La exposición retrospectiva y póstuma del pintor Jaime Colson (1901-1975) en la UNESCO es una fecha importante en la proyección internacional del arte dominicano. Coincidencialmente, esta muestra individual se celebró al mismo tiempo que otra retrospectiva, Arte Moderno y Contemporáneo de la República Dominicana, colectiva esa, en Nueva York1. Ambas, cuidadosamente organizadas, fueron auspiciadas por el sector privado, contándose además, con un catálogo, que aporta una información muy completa. El volumen sobre Jaime Colson reproduce en colores la totalidad de la exposición.
Jaime Colson, que tantas desgracias e incomprensiones atravesó en vida, nunca tuvo en París una oportunidad como la que dio a sus pinturas y dibujos el Museo Bellapart2, en la sede de la UNESCO, Place de Fontenoy, en París.
Trashumante, según el mismo Colson se declaró3 y mal aimé—el calificativo suena mejor que "mal querido", con una connotación de desdicha y Colson hablaba francés perfectamente— hubiera apreciado la admiración y la reverencia, testimoniadas por una colección esmeradamente conservada y la selección meditada por su dueño y presidente fundador del Museo, Juan José Bellapart.

Los espacios atribuidos, inmensos y de proporciones alargadas, significaron un reto museográfico, colocándose los cuadros a ambos lados de una rampa y escalera. Paredes de caoba y mármol, paneles blancos, un pequeño salón, fueron los portadores de 72 pinturas y dibujos, cuidadosamente distribuidos y dotados de una óptima iluminación.
La disposición adoptada facilitó la lectura de las obras, aún para los visitantes neófitos. Se adoptó una clasificación cronológica a un lado, presentando en los paneles cuadros generalmente pequeños y destacando el maravilloso Merengue, reproducido en el afiche junto a una firma ampliada. Sobre el mármol, se colgaron los formatos más grandes, con un criterio puramente estético, sin consideración de estilos ni de fechas.
Esta exposición permite reflexionar acerca de Jaime Colson, deplorando que la mayor injusticia sufrida por él y su obra haya sido el desconocimiento, antes y después de su muerte. Quedaron contados catálogos, pocos textos y comentarios, algunas menciones de su nombre —confundiendo a veces su nacionalidad o alterando la ortografía— cuando debería estar junto a forjadores del arte moderno latinoamericano. En el Museo de Bellas Artes de La Habana, pese a que no están expuestos, se encuentran siete obras notables del pintor dominicano. Y, con el itinerario previsto para esta muestra, en Europa y América, no se pierde la esperanza de que el olvido repare y un artista, criollo y universal, se consiga el sitial que le corresponde.
Nos referimos a la personalidad criolla y universal de Colson, porque es una realidad. En sus sucesivas etapas, al igual que su ídolo Pablo Picasso, se movía con plena libertad de una tendencia a otra. La noción de retroceso no cabía, gozaba tanto el realismo y el neoclasicismo como el cubismo, aparte de variantes y expresiones propias de cada uno.
Vemos que a ambos les interesaba la condición y el ser humanos, dentro de sus sensualidades respectivas, descartando la abstracción. Les apasionó la juventud y tuvieron el culto del cuerpo. Colson y Picasso no dejaron de hacer retratos y nunca completamente anónimos, ya que plasmaban a quienes amaban o les atraían. Por otra parte, Pablo Picasso, con veinte años y en plena gloria, apreció y aconsejó, en París, a Jaime Colson que le consideraba como un "nuevo Zeus".
La selección presentada de una colección extraordinaria, que reúne más de 350 obras de Colson, ha sabido dosificar los diferentes estilos —cubismo, neoclasicismo, realismo, con rasgos muy propios— del mismo modo que ha alternado pinturas y dibujos —siendo Jaime Colson el mayor virtuoso del dibujo dominicano— cuadros fundamentales — así El merengue, Figuras metafísicas, A orillas del Río Camú, Fiesta en Guachupita, Llanto en Claroscuro— junto a trabajos menores y bocetos.
