Hay dos artistas venezolanos de pronunciados fraseos figurativos, con lo cual marcan una gran diferencia con que son las búsquedas de sus compañeros de generación y de lo que, corriendo todo riesgo, osaríamos en llamar la estética de la época. Ellos son Felipe Herrera, pintor y, Alexis Mujica, escultor.
Tanto Herrera como Mujica tienen mas de veinte años en el hacer de las artes en Venezuela. Sus primeras influencias datan de la década del setenta, tan marcadas por las militancias del arte figurativo, el dibujo, la indagación sobre el individuo y la ciudad. Se imponía, en aquel período de replanteamientos, el ejemplo latinoamericano de Cuevas y los locales de Borges y Régulo. Entonces, tanto Herrera como Mujica empezaron sus recorridos por los salones, la aventura en grupos afines y curiosamente, para ambos, muy pocas exposiciones personales.
En la planta de entrada del Ministerio de Relaciones Exteriores se programan exposiciones, siendo El Hacha y su Sombra la de mayor envergadura de cuantas se han hecho. Se reunieron ocho obras de Herrera y diez de Mujica. Ambos coinciden en un humanismo desgarrado, en el transcurrir del tiempo, ciertos sentimientos de aislamiento y, en general, discursos sobre la figura y el lugar. La presentación la hace el poeta Eugenio Montejo.

Felipe Herrera elabora su obra en una técnica que proviene de la pintura, el dibujo, la escultura y el collage. Su soporte es la madera y en alguna área es plana y pictórica, en otra tiene objetos reales, y en la mitad restante es un bajorrelieve. Impera la noción de políptico.
Herrera parece indagar en la academia -venezolana u otra— del siglo pasado para fijar referencias, establecer la mitología de su propio interés. Así, la iconografía de Cristóbal Rojas se convierte en un hito personal, en sus obsesiones y en sus estudios reiterados. El brazo, una pintura clásica del maestro, se muestra tal cual, como dibujo anatómico y en relieve. La obra, en forma de maleta, tiene compartimentos que deberán abrirse para descubrir otros «cuadros» o escenas.
Figuras del Renacimiento italiano, una gama siena, «en‘temperatura tierra» - como diría el mismo Herrera—, la insistencia del damero —y por extensión: lo lúdico—, el reto de abrir puertas, el ojo siempre presente sea como objeto, como cosa portátil, como dibujo científico, como órgano o como símbolo sacro, y el corazón que es pintura o volumen, sangrante, con espinas o como pieza de carnicería, todo remitirá al tiempo, su peso y racionalidad; las pasiones ocultas y lo que transcurre de un plano a otro.
La escultura de Alexis Mujica, constituida por figuras y perros principalmente, incorpora maderas, cadenas o instrumentos de labranza, como metáforas de la muerte, de la violencia inútil, de lo fantasmal cotidiano.
Sus modelos están en situaciones de dualidad: adentro-afuera, adelante-atrás. Nunca se sabe y eso lo hace intrigante e indeterminado. ¿Dónde se encuentran esos seres? ¿Antes o después de la intemperancia?
Ese paso entre una realidad y otra se aprecia no solo porque el individuo esté ante una puerta cerrada (¿entra o sale?), sino por lo que cubre su cuerpo: su piel o su ropa, es igual, tiene la misma valoración. Así uno cree verlos desnudos o semicubiertos por una piel que es una
caparazón que es el vacío. Ello dice de la desolación del ser, verdadero sujeto del escultor.
La obra de Mujica se resuelve entre la Incógnita y la escena en tensión. Insistentemente sus perros están en actitud de ataque, mientras que los niños «juegan» con una pistola.
Ahora el artista Incorpora la figura femenina a su repertorio temático. Ello trae cierta calma pero, falso, pues las cicatrices, las huellas de la Ira reflejada en sus rostros dicen de lo evidente y lo silencioso en el Ir y venir de la existencia.
El diálogo entre ambos creadores parte de lo abrumador y de la vivisección de todo lo que hay alrededor, de la «proximidad sensible», como diría el poeta Montejo, de lo otro. De eso desconocido que nos acecha.
JUAN CARLOS PALENZUELA
