Exposición Individualene 1997 - mar 1997· Por Darío Ruiz Gómez

Luis Fernando Peláez

Museo de Antioquia

Si algo hay en Lluvia de Luis Fernando Peláez es ese tipo de maestría donde la fusión entre técnica y pensamiento se ha producido felizmente. Pocas veces se ha visto en la ciudad una exposición de una trascendencia estética como ésta, ya que superados los tanteos, esos acercamientos a' posibles territorios formales, a determinadas temáticas, aquí, el Intenso trabajo de esos últimos años ha desembocado en la contundencia visual de la metáfora, en la certeza de una poética deslumbrante.

Exposición Individual: Luis Fernando Peláez — imagen 1
Luis Fernando Pelaez. Puerto en lluvia, 1996. Hierro, resina y objetos. 21x221x76 cm

La Instalación lleva entonces, hacia la vivencia íntima del espacio como una geografía particular —el resultado de la magistral «mise en scéne»— el itinerario que marca la pauta de los objetos, el efecto mental que crean las texturas —alusiones, huellas Imperceptibles— a lo largo del Salón del Museo de Antioquia, devienen no en un efecto pasajero, en un shock sino en una experiencia imborrable: memoria como creación.

Crear una poética es ante todo legitimar una propuesta que ya, en este caso, no sigue operando como deconstrucción sino como lo contrario, como construcción de unos significados a través de imágenes rescatadas del Imaginarlo común  agredido por la dispersión de lo que llamamos realidad. Frente a la demolición lo que opera en el caso de Luis Fernando Peláez es la construcción de un nuevo orden al poner a flote Imágenes que son patrimonio de lo humano.

No es la lluvia como resonancia de lo que la palabra ha alcanzado través de las lecturas primeras, de los films amados, de los poemas que resuenan como una extraterritorialidad en la cual han desaparecido las fronteras, la lluvia de Yeats, de Slmenón, la lluvia de Rilke y Trackl, la lluvia de David Lean y. la lluvia de Rldley Scott, o sea que lo que visto, leído, Imaginado es mío, hace parte de mi secreta tradición.

La ciudad parece retomar el hilo de las verdaderas exposiciones de arte. No sólo esas exposiciones cuya finalidad consiste en ilustrar las academias parroquiales sino muestras donde aparece presente el rigor de una curaduría dispuesta a tomar partido por una Intención estética. Esto fue lo que validó la muestra en Suramericana de un honorable desaparecido, Alvaro Marín, perteneciente en los setenta al llamado Grupo de los Once, y cuya irrupción se hizo en la década del setenta.

A su peculiar geometría de entonces más dependiente de la poética de Rothko que del racionalismo de Albers, Marín ha agregado ahora una serie de propuestas donde aquellos trazos de color son objetivados tridimensionalmente dando como resultado un tipo de construcción —recordemos a Soto, a Cruz Diez— que trata de ser más contundente desde el punto de vista de lo visual. ¿Logró incorporar en esta tridimensionalidad lo que en sus tanteos anteriores —el caso de las grandes telas a manera de velos- no había logrado? ¿ Lo que apenas estaba Insinuado en sus manchas?

A Marín hay que aplaudirle su voluntad de experimentación que lo ha situado prácticamente en un punto cero. Ese punto desde el cual deberá agregar a lo que ahora es apenas simple manualidad, un contenido estético definitorio. Por lo menos en lugar de repetirse ha sido capaz de dar el salto hacia unas premisas que le exigen además de buena voluntad, claridad conceptual frente a los elementos geométricos que ha escogido.

DARIO RUIZ GOMEZ

Luis Fernando Peláez, por Darío Ruiz Gómez | artnexus