No huelga repetirlo: una exposición no es solo la reunión de unas obras de arte, es también su selección, su distribución en la sala, sus textos de apoyo, su catálogo, sus actividades complementarias. Si se piensa en todo esto, Armando Reverón, luz y cálida sombra del Caribe fue una muestra muy importante y gran modelo de lo que debe ser realmente una exhibición. Aunque el artista venezolano no era un desconocido en el país, el público asistente —que por fortuna fue abundante— debió ampliar considerablemente su información y aprecio sobre este maestro de la primera parte del siglo, sin duda uno de los más originales de América Latina. El Museo Nacional de Bogotá fue la primera sede de esta exposición, organizada por el Consejo Nacional de la Cultura de Venezuela y la Fundación Museo Armando Reverón, entre otras, que hace un recorrido por diversas instituciones museísticas relacionadas con el Caribe, entre Julio del año pasado y Agosto de 1997.

La muestra bogotana estuvo integrada por 27 trabajos —entre ellos trece objetos— e incluía dos cuadros de la ciudad, uno del Museo Nacional y otro, recién adquirido, de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Las pinturas correspondían a los tres períodos en que se ha clasificado la producción de Reverón y permitían una aproximación bastante correcta a la obra de este artista excepcional, desde el retrato de Enrique Planchad, de 1912 hasta Niza de 1952, pasando por el bello óleo Paisaje del Calvario, de 1915,1a formidable técnica mixta (óleo, temple y carboncillo) Desnudo, de 1939 y el impecable óleo con temple Puerto de la Guaira, de 1941, para solo mencionar algunos cuadros, porque realmente no había uno menor y todos mostraban de varias maneras la visión prodigiosa de este pintor que aislado en Macuto reinventó el oficio de hacer cuadros y de representar la realidad a partir de muy poco: algo de color, algo de texturas, algo de trazos, pero eso sí con mucha luz.
Al lado de las pinturas se instalaron diversos objetos realizados por Reverón, desde un bastidor con tela y un caballete con parasol, hasta una de sus grandes muñecas (Serafina), pasando por una máscara, considerada un autorretrato, una mandolina, etc. Este instrumento musical, cuidadosamente elaborado, permite establecer la enorme distancia que hay entre sus trabajos tridimensionales y los ensamblajes, surgidos del cubismo sintético, que llevara a cabo Picasso a partir de la Guitarra, de 1912. Mientras el venezolano hacía un objeto para su uso personal, así no pudiera tocarle, el español insistía en sus planteamientos formales e intelectuales en torno de la representación bi y tridimensional. Quizá sobre decir entonces que los objetos de Reverón están en el polo opuesto de los «ready-mades» de Duchamp, que obviamente pertenecen a una esfera muy diferente de la profundamente humana y artística del alucinado caribeño.
Mención especial debe hacerse del excelente catálogo que acompañaba la exhibición; particularmente por la utilidad de los textos, entre los que se destacan las cuatro miradas críticas sobre Reverón, comentadas con inteligencia en artículo introductorio por Katherine Chacón: las de Boulton, Calzadilla, Arroyo y Pérez Oramas. Antes de estos valiosos documentos hay otros textos Importantes, sobre todo los titulados Armando Reverón: la luz, la nada de Rafael Arrálz y Armando Reverón: el Caribe o la belleza recobrada de Katherine Chacón, la actual directora de la fundación Museo Reverón. Esta última, Arrálz y Pérez Oramas, muy jóvenes todavía, son buenos ejemplos de la preparación profesional y del rigor teórico de muchos de los críticos e historiadores de arte de Venezuela.
GERMAN RUBIANO CABALLERO
