Nadín Ospina y la crítica al High-Tech

Nadín Ospina. El gran sueño americano, 1995. Cerámica. 90 x 90 x 45 cm.

Monografíaoct 1996 - dic 1996· Por Ana Sokoloff

Nadín Ospina y la crítica al High-Tech

"La pluralidad y la confusión de los sentidos sirven a la ausencia de pensamiento y a esa pobreza que se considera a si misma riqueza". Henri Lefebvre

La obra reciente de Nadín Ospina, con sus figuras de Disneylandia incorporadas en vasijas de formas precolombinas, necesariamente nos hace pensar acerca de la identidad colombiana (Urna, de la serie El gran sueño Americano, 1995). Sobre esta identidad, se puede inclusive considerar una pluralidad y confusión de símbolos que se manejan a todo nivel (social y comercial) en la cultura colombiana. La pluralidad y confusión debe analizarse a partir de una sobre imposición de culturas extranjeras sobre la cultura local, en especial la cultura de ciudad o urbana, y se debe tener en cuenta como uno de los múltiples y complejos aspectos de la cultura colombiana. Este análisis permitirá esclarecer el efecto de influencias extranjeras en el medio colombiano y definir si ha sido una influencia enriquecedora o si al contrario ha conducido hacia una pobreza cultural en la estructura social debido a las influencias de la cultura de consumo. Formal y conceptualmente, estos son puntos que toca Ospina en su producción artística. Desde un principio, el artista ha investigado a nivel plástico, los efectos que ha tenido sobre la realidad social colombiana la presencia de objetos, imágenes y símbolos que han ingresado a través de los medios masivos de comunicación a la cotidianeidad.

Hoy en Colombia se puede considerar a la cultura norteamericana como la más influyente de las últimas décadas y su presencia no ha sido pasiva. Al contrario, ha creado una compleja variedad de situaciones que han complicado la problemática de identidad. Fue hasta la introducción de la televisión a mediados de los años cincuenta y principios de los sesenta que el público en general (es decir, no solo las clases dirigentes, sino la mayoría de la población urbana) empezó a estar consciente de o expuesta a una cultura foránea o extranjera. Esta cultura fue introducida, principalmente, a través de los comúnmente llamados "enlatados", o programas producidos en los Estados Unidos y traducidos al español en México. También jugaron un papel preponderante el cómic y la caricatura animada. Su mensaje es simple y directo y llega a una franja infantil muy receptiva.

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Nadín Ospina. Hechicero, 1996. Cerámica. 53 x 40 x 28 cm.

Poco a poco el sistema de comunicaciones de nuestros países se vio invadido de programas norteamericanos. Los otros mercados, queriendo igualar la televisión, y conscientes de la demanda por productos estadounidenses, comenzaron a importar todo tipo de artículos. Un rápido intercambio de la cultura Pop -que aún no ha parado- comenzó. La cultura gringa, aún cuando nunca ha sido completamente asimilada dentro del contexto local, sufrió una tremenda dislocación, de la cual me atrevo a decir, aún no se ha recuperado. La cultura local tuvo que resignarse a esta superimposición, y antes de poder entender la moral o la ética de trabajo del protestantismo y sus implicaciones dentro del medio católico, la población estaba usando blue jeans y escuchando rock and roll.

Este fenómeno se debió a la intervención activa y voluntaria de las clases o fracciones de clases que poseen el capital (y los medios de producción o quienes manejan los medios de comunicación) para controlar no solamente el empleo económico del capital y las inversiones productivas, sino la sociedad entera. Gracias a este proceso, la sociedad comenzó a responder más al valor de uso de las cosas que al valor de cambio. Lo imaginario comenzó a ocupar una posición de fuerza, y como aún no entendemos muy bien la ética y moralidad, de la cada vez más conservadora cultura protestante de los Estados Unidos, lo que hemos aprendido a aceptar como elementos de la cultura norteamericana son símbolos de ésta; Bart Simpson, Mickey Mouse, Coca-Cola y Pepsi. Tomar Coca-Cola o ir a Disneylandia se convierte en una prioridad frente a calmar la sed o conocer nuestras raíces.

