Carlos Gallardo

Carlos Gallardo. La memoria, 1994. Dos estructuras de 39 x 11 pies. 120 m³ de agua. Cortesia del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

Monografíaene 1997 - mar 1997· Por Jorge Glusberg

Carlos Gallardo

Y la memoria del tiempo

Gallardo recupera por medio del arte —y dentro del arte— la indivisibilidad extraviada al abandonar la Argentina y el diseño gráfico. Esta recuperación avanza en una sociedad distinta pero igualmente fragmentada. 

Si todo artista es hijo de su tiempo, las obras del artista argentino-canadiense Carlos Gallardo (n.1944) indagan y, a la vez, exploran el tiempo de su autor. Pero Gallardo, como cada ser humano, tiene dos tiempos a considerar: el de su vida y el de su época, un tiempo individual y un tiempo colectivo. Y en los dos se interna: de allí salen sus creaciones, que él denomina espacios reflexivos, porque proceden de su reflexión y solicitan la del espectador destinatario.

Monografía: Carlos Gallardo  — imagen 1
Carlos Gallardo. Desde lejos, 1994 (detalle) acrilico y resina sobre papel (desechos de embalaje industrial y 181 sobres de cartas recibidas desde 1963). 59x102x16 cm

Diseñador gráfico, Gallardo abandonó este oficio en 1985, para entregarse por entero a la pintura. También abandonó Buenos Aires para radicarse en Montreal, donde habita desde entonces. Si me quedaba, iba a terminar engordando y haciendo lo que querían los demás, ha dicho Gallardo, al explicar tanto su traslación geográfica como disciplinaria.

Acaso en esta decisión deba verse el punto de partida del discurso estético de Gallardo. Porque hay un irse también doble: del lugar de su nacimiento y su individuación, y de la forma de su aporte colectivo. Los filósofos coinciden, desde antiguo, en que el individuo es indiviso e indivisible. No lo es, en cambio, el ser colectivo. Pero el artista, quién vuelca su yo en el torrente social, lleva a sus obras esas condiciones de lo indiviso y lo indivisible, que él y a posee como entidad humana para contrarrestar la dispersión y la separación del ser colectivo.

Sabido es que el arte no tiene fronteras; sin embargo, no pueden descartarse las diferencias culturales entre las sociedades, porque ellas se insertan en el modo operativo del artista. Suponer lo contrario es fetichizar la idea misma del arte, de la cultura. Pero Gallardo ha sorteado las disparidades Buenos Aires/ Montreal; o si se prefiere, se ha valido del ellas para organizar y sustentar su mensaje conceptual.

Monografía: Carlos Gallardo  — imagen 2
Carlos Gallardo. Otros cielos, sustancias, 1995. Acrílico, papeles y plomo. 100 x 89 cm

Trans-terrado en Canadá —por voluntad propia, desde luego—y en consecuencia, necesitado de una nueva (o bien de otra) individuación, Gallardo recupera por medio del arte —y dentro del arte— la indivisibilidad extraviada al abandonar la Argentina y el diseño gráfico. Esta recuperación avanza en una sociedad distinta pero igualmente fragmentada; sin embargo, la obra de Gallardo indivisa e indivisible, coagula tanto la diseminación del ser colectivo al que ahora pertenece como las semejanzas de este con el anterior.

Así desaparecen las distancias de todo tipo entre Buenos Aires y Montreal, entre la Argentina y Cánada. Pero también desaparecen en virtud de las búsquedas del artista respecto de su tiempo-vida y su tiempo-época. Veamos el segundo. Siento que nos hallamos en medio de una fractura, que en este siglo, nunca fue tan grande como ahora - dice Gallardo-, Las estructuras sociales, las organizaciones políticas, el desarrollo global de la economía, nos ayudan, en este fin de siglo, a escaparnos de las preguntas que nos asustan: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, qué pasa con la muerte.

Monografía: Carlos Gallardo  — imagen 3
Carlos Gallardo. Qué/Quién/cómo/cuándo/dónde/por qué, 1993. Acrílico y resina sobre lienzo, 133x217 cm

Esa ayuda encuentra en Gallardo un observador sarcástico y amargo. Una de sus obras reduce a sólo tres acciones fisiológicas la vida del. hombre contemporáneo: es Eat/Shit/Sleep (1994), políptico de cuatro elementos, en los que apenas adivinamos una mesa, un inodoro y una cama. Estos objetos están como perdidos en la vastedad, que el artista ha acentuado con grandes manchas, pero el cuarto panel no contiene imagen alguna, en alusión directa a la pérdida del ser.

Compro luego existo (1994) es otra vuelta de tuerca a la actualidad social: sobre una franja de tela de 260 cm de largo, se suceden nombres masculinos y femeninos, seguidos de números; estos van en orden, aquellos en desorden. Esta obra reitera sus códigos en Debe y Haber (1994): la disposición es aquí vertical y cada nombre lleva un número a su lado. En ambos casos, nombres y números no sólo remiten, por cierto, a la manía consumista sino también, y en última instancia, a la masificación y la cosificación del hombre.

