La figura y la obra de Ana Mendieta han adquirido a lo largo de los últimos años una dimensión mítica que la ha convertido tanto en emblema del feminismo como en un exponente ilustre del multiculturalismo. Las extrañas circunstancias de su muerte en 1985, a consecuencia de una caída desde las ventanas de su apartamento en Nueva York donde vivía con su marido, el escultor Cari Andró y el desarrollo del proceso judicial que se instruyó a continuación, en el que este fue, primero acusado y luego absuelto, sin que se llegara finalmente a esclarecer las causas del accidente, contribuyeron también a que abundaran las lecturas que concluían en una Ana Mendieta víctima de las opresiones sociales y símbolo rebelde del desarraigo. Aún teniendo una cierta base real, estas lecturas han pecado de excesivamente superficiales: la intensidad y la energía de la obra de esta artista de origen cubano y educada desde los 13 años en los Estados Unidos, rompe los estrechos moldes de esta caracterización mítica que sirve muy eficazmente a las necesidades del discurso cultural dominante en la actualidad. Su obra va mucho más allá de las etiquetas y muestra desde una lectura global y articulada de su producción la complejidad de sus opciones estéticas, ligadas a una necesidad de construir una identidad desde una nueva idea de subjetividad.

Sin duda son esenciales en su obra los planteamientos de carácter político y social, pero en ningún caso podría reducirse a ellos la capacidad de renovación que subyace en su trabajo. En esta línea parece querer incidir la exposición retrospectiva que ha presentado recientemente del Centro Gallego de Arte Contemporáneo de Santiago de Compostela (España), comisariada por Gloria Moure.
Hay que reseñar por otra parte que la obra de Ana Mendieta se expuso por primera vez en España, de mane
ra individual en 1995 en la Galería DV de San Sebastián, publicándose un catálogo con un magnífico ensayo de Kevin Power. Ana Mendieta despierta actualmente un gran interés, precisamente por lo que su trabajo aporta al debate sobre el multiculturalismo y esta exposición en Santiago pretende algo más que dar a conocer de manera rigurosa y sistemática una trayectoria artística breve pero intensa.
La exposición incluye trabajos muy diversos, desde dibujos realizados sobre hojas vegetales a recreaciones de instalaciones, fotografía, moldes de tierra y una presentación videográfica y a través de diapositivas de los performances, que constituyen la vertiente menos conocida y a la vez más esencial de su obra, siendo quizá el plato fuerte de la muestra. En efecto en algunos casos, como el relativo a performances de los años 70, se trata de material inédito y permite apreciar cómo ya en esa fecha temprana Ana Mendieta establece una - conexión con las prácticas rituales de las Antillas.
El sincretismo estético que plantea la obra de Ana Mendieta, en tanto que actitud, se ha convertido actualmente en una solución plástica común y extendida en el ámbito latinoamericano, pero hoy día corre el riesgo de convertirse en amaneramiento y en un estilo de identidad, a menudo con resultados trágicamente triviales que denotan un espíritu académico excesivamente atento a la oportunidad que ofrecen las circunstancias.
La actitud de Ana Mendieta respondía a la necesidad de encontrar un vehículo lo suficientemente revulsivo, sobrio, complejo en sus significados y rico en matices que permitiera actuar de manera eficaz en la dicotomía entre modernidad y tradición. Esta actitud, pendiente y atenta en subrayar los sustratos que podrían ser definidos como de identidad étnica, no surgía exclusivamente de circunstancias personales individuales, sino que era ■ compartida por numerosos artistas que empezaron a trabajar entre los años 60 y 70 en diversos países del subcontinente y que ha tenido un desarrollo particularmente rico en Cuba y en Brasil. Ciñéndonos al ámbito cubano es fácil encontrar paralelismos entre Ana Mendieta y artistas como Bedia, Padilla o Brey (a los que frecuentó en sus diversos viajes a la isla), que desde otras perspectivas, cada uno desde sus opciones personales y con diferentes dosis de entrecruzamientos, han incidido en un sincretismo estético cuyas referencias tradicionales se han situado en los rituales religiosos afro-americanos, en el acervo de las creencias surgidas del cruce entre catolicismo y religión yoruba.
Sin embargo, Ana Mendieta no se remite sin más a las referencias señaladas como una manera de indicar y subrayar lo tradicional o las condiciones de una determinada identidad del entrecruzamiento. Sus objetivos van más allá al reelaborar en una visión global recursos provenientes tanto del Land-Art, Body-Art, la Performance o incluso el Conceptual y el Feminismo junto a las referencias de la santería o a los cultos a deidades femeninas ancestrales.
En cierta manera la actitud plástica y estética de Ana Mendieta se entiende mejor, o al menos cobra un significado más rico, si la consideramos en relación a algunos artistas brasileños, como Helio Oiticia, Lygia Clark o Cildo Meireles, con quienes parece tener mucha más sintonía, y que también elaboraron su propio sincretismo entre vanguardia y sustratos tradicionales o populares, sin olvidarla importancia del interés por lo político, entendido en su acepción más amplia.
SANTIAGO B. OLMO
