Entre el 23 y el 28 de octubre pasado
celebró su primera edición Mirarte, la Feria Latinoamericana de Arte
Internacional de Bogotá, precedida de los más inquietantes presagios. Tanto por
los antecedentes (Mirarte es la segunda tentativa de una feria de arte en
Bogotá: la primera, al cabo de dos ediciones fracasó), como por la situación
del país: Colombia, atenazada por una prolongada crisis política y por serios
indicios de una recesión económica en marcha. Sin embargo, los más negros
vaticinios no se cumplieron.

La feria se hizo, participaron 15 galerías de nueve países, incluyendo dos europeos y la sede de la misma, el antiguo claustro de un convento reconvertido en espacio expositivo, se vio concurrida la mayor parte del tiempo por numerosos visitantes. Y aunque no se dio por parte de los organizadores ningún balance final sobre sus resultados económicos, se sabe que algunos galeristas participantes no quedaron satisfechos con las ventas alcanzadas, aunque no por ello se sintieron defraudados. Otros vendieron muy bien. La feria no fue probablemente el mejor negocio del mundo, ni tampoco el peor. Además, el mercado internacional del arte no se repone del todo del tremendo descalabro con el que inició la presente década, como para aspirar por ahora a las ventas fabulosas de los años ochenta.
En cuanto a la calidad de las galerías,
las obras y los artistas expuestos había obviamente, más asidero para el
juicio. Las galerías más y mejor representadas fueron, como era de esperar, las
colombianas, seguidas a distancia por las de Venezuela y Argentina.

En la representación colombiana destacó la
Casa Negret que hizo prácticamente una muestra muestra Individual con una
decena de las mejores piezas realizadas en el último tiempo por el escultor
Edgar Negret, conocido desde hace años por su versión lírica de la tradición
constructiva del movimiento moderno. Lírica y ahora nostálgica como lo prueban
las piezas mencionadas, llenas de evocaciones y homenajes a los incas y a los
aztecas. La que combinó de manera acertada la calidad con la innovación fue la
galería Jennl Vllá de la ciudad de Cali, Colombia. En su stand pudieron verse
cuadros de artistas colombianos como Victor Lalgnelet, Luz Angela Lizarazo y
Johana Calle. Lucas Ospina, el otro artista expuesto, mostró unas aguadas de
raíz beuysiana hechas con pulso sensible.
Igualmente figuraron en la primera línea
de las galerías colombianas la Garcés Velásquez y la Galería El Museo, ambas de
Bogotá, aunque la oferta de la primera la empañara el excesivo espacio
concedido a la obra de Riera I Aragó, un artista catalán poco convincente sobre
todo si se lo saca de Barcelona y de su sistema de afectos y complicidades. El
Museo a la hora de elegir a los artistas de su nómina, dio la primacía a los
valores consagrados, tipo Obregón o Botero, sobre los que están en ascenso,
como Rafael Ortíz y Horacio Martínez. En otras galerías pudieron verse algunos
trabajos interesantes. En la de Carlos Alberto González, unas cuantas cerámicas
pseudoprecolombinas de Nadín Ospina, de esas que juegan irónicamente a la
mezcla irreverente de Mickey Mouse o del pato Donald con la imaginería
característica de las civilizaciones arcaicas americanas. En la galería de
Alfred Wild se colgaron unos cuantos óleos de Gonzalo Arlza, un viejo maestro
de la pintura colombiana ya fallecido, que se destacó en vida por pintar
paisajes andinos ahogados por la niebla y la lluvia. Cerraba el lote colombiano
y casi que podría decirse con broche de oro, el stand que la compañía de seguros
suramericana dedicó a exponer una selección de su espléndida colección de arte
colombiano.

La oferta de las galerías venezolanas no
fue especialmente atractiva a pesar de que los nombres de los artistas que
propusieron un par de ellas son de lo más prestigioso: José Luis Cuevas, Carlos
Cruz Diez, Alejandro Obregón. De México, la única galería participante, Praxis,
dedicó su espacio a Alberto Pancorbo, un figurativo a lo Claudio Bravo.
Argentina, en cambio mostró a dos artistas dignos de Interés: el pintor
uruguayo Iturria, en la Fundación Praxis y la pintora hispa- no-colombiana
Franclna Torner, en la galería Roberto Martín. Esta última me fascinó con sus
enormes telas que describen la cotidianidad con una literalidad alucinada y
alucinante. Atributo que a mi juicio era compartido de algún modo por las
floras y los paisajes de los pintores Margarita Lega y Jorge Cavelier,
expuestos por la galería Barnard Diderman de Nueva York. Hay que destacar
finalmente la participación de la Galería Der Brucke, de Argentina con una
selección de artistas como Hernán Dompé, Carlos Gallardo, Eduardo Medid, Silvia
Rivas y Emilio Torti entre otros, y el montaje del patio de esculturas de la
galería Durban, de Venezuela, en el que se Incluyeron los trabajos escultóricos
de Agustín Cárdenas, Daniel Couvreur, Augusto Lange y Víctor Valera.
CARLOS JIMÉNEZ


