Una muestra panorámica de Eduardo Hoffmann (1957) realizada en el Centro Cultural Borges abarca desde 1979 hasta lo producido en el mismo momento del montaje de la muestra que comentamos y que fue denominada Sirenas urbanas. Alrededor de medio centenar de trabajos que están integrados por pinturas, dibujos, esculturas - objetos e instalaciones y videos los que permiten ver un recorrido plástico que tiene como problema la transcripción de la realidad en aquello que hace a las intencionalidades y a su vez en cuanto a como la plasmaría.
Quizá un hilo conductor para su variado lenguaje plástico pueda ser el desarrollo de su imagen en esta panorámica que va de su tránsito del hiperrealismo de Bodas de papel, un óleo de 1980, a sus últimos trabajos en los que transita por una cuasi abstracción como son los trabajos que integran los que se agrupan en la AA. La libertad con la que toma los modelos de la realidad objetiva, ya concreta o literaria le permite tener un despliegue de su fantasía que se plasma en variados recursos del lenguaje plástico.

Quizá su capacidad creativa y de adecuación a lo que le brinda las circunstancias se ejemplifique con la instalación que surgió al montar la muestra en el Centro Borges, en el que las manchas que quedaron en el piso de la muestra anterior de Joan Miró le permitieron enmarcar dichas formas como si fueran hallazgos rupestres con lo cual reactivó sus obsesiones. Su recreación fantástica de la realidad la podemos rastrear en un trabajo de 1979 titulado Naturaleza hlpomuerta, un óleo que denota un acabado oficio de pintor por su planteo hiperrealista. Se trata de un par de' caballos vistos desde el anca y que semejan dos manzanas. La realidad se transforma generando otra alternativa posible.
Los trabajos que emprende en la década del ochenta fluctúan entre la representación figurativa y obras que aparentan ser como fragmentos sobredimensionados que ponen el protagonismo no en lo que se nos cuenta sino en el juego de la materia cromática, en donde las transparencias, los empastes y las grafías alcanzan una real significación.
Un buen ejemplo de esta década es El bombachudo rojo de 1988, un óleo sobre tela, apaisado, de grandes dimensiones. Sobre un plano de tierras de valores bajos se proyecta otro algo más pequeño de color bordo sobre el cual una figura humana nos plantea una propuesta espacial en la que la aparente planimetría se transforma en una representación ambigua. Este planteo será una constante en sus trabajos hasta el presente. Otro camino es el que se puede observar en MMMHHHH de 1988, un óleo sobre cáñamo de grandes dimensiones sobre un fondo monocromo. La línea es la protagonista al dibujar un rinoce ronte y la síntesis es primordial. Podemos establecer relación con Langofante de 1989, una cerámica esmaltada, en la que la representación es sugerida y está en el límite de la abstracción. El juego cromático va conformando una imagen ambigua que a su vez interacciona sutilmente con el fondo.
Los trabajos que realiza en esta década
del noventa revela un tratamiento más elaborado de la imagen en donde las
sucesivas capas de materia son raspadas, ligadas, con lo que crea una
superficie sugerente. Encontramos esto en Santo Varón de 1991, un óleo sobre
tela y lo mismo en obras más recientes en las que utiliza resina y acrílico
generando estructuras y sugerencias visuales.
ALBERTO COLLAZO
