Exposición Individualoct 1996 - dic 1996· Por Samuel Montealegre

Rolando Peña

Instituto Italo-Latinoamericano

Pienso que el trabajo de Rolando Peña (Caracas, 1942) y la figura con la que desde hace muchos años se ha identificado, el Príncipe Negro, necesitan de opiniones e interpretaciones, pues constituyen, el objeto cultural que la obra y el artista se proponen originar. Es una necesidad implícita en varias posturas experimentales: pero existe una diferencia entre algunas de estas y la del artista venezolano, En la atención que reclama Rolando Peña se posterga el debate para que en él queden englobadas también las interpretaciones y opiniones nuevas, mientras que en otros se fuerza la discusión alterando los contenidos del trabajo y malogrando así su proceso de penetración real en la sociedad.

Estas líneas son, por tanto, una interpretación más de la posición de un personaje que ha estudiado teatro, danza, diseño y arquitectura; que vestido de negro se ha movido en los centros internacionales del arte; que ha recogido por todos los lados pareceres; que ha incursionado en el video y el cine; que ha realizado happenings y performances y que desde los años ochenta ha concentrado su temática en el petróleo, elemento básico de la economía de su país.

Exposición Individual: Rolando Peña  — imagen 1
Rolando Peña. El Mar Negro, 1996. Instalación Instituto Italo-Latino-Americano en Roma. Foto: Antonio Mendoza.

El petróleo ha dado bienestar y producido activismo y Rolando Peña asume como constante de sus reflexiones artísticas las implicaciones psicológicas y sociales que ha determinado. Por medio de un proceso alquímico-artístico, la torre y el barril, elementos que sirven para extraer y contener el oro negro, se transforman en metal amarillo, el máximo de la riqueza: se vuelven la insignia de la transmutación económica de la materia prima en opulencia. El dispone los barriles lanzando diagonales, alzando verticales que a veces son tótems fálicos, trazando laberintos y espirales y armando instalaciones. La obra gráfica, reproducción de proyectos y obras ya construidas, se realiza a través de un proceso muy sofisticado de digitación computarizada. Las imágenes se fijan sobre un fondo negro, que eludiendo la simulación se ha obtenido con petróleo o neme, palabra indovenezolana asumida por el artista.

En la obra de Rolando Peña hay una ostentación de la pintura dorada que utiliza para recubrir torre y barril, sin convertirlos en kitsch. En ese detenerse ante el precipicio reside el equilibrio sensible del trabajo. ¿Cómo ve el petróleo Rolando Peña? Como el Becerro de Oro de la Biblia, generador de la idolatría. El ídolo de oro bíblico es un punto interesante de asociación con la operación de Rolando Peña. Moisés encontró que su pueblo había modelado el monigote y lo destruyó; Rolando Peña lo construye dando él mismo vida al anhelo subconsciente de la colectividad, pero lo presenta en su falsedad: es disfraz. Si este fuera de metal precioso sería Becerro de Oro y perdería su sentido de apotegma; no es tampoco ilustración ni explicación. La obra del Principe Negro es símbolo de una actitud común, que emociona porque se coloca ante el mundo cual forma que contiene su propio exorcismo: evidenciando la mistificación, produce catársis.

Para Rolando Peña el petróleo es también divinidad amenazadora: Zeus fuerza descomunal. En una instalación en el Instituto Italo-Latinoamericano en Roma (mayo-junio de 1996), sobre una extensión de plástico negro una televisión pasa imágenes fascinantes y terribles, apocalípticas, de torres y pozos quemándose, acompañadas por el sonido de los incendios que son rugidos amenazadores. El plástico negro simula un mar de petróleo y formalmente el artista se inspiró en el mar de plástico del Casanova de Federico Fellini. En su contenido, el plástico es un elemento inerte, negación de la vida; el video ha sido editado por el mismo autor con un montaje de secuencias de torres y pozos incendiados durante la Guerra del Golfo en 1991.

Los artistas transitan por la vida pregonando sus utopías, que después de todo contienen grandes intuiciones. Tengo la impresión de que Rolando Peña va diciendo que nos debemos sustraer al brillo fatuo y entregarnos a vivir. Encuentro que su personaje de Príncipe Negro, sus símbolos y distintivos son una confirmación de ello. Su hastío de la vacuidad es el mismo que existe en una estrofa de un verso de Salvatore Depau: "¡No! No se puede codiciar, desear el vacío y la nada. Amarlos sería para mí estúpido".

SAMUEL MONTEALEGRE

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