En tal sentido, La divina comedia (1994) es acaso más expresiva: un televisor encendido arroja un cono de luz sobre un decorado trivial (es una tela de ropa), en cuya base hay unas sillas y varios números; debajo, se advierte el infierno como pozo de fuego, y a la izquierda cuelga una escala para descender al abismo, que Dante describe también como un cono. Por cuestionar el hecho de que este mundo nos lleve a rehuir «las preguntas que nos asustan», Gallardo (se) las formula una y otra vez y nos enfrenta con ellas. Son siete: qué, quién, cómo, cuándo, dónde, adonde, por qué. Según Gallardo, se trata de las siete interrogaciones esenciales del hombre, y sin duda lo son. Quizá la vida humana cabe en estas preguntas, cuyas respuestas se multiplican desde antiguo. Gallardo carece de ellas, pero intenta encontrarlas.

Una obra de 1993, que lleva por título las siete preguntas, las enuncia en otros tantos paneles, escritas sobre centenares de nombres femeninos y masculinos. Pero a cada uno de los paneles asciende, por una escala, un diminuto ángel de resina. Los ángeles no tienen, para el artista, ningún significado religioso: son un símbolo de lo incontaminado. Por eso suben hacia los seres que, al escapar de las interrogaciones esenciales, huyen de su verdadero ser. Tres obras de 1995 van más allá: cada una consta de seis paneles, dispuestos tres arriba y tres abajo, en los cuales aparecen, por fotocopias de diccionarios, la condición gramatical y las acepciones de las seis palabras, en español (Gestos y certidumbres), inglés (Rumor del tiempo) y francés (L'Oubli, El Olvido).

Monografía: Carlos Gallardo  — imagen 4
Carlos Gallardo. Compro, luego existo, 1994. Acrilico sobre plomo y tela sobre aglomerado. 44x260 cm

Las reminiscencias kosuthianas de estas obras, si acaso las hay, cesan aquí; porque la información lingüística aportada por Gallardo no constituye la obra sino al revés: cada panel tiene una manija, como si se tratase de la tapa de un cajón, en cuyo interior pueden o no estar las respuestas. Pero además, la ignorancia acerca del contenido de esos cajones, es una incitación más dirigida al espectador, quien tiene por delante explicada las palabras-preguntas.

De esta manera aborda Gallardo la exploración de su tiempo individual. Si el tiempo colectivo, la época, es analizado a través de sus datos sociales, económicos y políticos, el tiempo de su vida es examinado a través de la memoria del artista. Es que la memoria es una manifestación del tiempo, una de sus representaciones más características y singulares. Bergson distinguía entre la memoria —hábito o memoria psico-

fisiológica y la memoria— consciencia o memoria pura. Para él, esta última supone la continuidad de la persona la realidad fundamental, el ser esencial del hombre, que así conserva su pasado y lo actualiza en todo lo presente. La de Gallardo es una memoria de esta naturaleza, y él la sustancia por medio de la memoria-hábito, como señalaba Bergson.

Por ello, acude a todos los testimonios posibles: sobres de la correspondencia recibida al cabo de los años (Desde lejos, 1994), agendas (Des tiempos, 1994), cartas, cuadernos de notas, fotografías, libretas de calificaciones escolares. Su serie Otros cielos, de 1995, es casi una biografía del artista, trazada a partir de imágenes y objetos familiares, que Gallardo aplica sobre el soporte y forma y deforma con pinturas aerificas.

Estas obras, cuyos títulos conceptualizan las vivencias que difunden (Sustancias, Perplejidad, Evidencias, Quimera, Melancolía, Exilios), convierten la memoria particular del artista en memoria general de la sociedad entera. Si el tiempo colectivo ha requerido la presencia del tiempo individual, este revela, por oposición, la ausencia en que ha devenido nuestro tiempo colectivo.

Pero Gallardo no se limita a los recuerdo familiares ni a los objetos de uso propio: manijas, tomillos, grapas, alambres, maderas usadas, bolitas (canicas), dan cuenta en sus obras de la memoria del tiempo, como los nombres y los números y la constante utilización de plomo, un metal cuyo descubrimiento es anterior a los registros históricos.

Gallardo citó, como acápite de una de sus exposiciones, esta definición de Schopenhauer: Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro, el presente es la forma de toda vida (El mundo como voluntad y representación, 1819 y 1844). Pero es el presente el que conlleva su pasado y su futuro, y entre ambos se moviliza Gallardo. Porque, como señala Borges a propósito de Schopenhauer, el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos.

JORGE GLUSBERG

Crítico de arte argentino. Vive en Buenos Aires, donde es Director del Museo de Bellas Artes.

Monografía: Carlos Gallardo  — imagen 5
Carlos Gallardo. El equipaje del olvidao, 1995. Acrílico, gabardina, carton, manijas, plomo, cartas, pañales 50 x 100 cm.
Carlos Gallardo, por Jorge Glusberg | artnexus