III Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica

Moises Barrios, Angel 1996

Monografíaene 1997 - mar 1997· Por Belgica Rodríguez

III Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica

En medio de una fuerte lluvia de octubre, la tercera edición de la Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica se abrió al público en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, de acuerdo a la concepción y curaduría de Porfirio Herrera, director del Museo, con la asistencia de todo su equipo y la asesoría de la crítica de arte Marianne de Tolentino, directora de Relaciones Internacionales de esa institución museística. Con esta nueva edición, y bajo las difíciles circunstancias en las que fue organizada y realizada, la Bienal continúa proyectándose como la historia del futuro, con ilusiones y desilusiones, en la que se reafirman, no siempre claramente exitoso, los valores de las tradiciones de los países participantes, sus definiciones plásticas, sus repertorios temáticos y sus preocupaciones estéticas.

Al plantear esto último creo importante enfatizar la importancia que ha tenido esta exposición en la divulgación del quehacer artístico de una parte de América Latina, prácticamente desconocido hasta en la misma región, especialmente aquel del Caribe insular y Centroamérica. Al lado de ello también es importante establecer las posibles opciones comparativas entre países y sus radios de apertura hacia otros códigos plásticos, adoptando posiciones analíticas y críticas serias, buscando establecer los diferentes niveles de desarrollo cultural que se operan en cada uno de ellos. En este sentido no es porque se les considere distintos de acuerdo a la división en países cerrados y países abiertos a las influencias culturales foráneas establecida por Marta Traba, sino porque sus desarrollos económicos son dramáticamente diferentes y esto, a la larga, ejerce su influencia sobre la producción artística.

El que esté dedicada a la pintura, la Bienal está limitada a una disciplina que, definitivamente, muestra signos de agotamiento en aquellos medios donde no se ha propiciado la reflexión sobre la creación como un resultado humano ni el estudio de los problemas del arte, como tampoco el análisis de esos problemas a la luz de las circunstancias críticas por las que atraviesa un país en un determinado momento de su historia. En la mayoría de los casos se busca ampliar el mercado del arte, por lo demás muy importante si los aspectos antes mencionados están cubiertos positiva y creativamente.

Sobre la representación pictórica de un buen número de países, con mucha preocupación puede afirmarse que no reflejó ni remotamente la fuerza y la calidad de su producción en pintura. Es evidente que esto se debe a que la invitación a participar en la Bienal generalmente se procesa a través de canales oficiales, lo que es lo más prudente, pero los que seleccionan, o los que actúan como curadores, designados por esas instancias, no tienen la menor idea de cómo comportarse en la selección. No es justo que países con una plástica tan dinámica y de tan amplia proyección como la de Venezuela, México y Colombia hayan estado tan pobremente representados. El hecho de que un artista de Venezuela haya obtenido un premio no lo exime de culpa. Mejor papel hicieron algunos países del Caribe y Centroamérica. De hecho, las menciones a las mejores representaciones nacionales recayeron en Haití, Barbados y Cuba. Destacándose a su lado las salas de Honduras, Martinica, Nicaragua y Curazao.

Resulta siempre difícil analizar eventos como una Bienal. En general, su carácter colectivo y multinacional acentúa ciertas características que desembocan en una desigualdad en los niveles de calidad de las obras, además de las diferencias de formatos, de medios, de técnicas y hasta de presentación de las obras. Esto último se nota más al comparar países grandes con, digamos, altos desarrollos económicos, con países pequeños más deprimidos en ese aspecto. Esta situación en consecuencia, se refleja en sus procesos culturales, acentuando, perversamente, más en unos que en otros, sus aspectos negativos y primariamente comerciales, tal el caso de algunos del Caribe insular, como Haití, por ejemplo, donde la valorización de su tradición naif en la pintura, lo ha conducido a una especie de parálisis innovativa. Afortunadamente algunos creadores han podido salir de esta línea, tales como Sacha Tebo, Philippe Dodard y Edouard Duval Carrié, tres magníficos artistas, con justicia invitados especiales de la III Bienal.

