
Decana de la Facultad de Artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano en Bogotá

