En los pasados meses de mayo y junio la Galería El Museo de Bogotá realizó una breve e intensa exposición de cuadros de Rafael Ortiz. No sumaban más de veinte y estaban "instalados", si es que por instalación se entiende el hecho de que su despliegue en los muros estuviese acompañado de troncos de árboles puestos contra la pared. Obviamente el punto de interés no estaba allí sino en el concepto mismo de la muestra, que se proponía, que se propuso de hecho, revisar el tema del paisaje en la pintura. Revisar o mejor problematizar la pintura de paisajes. Pintura de género evidentemente, cuyo sublime origen romántico ha cedido el paso, históricamente, a la multiplicación prosaica, "técnica" si se quiere de los paisajes que adornan las salas de estar de incontables hogares en todo el mundo. Y es precisamente desde allí, de donde empieza Rafael Ortiz, uno de los más inquietos y sugerentes pintores colombianos de la actualidad, precisamente por inquieto, por nómada, por apropiacionista.
Su exposición en la Galería El Museo empieza literalmente con cuatro o cinco cuadros de paisajes, banales, anónimos, idénticos en su anomia a los que pueden encontrarse en cualquier casa ocupada por habitantes igualmente anónimos. Ortiz los cuelga en los muros de su propia muestra para que el visitante sepa de entrada que su problema no es este o aquel paisaje sino el concepto mismo del paisaje en la pintura. De allí que aísle, a renglón seguido, los elementos que componen la estructura de dicho concepto: la casa, el río, el árbol... Lo que seguía entonces eran sus propios cuadros, si es que en un terreno así delimitado, puede hablarse de propiedad, de origen, de autoría. Cuadros en los que Ortiz compuso su propia versión de los mencionados elementos, en aplicación de una actitud que es romántica aunque no lo parezca, precisamente porque se ejerce en un terreno que estando delimitado tanto por el género como por el anonimato, es hostil a la exaltación del yo. Al despliegue de su retórica grandilocuente, la misma que tan enfáticamente realizaron en la pintura Turner, Delacroix o Géricault. Ortiz pinta su propia versión del árbol, del río, de la casa y al hacerlo se afirma como distinto, como un pintor que quiere individualizarse en la serie prácticamente indefinida de pintores que antes que él, que después de él, pintarán paisajes. Pero su identidad artística, doble o manifestación de su individualidad, de su yo, está completamente expuesta. Sus pinturas no comienzan en la nada ni en el caos, como pretendían los románticos auténticos, esos que pensaban y todavía piensan que el cogito ergo sum cartesiano les estaba destinado en exclusiva. Por el contrario empiezan, como ya dije, en el contexto previamente dado y archiconocido en el que se inserta la anónima pintura paisajista, que será cualquier cosa menos vacía o caótica. De allí que Ortiz, como autor de las mismas ya, no pueda manifestarse como un artista heroico, original, fundacional, sino como un autor débil, apenas alguien capaz de producir interferencias, presumiblemente significativas, en el curso anónimo de la pintura, sea o no paisajista. En una escena artística como la colombiana, tan plagada de gestos enfáticos, es de agradecer que haya un pintor como Rafael Ortiz que sabe exactamente qué es lo que puede hacer. Una auténtica lección que ojalá todos pudiéramos aprender.

CARLOS JIMÉNEZ