Monografía: III Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica — imagen 1
Santos Arzu, Caronte Fase I, II, III. Fases I y III 228x175 cm - Fase II: 144 x 128 cm

En esta Bienal no hubo tendencias o estilos protagónicos. Sí pudo encontrarse una preeminencia de un figurativismo ecléctico, en el que un conjunto de factores artísticos y extraartísticos se extraviaban discretamente en posturas situadas dentro de la inconsistencia del postmodernismo. Al lado de ello, otros artistas venidos no precisamente de los países grandes, abordaron con propiedad y sin estridencias un planteamiento que los sitúa entre la tradición y la ruptura. Podemos nuevamente citar a los artistas haitianos antes mencionados, añadiendo a Isabel de Obaldía y Roosevelt Díaz, invitado especial de la Bienal presentado con una muestra individual, ambos de Panamá; Inés Tolentino, Grecia Rivera y Mariano Sánchez, de República Dominicana; Francois Bonnier de Guyana Francesa; Tina Spiro de Jamaica; Armando Mariño de Cuba; Roberta Stoddart de Jamaica; Bárbara Joice de Saba; Gerville Larsen de Islas Vírgenes Americanas; Patricia Baffin de Martinica; Walter Iraheta de El Salvador y Winston Branch de St. Lucia. Mención aparte merecen Honduras y Nicaragua, que, aunque no obtuvieron mención como representaciones nacionales, hicieron un estupendo papel como conjunto por la excelente calidad de los artistas que presentaron. Siete artistas de Nicaragua: Orlando Sobalvarro, Efrén Medina, Roger Pérez de la Rocha, Hilda Vogl, Genaro Lugo, Luis Urbina y Alfonso Ximénez; ocho de Honduras: Virgilio

Guardiola, Alfredo Martínez, Armando Lara, Ezequiel Padilla, Oscar Mendoza, Xenia Mejía, Blas Aguilar, y Víctor López, mostraron la energía plástica con la que allí los pintores trabajan actualmente.

Así como resulta difícil que un evento como este tenga un buen nivel de calidad en su conjunto, el trabajo del jurado no lo es menos. Poner de acuerdo a nueve personas es una tarea ardua. Seleccionar doce entre 180 y nueve artistas provenientes de 35 países tampoco es fácil. En esta oportunidad repitieron algunos ganadores de Bienales anteriores como José García Cordero de República Dominicana y Ras Ishi y Ras Akyen de Barbados. Los otros galardonados con medalla de oro y diploma fueron José Pablo Solís de Costa Rica, Carlos R. Aguilera de Cuba, Moisés Barrios de Guatemala, Frantz Zephirin y Joseph Jorelius de Haití, Santos Arzu de Honduras, Diógenes Ballester de Puerto Rico, Oscar Soles de El Salvador y Carlos Alberto García de Venezuela.

Los problemas que pueda presentar la Bienal de Pintura del Caribe y Centroámerica son los mismos que presentan otros eventos de esta naturaleza. De ellos no escapan ni las grandes Bienales como Venecia o Sao Paulo, como tampoco los modestos Salones Nacionales de cualquier país. Lo importante es que la Bienal de Santo Domingo desde sus inicios se perfiló como una palestra regional que ha servido para proyectar una producción pictórica poco conocida. Hasta ahora ha cumplido con las dos vías que caracterizan este tipo de evento, una vía estructural plástica referida exclusivamente a la creación como una acción sensible y humana, que muestra parte de un desarrollo pictórico en todas sus dimensiones, es decir con sus adelantos, sus atrasos o retrasos, sus propuestas plásticas y temáticas, sus investigaciones con los materiales, sus audacias técnicas, o simplemente la presentación escueta de lo más tradicional en la pintura. Aquí es una parte porque la selección de artistas siempre ha estado, y estará parcializada, corriéndose el riesgo de no ser representativa. La otra vía es coyuntural, en la que la pintura es apreciada como una creación social, puesto que se trata, sin proponérselo, de ofrecer la opción comparativa y la posibilidad de diálogo pictórico entre países, al tiempo que este diálogo se muestra ligado a realidades particulares.

BELGICA RODRÍGUEZ

Crítica de arte venezolana. Reside en Caracas

Monografía: III Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica — imagen 2
José Garcia Cordero. La casa del ahorcado 1996, Acrilico sobre tela 180x200 cm
Monografía: III Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica — imagen 3
Joseph Jorelius, Tres personages
Monografía: III Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica — imagen 4
José Pablo Solís, Piedad, Alma, Violencia, 1996. 164 x 178 cm
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