Exposición Individualene 1997 - mar 1997· Por Juan Gustavo Cobo Borda

Manuel Salinas

Salón Cultural de Avianca

Ver la pintura de Manuel Salinas es pensar en la luz de Sevilla. En ese Guadalquivir por el cual las carabelas iniciaban su viaje a América, llevando en las sentinas del buque las primeras ediciones del Quijote y esas santas, tan luminosas y tan guapas, de . tan rica textura plástica, que esboza Zurbarán. Su claroscuro ardía de puro sol. Igual sucede con la luz interior que emana de estos grandes lienzos.

La telas poderosas que exhibe en Colombia presentan, como todo arte abstracto, incitaciones sugerentes, difíciles de traducir en palabras. ¿Reconstrucción, por ejemplo, de un pasado arquitectónico clásico, gracias apenas a sus trazos esenciales? Podría ser. En todo caso, esa ardua combinación donde lo lírico se hace estricto, nos lleva a intentar algunas precisiones.

Exposición Individual: Manuel Salinas — imagen 1
Manuel Salinas Sin titulo. Acrilico sobre papel 57x50 cm

En primer lugar, el deleite de un color libérrimo, totalitario en ocasiones, que domina el espacio con sus mareas gestuales, con el brillo táctil de sus sinuosas texturas, y que rinde su justo tributo al formalismo, más el de la escuela de París que en su vertiente española. Cuadros oscuros y entonados con fuerza, cuya única referencia es su propio deleite exploratorio, de grandes masas desplegando el torbellino envolvente de su génesis perpetua. La mirada del espectador los hace surgir.

Luego un ojo de arquitecto que dibuja, esboza, sugiere y edifica, construyendo sus módulos visuales como en un cuaderno de apuntes del trasfondo de la arquitectura imaginaria del mundo. Triángulo, rectángulo, poliedro, trapecio, cubo, donde más que medir insinúa, y donde más que limitar espacio y acotar perspectivas, las abre hacia lo imprevisto de una subjetividad que se expresa a través de una geometría siempre rota con el balbuceo imprevisto de la poesía. La dubitativa línea blanca rompe el rotundo bloque negro. El chorreón verde desequilibra las masas demasiado simétricas.

Un mundo, en definitiva, que se piensa, duda y rehace su itinerario, sobre esos trasfondos donde rojos, amarillos o azules, resultan, de golpe, traslúcidos de mar. Así lo bonito de una armonía estética ve roto su acorde por algo duro que lo tacha u oscurece, recordándonos que si bien él busca pintar sin motivo ese vacío de referencias es siempre un riesgo que reclama soluciones propias.

Están entonces esa gestualidad que rompe esquemas con el pigmento imprevisto de sus trazos y la réplica contrapuntística de esas masas pictóricas que se acordan o se refutan en sus composiciones, todas las cuales, aún las de pequeño formato, y que bien pudieran parecer abigarrados ideogramas, conservan el ímpetu espacial de las grandes figuras del expresionismo abstracto norteamericano llámense Barnett Newman o Mark Rothko. O quizá la dilatada respiración con que la pintura oriental expande el espacio, ante todo, y en este apenas si se registra, como una leve incisión, el fugaz trazo que deja tras de si la obra del hombre.

Finalmente y siempre, el color, que estudiado en series de tres o cuatro secuencias, vuelve a recobrar sus felices prerrogativas, en el espectro cromático de sus bandas verticales, las cuales terminan por dominar el lienzo, al punto de saturar la atmósfera íntegra con su dominio absorbente. Una malla entrecruzada donde la visión queda presa.

Pero es un color que ya ha reflexionado sobre su estructura, que ya rompió con su belleza inmediata, que ya se exigió ir más allá de la satisfacción primaria para obtener esa inteligencia emocional donde el gesto se disciplina pero no se seca. Por el contrario, se abre generoso, como en esas dilatadas telas donde el rojo brilla eufórico y alza su vuelo dándonos lo que Fray Luis de León en su oda al músico Francisco Salinas describió de modo magistral y que bien pudiera referirse, de modo simbólico a esta pintura:

El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena la música extremada por vuestra sabia mano gobernada.

La mano de este sevillano, nacido en 1940, ha entonado la pintura y la ha logrado convertir en música. La mano que se expresa y el pulso que se percibe tan libre como refrenado.

JUAN GUSTAVO COBO BORDA

Manuel Salinas, por Juan Gustavo Cobo Borda | artnexus