En la capital dominicana, el Centro Cultural Hispánico se caracteriza por un extremo dinamismo y manifestaciones de alta calidad, entre las cuales se destacan las exposiciones. Recientemente presentó una colectiva, de índole antológica, que ha cosechado elogios unánimes por su importancia y la selección de las obras: Arte Dominicano, Artistas Españoles y Modernidad, 1920-1961. Es la segunda vez, por cierto, que se celebra allí una muestra, relacionando ambas expresiones plásticas: la primera versión sobre «la impronta española en la pintura dominicana».
La Investigación comparativa se explica no solamente por la institución organizadora, el período colonial y lazos seculares conservados, sino porque, en 1940, intelectuales y artistas europeos emigraron a la República Dominicana, huyendo del franquismo y del nazismo, e hicieron aportes considerables. Parece contradictoria la hospitalidad del dictador Trujillo a una élite de la avanzada democrática, pero esa Inesperada Iniciativa favorecía su imagen internacional... y él no había medido sus consecuencias ideológicas.
Fueron pues decenas de españoles que se refugiaron en Santo Domingo. No fue un fenómeno único en América Latina, pero, en esta nación caribeña, dejaron huellas fuertes, particularmente en el campo artístico. Luego, unos se marcharon bastante pronto, sintiendo la presión del régimen, otros —los menos— prolongaron su permanencia o se quedaron definitivamente.
Arte Dominicano, Artistas Españoles y Modernidad, abarcando desde la tercera década del siglo hasta el fin de la dictadura, nos refiere a una época crucial para la evolución de las artes visuales. Su curadora, la escritora Jeannette

Miller se ha hecho una verdadera especialista de la historia del arte dominicano hasta los 70, y, con esta retrospectiva, Integra la participación de artistas extranjeros a quienes no había tomado en cuenta, excepto como mención, en su libro, publicado en I978.
El planteamiento teórico de la exposición
enseña tres fases y vertientes: el arte dominicano - en su modernidad
incipiente - antes de I940; obras pictóricas, escultóricas y gráficas de
inmigrantes catalanes; talentos dominicanos entonces emergentes -hoy
magistrales - con piezas realizadas antes de I962.
La excelencia de la selección conforma una muestra de alto nivel, y todas las obras provienen de colecciones privadas, incluyendo las de algunos artistas expositores. La fruición se aumenta con el descubrimiento, revelación que no hubiera sucedido con las muy conocidas pinturas y esculturas de la colección del Museo de Arte Moderno. Además, los coleccionistas, a los cuales se recurrió, han sido muy rigurosos en sus adquisiciones.
El conjunto genera inmediatamente dos reflexiones. El arte dominicano, en esas cuatro décadas que preceden la época contemporánea, ya se Imponía por su creatividad, su sello nacional y una consonancia con las tendencias del momento. En cuanto a los artistas españoles, tan importantes para la actualización, la enseñanza y el ejemplo, fue en Santo Domingo donde se convirtieron en creadores pujantes y originales, impactados por el medio ambiente y el choque cultural.
Cabría también mencionar que el espíritu de la exposición ha optado por señalar más el estímulo ejercido por los extranjeros, que su Influencia directa en los dominicanos. Luego, como toda selección, no deja de ser subjetiva, y no figuran personalidades artísticas, ya destacadas por aquellos años, aparte de haber sido discípulos aventajados de sus maestros españoles. Citaremos al escultor Luichy Martínez Richlez - ganador de la Bienal de París en I959 -, a los pintores Marlanela Jiménez y Antonio Toribio, jóvenes entonces en su mejor momento.
Respecto al arte dominicano anterior a
I940, la selección cumplió más bien un compromiso «de tesis». El carácter
sobresaliente de la producción de Yoryi Morel — corriente vernácula—, de Jaime
Colson —Internacional—, de Celeste Woss y Gil —primera gran artista mujer—
otorga valor a cualquier obra de ellos, pero las presentadas no corresponden a
la significación de sus respectivas contribuciones. Tal vez se quiso enfatizar
así un aporte solamente precursor y exclusivamente individual. Hubiéramos
anhelado ver igualmente ejemplos de la pintura novel y contundente de Darío
Suro desde la década del 30. Felizmente, el último de nuestros «forjadores»
modernos —y que sigue renovándose— está representado con un magnífico ejemplar
de sus Caballos.

Cuando pasamos a la más extensa representación de los españoles, encontramos una mayoría de obras habitadas por la pasión, en gran medida acentuada por el encantamiento caribeño, y que a su vez iba a provocar en Santo Domingo «una explosión cultural» como lo expresa María Ligarte, historiadora inmigrante y luego pilar de la cultura dominicana, en un hermoso texto para el catálogo.
Y no solamente está el admirable Josep Gausachs, todavía un casi desconocido en su tierra catalana, que, como nadie, ha transmitido la sensualidad de la mulata y la expresividad de la línea. También está Manolo Pascual, ejemplo de contemporaneidad radical para su época, dueño al mismo tiempo de un neo-clasicismo poderoso. Respecto a esa reciprocidad dominicana, que fortaleció o catalizó las personalidades europeas, vemos a Eugenio Fernández Granell, que llegó como músico, se hizo pintor en Santo Domingo y se fue vuelto un surrealista excepcional, hoy altamente cotizado: dos obras expuestas lo demuestran. Asi mismo sucedió con Vela Zanetti, con su «realismo campesino», representado aquí con dibujos y pintura de muy buena factura.
A pesar que la exposición hubiera podido enseñar la indiscutible incidencia de los profesores foráneos —además de la enseñanza, en la estética y el estilo—, se optó, y es perfectamente legítimo, por destacar una creatividad independiente de los dominicanos, que surgieron entre 1940 y 1950. Cuán grato es reencontrarse con la interpretación real-mágica de la criollidad, por Gilberto Hernández Ortega y Clara Ledesma, brillantes alumnos de Gausachs, y con piezas contundentes de la escultura figurativa de Antonio Prats-
Ventós, especialmente su Sueño mulato.
En una segunda sala, más pequeña, se
colocaron los entonces jóvenes, hoy maestros todavía en plena producción. No
obstante han fallecido los dos que más huellas han dejado: Paul Giudicelli, del
cual eligieron, por razones de época, obras neo-cubistas, y Eligió Pichar- do,
emblemáticamente representado con su expresionismo de humor feroz y paleta
difícil. Notamos que Fernando Peña De fillo era un maestro precoz del
expresionismo abstracto y matérico, que Silvano Lora era ya un «pintor
comprometido», y Ada Balcácer una hacedora de formas a la vez orgánicas y
construidas.
Las impresionantes tallas verticales en caoba de Mario Gaspar Cruz, gestor de un figuración mítica, mística y absolutamente personal, lo sitúan entre los mejores escultores latinoamericanos... sin que se le conozca continentalmente. De Domingo Liz, que la vida obligó a ser más pintor que escultor, valoramos un Torso y la maqueta en muy pequeña escala de su Monumento a los Héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo.

Arte Dominicano, Artistas Españoles y Modernidad, manifestación completa que se ha distinguido por mesa redonda, conferencia y publicaciones, (en particular un excelente catálogo) ha sido uno de los acontecimientos artísticos del 1996. Nos alegra que se haya celebrado, coincidiendo con la Bienal del Caribe: así visitantes del exterior han podido tener una percepción del mejor arte dominicano moderno.
MARIANNE DE TOLENTINO

