Como sucede prácticamente en todo el mundo, en México la "idea" de pintura ha permitido el desarrollo de expresiones artísticas neovanguardistas que, al final del siglo, han cobrado una fuerza realmente inusitada: el arte objetual, la ambientación, la instalación, el arte multimedia, la neográfica y el performance. Expresarse a través de estas disciplinas es perfectamente legítimo y válido. Lo que resulta reprobable es que, como sucede muy a menudo, se haga y se exhiba tanta basura con la etiqueta de arte vanguardista y se le quiera tomar el pelo al público. El rechazo a la pintura y a las otras formas artísticas tradicionales, deriva muchas veces en propuestas carentes totalmente de creatividad e imaginación.
Una excepción notable en el contexto del arte neovanguardista mexicano es la de Víctor Guadalajara (México, D.F., 1965), un joven creador autodidacta que se ha distinguido por construir obras "pictórico-escultóricas" de gran fuerza, donde se dan la mano el genio artístico y la habilidad artesanal. Prácticamente de un oficio admirable—la carpintería— Guadalajara propone en su obra una ambigüedad entre lo pictórico y lo escultórico, un discurso visual a medio camino entre dos expresiones artísticas tradicionales que se integran armónica y subversivamente en un sólo lenguaje.

En el año de 1992, Víctor Guadalajara presentó una exposición que significó un afortunado inicio de su camino dentro del arte. La muestra titulada Arqueología urbana, abierta entre el 6 y el 30 de agosto de ese año en la sala principal del Centro Cultural San Ángel, nos permitió conocer a un nuevo artista mexicano, un joven vanguardista con una propuesta bien definida. Se trataba de un hábil "pintor/constructor" (así lo definió Francisco Castro Leñero en su texto de presentación de la muestra) que en su afán creativo subvertía el concepto mismo de cuadro, rompía el formato y se adentraba audazmente en procesos de producción constructivos; un autor diestro en el manejo de sus materiales, austero en su cromatismo, que construía sus piezas buscando lógica formal y, también, impacto visual.
Cuatro años han pasado de Arqueología urbana. En ese tiempo, Víctor Guadalajara ha crecido como artista y ha enriquecido considerablemente su propuesta neovanguardista. Así lo dejaron ver sus exposiciones en el Salón de los Aztecas (De-forma-to, 1994) y en la Galería Tonalli de la SEDESOL (Diez piezas, 1995). Cultura de Celaya (Celaya, Guanajuato) el pasado mes de mayo, nos permitió visualizar perfectamente la evolución de su trabajo (se integró con piezas de sus muestras de 1992,1994 y 1995).
Días después de que presentara en Celaya una selección de su producción anterior, Víctor Guadalajara presentó en el Museo de Arte Carrillo Gil de la Ciudad de México su exposición más ambiciosa: Elipsis. Guadalajara exhibió un total de 21 obras, todas con una misma forma pero con distintas soluciones plásticas. El joven creador se impuso el reto de trabajar con una misma estructura geométrica, la elipse, para explorar en ella múltiples posibilidades de expresión. Su proceso creativo- constructivo empezó con la base elíptica (un bastidor hecho con madera tensada), sobre la que realizó un concienzudo trabajo con ensambles, telas (pintadas casi siempre con encausto) y algunas veces objetos, buscando imágenes diferentes para cada pieza. La única obra que se salió de este parámetro fue la titulada Elipsis XVIII, que careció de trabajo pictórico, ubicada más bien dentro de la vanguardia concepto- objetual.
Con este juego de tensiones físicas y visuales, que manipulan nuestra percepción de la realidad, Víctor Guadalajara se ha convertido en uno de los artistas neovanguardistas más audaces y propositivos del México actual.
ANTONIO ESPINOSA