Los objetos han cobrado una importancia absoluta. En ellos mismos reside su valor y la cultura que pueden llegar a representar pasa a un segundo grado. En ellos radica la idea de lo que deben ofrecer o efectuar. Con o sin ideología, el objeto cobra un valor de cambio, que a su vez implica un orden cultural y de felicidad. Se comienza a establecer un marco en el cual hay que actuar para poder corresponder a aquella idea de cultura y felicidad, en la cual el ocio y la moda priman frente a las costumbres tradicionales.

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Nadín Ospina. El Difusionista, 1995. Resina. Dimensiones variables.

Dentro de este contexto, la sociedad ha comenzado a responder a unos estímulos provocados por un fetichismo del objeto. La relación del significante-significado ha pasado a aceptar pasivamente la ideología del consumo, donde los signos desempeñan un papel cada vez mayor. El fetichismo permite que el consumo de imágenes sea el bien más deseado. Un bien además, que tiende a incorporarse al arte, la literatura, la poesía y en algunos casos a suplantar las artes, utilizándolas como retóricas para su propio fin. De este modo el objeto como signo, se convierte en la ideología misma de la sociedad; signos de felicidad, de satisfacción, de poder de riqueza, de ciencia, de tecnología, etc.

Ospina está consciente de los problemas que acarrean estos signos dentro del contexto colombiano. En un medio social donde las tradiciones locales han sido lentamente reemplazadas por los emblemas de un sistema determinado, los significados y lecturas construidas alrededor de la obra de arte se convierten en un comentario crítico de la realidad cultural del presente. La sociedad ha sido contaminada con objetos que no tienen significado más allá de su presencia física. Lo que representan es desconocido o malentendido, y la sed por lo extranjero es fácilmente satisfecha con los objetos per se. Curiosamente, la cultura prehispánica ha sufrido una suerte similar. Hoy se valoran los objetos precolombinos, mientras que las actividades culturales atadas al objeto se desconocen casi por completo.

Además, se debe mencionar el saqueo sistemático del patrimonio cultural por parte del coleccionismo internacional. La avidez por la adquisición de piezas precolombinas condujo a la industria de la falsificación. El pre-colombino falso ahonda el problema de la ausencia de significado, se desconoce el significado de la pieza original de la que fue copiado y el mismo es una ilusión. Esta actividad ha afectado el estudio y la comprensión del pasado cultural a nivel nacional; ha sido determinante para la valoración del objeto a nivel estético, más no cultural, y finalmente ha alimentado la producción de falsedad. Se está reemplazando la identidad por la materialidad, y los objetos irónicos de Ospina nos lo recuerdan constantemente.

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Nadín Ospina. Críticos del High-tech, 1993. Instalación. Cerámica.

Otro factor determinante para la asimilación de nuevos órdenes y el consumo de imágenes, ha sido la juventud. Esta tiene la capacidad de apropiarse rápidamente de las cosas y las representaciones culturales venidas a la ciudad por vía de los servicios de comunicación y sus fines. Esta asimilación crea un trastorno respecto al núcleo cultural urbano existente, ya que este último se ve roído por la cultura invasora. Las viejas costumbres y las instituciones que las legitimizaban, (sedes institucionales, etc.) se ven forzadas a acomodar, dentro de un marco ya existente, un nuevo aspecto de la realidad social, y así tratar de crear una cohesión entre las relaciones inmediatas de los individuos y su contexto.

Ospina se aprovecha de estas relaciones inmediatas al utilizar los signos y sobre-imponerlos sobre vasijas precolombinas. Al hacer esto, los iconos de la cultura norteamericana, se ven glorificados. También se les otorga un carácter de objeto ritualístico y mítico, en el cual este puede ser apreciado, o venerado como sobrenatural. Como fetiche, está más allá de la comprensión humana, pero sin embargo presente y determinante para la sociedad (Crítico extático, 1992). Este segundo acto de dislocación de la cultura estadounidense, a nivel plástico, y el acto de veneración del objeto dentro del ámbito de lo precolombino, irónicamente sirve como instrumento para formar o influir, la identidad del público y su afiliación con diversas culturas.

La yuxtaposición y sobreimposición de los signos de dos culturas, la foránea y la local, se convierte en crítica a la vida cotidiana; a Ospina le molesta la falta de comprensión y olvido frente a las tradiciones que han forjado la sociedad colombiana. No se reconocen los iconos o la simbología capaz de representar la identidad del colombiano, y se opta por adaptar al medio comportamientos sociales que llegan por vía de las imágenes de los medios masivos de comunicación. Al incorporar elementos ajenos a la cultura tradicional en las obras de arte, Ospina conscientemente imita el comportamiento de la sociedad, quien se apropia de signos sin verdaderamente entender el porqué de este tipo de comportamiento (Bizarros Gourmet, 1993).