Lo consideramos una opción inobjetable que revela así la extrema soltura del artista, aparte de que, por ejemplo, pequeñas tintas —las cabezas de rasgos africanos y haitianas, o la iniciación al rito de vudú— son fascinantes.
Si admiramos el neoclasicismo tan especial de Jaime Colson, que llegó a su apogeo en las décadas del treinta y cuarenta y luego en su período último, de dimensión singular y perturbadora cuando se acerca a los escenarios de Giorgio de Chirico o se sumerge en la introspección freudiana de la serie Catarsis4, estamos de acuerdo con el despliegue que la exposición hace del cubismo colsoniano.
Vemos esa vertiente como algo excepcional. Colson partió de magníficos ejercicios de estilo a lo Juan Gris — la Nature Morte de l’Humanité y otras por los años 27 y 28— construyendo simultáneamente los planos y los volúmenes de La mujer de 40 años y culminó en versiones únicas fundiendo facetas y principios cubistas con rasgos etno antropológicos, dominicanos y afroantillanos. Jaime Colson, el dibujante, va entonces a la par con el colorista y el geómetra del espacio. Joven campesino en la ciudad y Los marchantes enseñan esa polivalencia.
Colson poseía un conocimiento profundo de las modalidades cubistas y de otros movimientos cercanos en el tiempo. Matiza, cuando quiere, sus imágenes con elementos futuristas — obra contundente de La carreta— y hace experimentos emparentados con el orfismo, sus curvas y su luminosidad—así en la Virgen de los desamparados y en rostros geometrizantes—. La riqueza cubista de Jaime Colson es asombrosa y demuestra que pudo haber cubismo de los años 50, dependiendo toda renovación de la capacidad creadora y de las soluciones estéticas. Lamentamos que los estudios y exposiciones sobre el cubismo en América Latina hayan ignorado a Colson, que fue uno de los grandes cubistas del continente.
La obra de Jaime Colson demuestra también que el realismo no morirá jamás. Depende de quien lo interprete y lo vuelva suyo. No nos cansamos de mirar las caras masculinas y femeninas de las series africanas y haitianas, reencuentro del pintor con su gente, con negros y mestizos, en las dos décadas finales, cuando ya se quedó para siempre en su país. Observamos una sinestesia entre lo visual y lo sonoro, "oímos" a compás de merengue los ritmos de los cuerpos y los rostros.
Esperamos que, al final de su periplo, la exposición se presente en Santo Domingo. Entonces, el Museo Bellapart habrá sido inaugurado y los dominicanos, después de que en el extranjero millares habrán descubierto a Jaime Colson, se deleitarán con una gran retrospectiva y se percatarán de que, en la tradición de la desdicha que aquejó al pintor, pasó desapercibido el aniversario de los 20 años de su muerte, el 20 de noviembre de 1975.
NOTAS
1. El Museo Bellapart, que lleva el nombre de su presidente fundador y dueño de la colección que se exhibirá allí, es el primer museo privado en Santo Domingo. Abrirá sus puertas cuando finalice la construcción de su local. Se dedicará a los gestores de la modernidad y los maestros modernos dominicanos.
2. Modern and Contemporary Art of the Dominican Republic. Spanish Institute and the American Society of New York. Luego Bass Museum en Miami.
3. Jaime Colson escribió las Memorias de un pintor trashumante, que recorren sus aventuras y desventuras entre 1924 y 1968. Un documento indispensable, que publicó la Fundación Colson en 1978.
4. La catarsis es una serie de dos óleos — conservados en la colección Bellapart— y 25 gouaches —desaparecidos todos en Caracas. Queda solamente el testimonio de excelentes fotografías. Nunca podrá descifrarse a cabalidad un conjunto misterioso, portador de angustias y problemas íntimos del artista.
MARIANNE DE TOLENTINO
