Una de las atracciones de la temporada de primavera en Nueva York fue la muestra de Miguel Calderón e Iñigo Manglano-Ovalle en la Galería Andrea Rosen. Ambos artistas, a través de diferentes medios y estrategias estéticas, se comprometen con temas que involucran el lenguaje y la representación y que van más allá de preocupaciones inmediatas con la identidad cultural.
Calderón, un artista que actualmente vive y trabaja en Ciudad de México, explora en su arte temas que involucran la cultura y su exposición visual. Sus dos obras expuestas, Serie Historia Artificial, 1995 y Evolución del Hombre, 1995, muestran un tono crítico y jocoso en relación a la cultura como industria y como máquina de significación. Tomando ventaja de las, tanto ambivalentes como privilegiadas, condiciones que rodean a los museos en México, Calderón se las arregla para utilizar los dioramas del Museo Nacional de Historia Natural en México para sus fotográficos tableaux vivants. En las fotografías a color, el artista posa como un cazador ‘latino’ urbano empuñando diferentes armas, listo para atacar una variedad de animales que ya han caído en manos de la taxidermia. Las fotos, tomadas durante su incursión a manera de la guerrilla, fueron expuestas por primera vez por una noche en el museo, al lado de los dioramas donde las puso en escena. Calderón se inscribe así en la tradición postmoderna de crítica al museo dentro de sus propias prácticas y paredes. Calderón se enlaza a una cadena de artistas contemporáneos tales como Sophie Calle, Louise Lawler, Fred Wilson, y en grado menor, Gabriel Orozco, quien emplaza y usa el museo metonímicamente. Para ellos, la institución es una parte que revela la totalidad de la cultura así como textualidad y contexto de poder. Calderón, sin embargo, en oposición a sus predecesores y contemporáneos, utiliza un humor de ficción popular dulce-amargo: sus fotografías a color son complejas y cómicas.

Tanto en Evolución del hombre, como en la Serie historia artificial, Calderón también se incluyó así mismo como sujeto del tema. Lo que es cuestionado y burlado en este políptico de seis fotografías a color es el telos con el que el desarrollo cultural es conceptualizado y expuesto. Comenzando con una toma de sí mismo como un hombre desnudo agachado, un paso más allá de estar en "cuatro patas", Calderón adopta una simulada persona que rastrea el desarrollo del homo erectus al homo sapiens entendido y estilizado como un chico urbano. Una parte integral de la progresión hacia un 'nivel superior' son las armas usadas como atributos de civilización. Evolución del hombre conjura una red de prácticas fotográficas—‘médica’, ‘científica’, etnográfica’ y ‘estética’— involucrando actuación y representación. Su edad — Calderón nació en 1971—, su preparación en cine y la dimensión performática de su obra, cuentan en su refrescante postura ante tan imponente proyecto conceptual y su linaje histórico artístico, contemporáneo como puede ser.
Actualmente viviendo y trabajando en Chicago, después de pasar períodos formativos de tiempo viajando ida y vuelta entre Madrid, Bogotá y Chicago, Iñigo Manglano-Ovalle (1961) es un artista conceptual dedicado a estrategias que entrecruzan medios. En obras de la serie Floración, su primera muestra individual en la ciudad de Nueva York, Manglano-Ovalle trabaja con una poética social y una estética, ambas estratificadas y complejas, que han caracterizado su trayectoria artística. En la obra del artista, la estética aún resuena con las implicaciones de su origen filosófico: involucra aprehensión sensual y comprensión de fenómenos que generan conocimiento y poder.
En la serie Floración, como en sus más recientes obras Balsero (1994) y Televecindario, su trabajo público para Sculpture Chicago (1993), Manglano- Ovalle utiliza la tecnología como parte integral de su producción artística. Manglano-Ovalle lleva a la cultura al borde de la cultura por medio del realzamiento de la tecnología a su poesis, para parafrasear a Martin Heidegger. La tecnología en la obra de Manglano-Ovalle es proceso, es el medio a través del cual redes de relaciones se hacen palpables y diversos esquemas metafóricos son liberados, estimulando ricas texturas y asociaciones lingüísticas. El lenguaje en la serie Floración revela su carácter tanto comunicativo como subyugante. Bellamente instalada, la serie Floración está compuesta de varias partes. La grabación apenas audible de un electrocardiograma se escuchaba al tiempo que uno miraba a dos elementos esculturales similares, como si se tratase de un contrapunto. Dos bloques rectangulares de gelatina balística reposaban sobre mesas de corte minimalista con tapas de acrílico a prueba de balas. Los bloques de gelatina balística de color rosado contenían balas de punta hueca que habían explotado en su interior. La gelatina, como sustituto de la masa del cuerpo, experimenta cambios: se modifica in situ; al deshidratarse adquiere otro tipo de corporalidad. Colocados a distancia, dos monitores de vídeo de nueve pulgadas del tipo que suele utilizarse en dispositivos de vigilancia, cuelgan del techo inclinados hacia el espectador. Instalados como si se tratase de cámaras de vigilancia, los monitores en realidad proyectaban el video—temporalmente alterado— de una flor de hibisco cerrándose y abriéndose rápidamente.
La serie Floración trata de las parábolas y las paradojas a las que da lugar el lenguaje: su uso individual, social y contexto. "Florecer" es un verbo que describe el gestar de las flores, el ser de las flores, el devenir flor y el florecer. El proceso de floración por asociación también describe a una persona o cosa que realiza su potencial, floreciendo, asumiendo su plena potencia, belleza y esplendor. Pero "florecer" también describe la acción, en el discurso de la balística, del proceso físico por medio del cual una bala penetra en una masa de carne. Una bala florece cuando explota dentro de un cuerpo de modo tal que este se vuelve semejante al pétalo abierto de una flor. Floración es también el nombre usado en los estudios de balística para medir las condiciones físicas del cuerpo interpretado como masa en la que las balas se alojan y penetran.
La instalación de la serie Floración poseía un efecto de obra de arte total (gesamtkunstwerk) que afectaba la posición y el sentido propio del espectador. Signos y metáforas de campos diversos que uno rutinariamente considera por separado—naturaleza y cultura, lírica y épica, belleza y violencia, formalismo y crítica— resultan transgredidos; se entrecruzan y cambian. Esta obra de Manglano-Ovalle representa una reinterpretación compleja de estrategias conceptuales y minimalistas: lenguaje y formas son imbuidos de experiencia. Huellas y las marcas de experiencias —personal o social—, difuminadas en distanciadas búsquedas conceptuales y alejadas de esfuerzos materiales auto-referenciales se evidencian como parte del proceso artístico. En este sentido pasión y concepto están ligados dinámicamente a un formalismo que puede ser tanto social como político sin dejar de ser personal y elegante en su presentación. En la serie Floración, literal y metafóricamente, la experiencia y su memoria son disparadas dentro de la forma.
VÍCTOR ZAMUDIO TAYLOR