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Nadín Ospina. Bizarres Gourmet, 1993. Cerámica. 65 x 55 x 40 cm c/u.

"En lugar de nuestras viejas deidades cargadas de fuerza y valor espiritual, llenas de significados asociados a un culto a la naturaleza, nos han enviado un pato y un ratón de plástico que brincan en la pantalla, patinan sobre el hielo o peor aún se meten en tu casa. Y todos quieren tenerlos como emblema en su ropa, en sus objetos cotidianos, en sus alimentos". Nadín Ospina

La apropiación ha estado presente en la obra de Ospina desde un comienzo cuando hacía composiciones a partir de diversos elementos. Tanto a nivel conceptual, al apropiar elementos de las culturas foráneas, como a nivel formal, utilizando imágenes animales, en la mayoría de los casos de especies nativas en vías de extinción, esta apropiación sirve para hacer un comentario sobre las tradiciones culturales locales y, claro, sobre la devastación ecológica (La edad de fuego, 1990). La obra de Ospina es tridimensional, las imágenes que utiliza por tanto recobran su valor como objeto tanto como obra de arte y como signo.

El soporte juega un papel importante en la obra del artista haciendo parte integrante de la composición. Puede ser cualquier otro objeto como campanas, urnas, mesas, o trípodes de diversos materiales como resinas plásticas, pigmentos, tierras minerales y bronce. Estos alteran aún más el significado de los elementos de la obra para reconfigurarlos dentro de un contexto nuevo, y en la mayoría de los casos irónicos.

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Nadín Ospina. La Edad del Fuego (Detalle), 1990. Tierra mineral sobre resina y bronce (4 piezas). 90 x 90 x 45 cm.

Por otro lado, la materialidad que Ospina saca a relucir como crítica social, es la misma que emplea en la ejecución de las piezas. El plástico que se usa para las imágenes de Bart y Pocahontas, es utilizado para ejecutar las urnas funerarias con figuritas de Mickey Mouse (Urna, de la serie El gran sueño americano, 1995). Al mismo tiempo, los objetos en cerámica son producidos artesanalmente, imitando los métodos que utilizaban los antepasados, y comúnmente efectuados para el tráfico de obras falsas (Críticos del high-tech, 1993 y otros). Ospina logra con este proceso hacer un comentario a los métodos de producción propios de las sociedades de consumo. Tanto a nivel artesanal como a nivel industrial, la producción se ha convertido en una actividad eficiente y masiva, con fines comerciales. El espectador, al enfrentarse a los objetos de Ospina, se ve forzado a sentir una nostalgia al comprobar que este objeto de devoción, al igual que la cultura, ha perdido el valor de uso para convertirse en un objeto capaz de ser producido masivamente, de plástico, y cuyo valor es hoy imaginario. La ironía es que los objetos como objetos son hoy más durables y prácticos que la cultura, siempre móvil, frágil y etérea.

La conciencia social se ha concentrado alrededor de la cotidianidad del consumo, dejando a un lado los valores derivados de la estructura social y económica del país. Se vive una discontinuidad entre la organización capitalista de la ciudad y sus condiciones históricas. Este desarraigo y desorganización ha conducido hacia la ausencia de juicios morales relegando lo social al estatus de objeto que puede ser adquirido. Se ha transportado a términos de valor todo lo que viene de la historia, de la conciencia. La utopía cultural que vivimos se vincula a múltiples realidades, más o menos lejanas, más o menos conocidas, no se vincula a la vida real y cotidiana. Los colombianos debemos revalorar nuestra cultura y el arte de Ospina es un paso en este proceso.

ANA SOKOLOFF GUTIÉRREZ

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Nadín Ospina. Los Estrategas, 1989. 60 piezas. Dimensiones variables. Tierra mineral sobre resina. Colección: Art Gallery of Western Australia.

Maestra en Historia del Arte de la Universidad de Columbia en Nueva York. Actualmente trabaja para la Misión Permanente de Colombia ante las Naciones Unidas como Coordinadora de Actividades Culturales.

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