Dentro del amplio panorama de la fotografía documental mexicana, destaca con luz propia la obra de Graciela Iturbide (México D.F., 1942). Autora de los libros de fotografía Los que viven en la arena (1981), Sueños de papel (1985) y Juchitán de las mujeres (1989), esta admirable artista de la lente —una de las fotógrafas mexicanas más galardonadas y con mayor proyección en el extranjero- presentó el año pasado, primero en Monterrey y luego en la ciudad de México una exposición destinada a permanecer en la memoria. Con el título de Graciela Iturbide: la forma y la memoria, la retrospectiva pudo apreciarse entre febrero y agosto en el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO) de Monterrey, y entre el 11 de septiembre y el 24 de noviembre en las salas 19, 20 y 21 del Antiguo Colegio de San Ildefonso, en el D.F., por cierto, en el marco del proyecto Fotoseptlembre.

Dedicada al maestro Manuel Alva- rez Bravo (el gran patriarca del arte fotográfico mexicano, de quien Graciela Iturbide fue asistente entre 1970 y 1972), la muestra incluyó un total de 93 fotografías en blanco y negro, realizadas a partir de 1969, de seis serles temáticas. Se exhibieron, desde luego, fotografías clásicas de Iturbide como Ciudad de México (1969), cruda imagen de una prostituta; Mujer ángel (1979), una india seri del desierto de Sonora, bajando de una cueva, portando su vestido tradicional y cargando en la mano derecha una grabadora; Nuestra Señora de las Iguanas (1979), la majestuosa mujer juchiteca con su sombrero de ¡guanas, que nos recuerda dos de los cuadros más celebrados de Raúl Angulano, uno pintado en 1956 y otro en 1971, y El señor de los pájaros (1984), un hombre nayarita que contemplaperplejo el vuelo poético de la aves signos.
Hace cinco años, Graciela Iturbide señalaba sobre su quehacer creativo: Es difícil encontrar el término para definir este tipo de trabajo. Últimamente se le ha dado en llamar fotografía de calle a la que se hace fuera del estudio. Se sale a buscar a partir de la realidad, independientemente de que la fotografía pueda ser muy subjetiva por la complicidad que se establece entre el fotógrafo y el sujeto fotografiado. Mi trabajo tiene que ver con esta fotografía directa o de calle. Tomo lo que me da la realidad, no construyo en el estudio, salgo a buscar. Me interesa la comunicación con la gente, el estar cerca de otras culturas. Me voy a algún sitio, me estoy algún tiempo para poder contar, mediante las imágenes, una historia de ese lugar. (*)
Mujer de gran cultura visual y con vocación de trotamundos, Graciela Iturbide sale a buscar y siempre encuentra. Sin prejuicio alguno, esta artista se acerca a los hombres y a las mujeres de las más diversas culturas, siempre con la Intención de rescatar su dignidad, sin importar credos o razas. Sus imágenes costumbristas y enaltecedoras del ser humano son, sin duda, testimonios de gran valor estético e histórico. No son testimonios fotográficos destinados a revelar Injusticias y hacer crítica social, sino a descubrir la realidad y dotarla de sentido estetizante. Y para realizar esta labor, Iturbide se vale de su sensibilidad, de su talento, pero también de una enorme carga cultural que va desde el abstraccionismo y el su- rrealisno a las lecciones fotográficas de Edward Weston y Manuel Alvarez Bravo.
En la obra de Graciela Iturbide, la forma y la memoria se funden en una armonía dialéctica. Su exposición retrospectiva del MARCO y San Ildefonso, nos permitió conocer esta verdad, visualizar perfectamente un trabajo artístico que es, al mismo tiempo, documento histórico.
NOTA
* Véase Lía García Verástegui, «Instantáneas de luz. La fotografía en México», en Memoria de papel, México, Año 2, Número 3, Abril de 1992, pp. 29-30.
ANTONIO ESPINOZA
