Alfredo Boulton

Alfredo Bulton.

Monografíaene 1997 - mar 1997· Por Luis Pérez Oramas

Alfredo Boulton

Humanista y fabulador de Venezuela, Caracas, 1995


Si hubiera que resumir el sentido profundo del legado de Boulton en el breve período de algunas líneas se diría que Don Alfredo introdujo en el imaginario colectivo de los venezolanos, ausente de cultura, la idea de un país que no sólo se constituye de memorias heroicas y militares sino también y muy especialmente, de labores artísticas y de visiones, de rostros y de artistas. En un país como Venezuela ello es enorme. Habría que añadir que a diferencia de nuestros grandes humanistas decimonónicos, Boulton tuvo la fortuna de contar con grandes medios y tuvo la inteligencia de no dilapidarlos, sino más bien de ponerlos al servicio de su propia obra. Boulton fue el primer intelectual venezolano que asume junto con la producción de su obra, la gestión de su materialización, de su circulación y de su difusión. Boulton fue el primer intelectual venezolano que se vio encarnado como editor moderno y fue el primero que introdujo al discurso argumental el discurso de la imagen.

Con esto la obra de Boulton es fotográfica en un sentido que iría mucho más allá de su propia —y feliz— condición de fotógrafo. La obra de Boulton es la primera obra de intelectual que, a mi conocer, en Venezuela, se constituye como argumentario visual sobre la nacionalidad venezolana. Ello le permitió dos enormes logros: como artista de la fotografía fue Boulton el paisajista heráldico de Venezuela. Se interesó, a través de tres volúmenes de fotografías, por recabar las visiones que constituyen emblemáticamente nuestra territorialidad: el Occidente con sus montañas heladas y sus páramos ancestrales, la Margarita del oriente con sus bellos tipos humanos y sus costas infinitas y los llanos que Boulton llamó de Páez para recordarnos que fueron el crisol histórico de nuestras mitologías heroicas. Como intelectual convencido de una integridad de la inteligencia que no sólo es discursiva sino ante nada perceptiva, Boulton —iconologista y curador— supo siempre argumentar con las imágenes hasta alcanzar, entre otras cosas y nada menos, lograr definir la precisa iconografía del rostro de Bolívar.

Empresa alegórica de toda su obra: Boulton, que quería revelar algo de lo esencial venezolano, se empeñó en revelar el verdadero rostro del Libertador. Habría pues que iniciar toda semblaza de Boulton recordando esta labor, luego completada por la investigación iconográfica de los rostros de Páez o de Manuela Sáenz, las sombras (o el anverso real) del sueño bolivariano. Algo encuentro allí que es sintomático de su relación con Venezuela: proyectando sobre el país una ilusión humanista llega a develar un rostro, a veces extraño, en el que tal ilusión no llegará a reconocerse. Pero la obra de Boulton tiene la enormidad y la limitación de toda obra de pionero. Yo quiero imaginarlo como un cartógrafo que inicia la investigación de un territorio sobre el cual ha ido dejando hitos que, más allá de la polémica o del disentimiento, marcarán las rutas fundamentales de una radiografía nacional.

Estos hitos son: arte prehispánico venezolano (del cual Boulton fue autor de uno de los registros fotográficos más completos), arte colonial venezolano (donde sobresalen sus investigaciones capitales sobre Juan Pedro López), legado e iconografía bolivarianos (rostros de Bolívar, de Sucre, de Manuela Sáenz), arte de la república (el pintor Juan Lovera), miradas extranjeras sobre la territorialidad venezolana (sus investigaciones sobre Pissarro en Venezuela), registro heráldico del paisaje venezolano (su obra de fotógrafo), arte de la modernidad (sus investigaciones sobre Reverón, sus obras sobre los autores del llamado Círculo de Bellas Artes, su libro sobre el escultor Francisco Narváez), arte contemporáneo (sus libros sobre Soto, Cruz Diez, Otero). El resumen magnífico de esta obra fue, más allá de los tres volúmenes titulados Historia de la Pintura en Venezuela, su propia colección personal, infelizmente dispersada tras su muerte. 

Monografía: Alfredo Boulton — imagen 1
Alfredo Bulton

Todas las empresas de Boulton dejan traslucir una hipótesis humanista sobre el pasado y el destino de Venezuela. Desde su visión del paisaje, signada por una identificación con el paisaje primigenio, con el paisaje intocado, se puede leer acaso un rastro del topos platónico según el cual nada suplirá entre nosotros el privilegio de aquella cercanía con los tiempos ancestrales de la creación y que, más modesta y cercanamente, se tradujo en una construcción del paisaje nacional que excluía de facto a los territorios "maculados" por el hombre. Esta hipótesis humanista se articula plenamente a una idea de la historia del arte destinada a colmarse en los modelos de transparencia inmaculada y abstracta de los maestros cinéticos venezolanos. Con ello Boulton construyó una fábula formalista de la venezolanidad, una versión del país como país inocente —que acaso compartieron muchos de sus contemporáneos, entre quienes Arturo Uslar Pietri o Guillermo Meneses—, valedera como proyección estética de un deseo de país, pero acaso desproporcionada o injusta con el país real: una fábula de la venezolanidad que Boulton fue el único en traducir —o elaborar— a través del lenguaje de las imágenes y que concluyó, como era de suponerse, en una suerte de pesimismo, en una versión local de la desesperanza nostálgica. Porque esta fábula de la inocencia no podía, en su vértigo humanístico, más que destinarse a lamentar su pérdida. La versión inmaculada del país que Boulton construyó en sus imágenes no podía más que contrastar, abruptamente, desesperadamente, con la laberíntica discontinuidad del país real, que Boulton —como muchos de sus contemporáneos— han terminado viviendo como un duelo.

Así, pues, si la empresa alegórica de Boulton fue la develación del verdadero rostro de Bolívar, tan lejano al espectro napoleónico que la historia oficial nos ha impuesto, su culminación emblemática fue la construcción de una lectura de la obra de Reverón: artista genial e inocente, que resume el deseo boultoniano del país en su doble aspecto de intuición inexplicada y de incontestable "logro" moderno. Boulton, que proyectó sobre Reverón una periodización "picassiana" —períodos azul, blanco y sepia— contribuyó en mucho a la consagración del artista de Macuto como primer pintor moderno de Venezuela e indujo con su difusión de la obra reveroniana a una forma de contemplación formal que demite, bajo el pretexto de algún enigma intuitivo, la necesaria búsqueda de explicaciones. Siempre he querido creer que el privilegio otorgado por Boulton a lo que el mismo llamó período blanco de Reverón testimonia de sus "hipotecas platónicas" sobre el arte y la nación venezolanos: privilegio de la luz por encima del cuerpo o de lo informe, privilegio —también— de la "inocencia natural". Así, si no podía Venezuela identificarse al modesto rostro de Bolívar que Boulton nos revelara, prefiriéndole la grandeza anónima de las estatuas ecuestres, pareciera que en el hondo imaginario de Boulton se identificaba Venezuela al rostro y a la persona de Armando Reverón: sólo genial a través de su "inocencia" y, en ella, inocentemente, y sola, inexplicada.

LUIS PÉREZ ORAMAS

Curador y crítico de arte venezolano. Vive y reside en Caracas, Venezuela 

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