III Bienal de arte pictórico

Roosvelt Díaz. Nidal de Bichos (detalle). Óleo sobre lienzo. Primer Premio.

Colectivaoct 1996 - dic 1996· Por Adrienne Samos

III Bienal de arte pictórico

Museo de Arte Contemporáneo

Con su tercera versión, la Bienal de Arte pictórico Cervecería Nacional se ratifica como el certamen nacional de pintura más importante en Panamá. A todas luces, propicia la única exposición que permite apreciar, cada dos años, lo que están creando muchos de los mejores pintores, jóvenes en su mayoría, que a menudo se aventuran a participar con obras innovadoras. El otro certamen de su clase, que patrocina anualmente el Estado, carece del poder de convocatoria necesario para obtener sólidos resultados por varias razones: el nivel desigual del jurado y la pobre organización del evento, entre otras. Para encontrar un acontecimiento de similar alcance, habría que remontarse al concurso de la Xerox en los años setenta, que sin embargo no sobrevivió la década.

Auspiciada por la empresa que lleva su nombre, la bienal exhorta a los artistas panameños o residentes a participar con una o dos obras de técnica y soporte libres, que no sobrepasen los 2x2 metros. También se cuenta con el apoyo del Museo de Arte Contemporáneo, en donde se exponen las obras seleccionadas durante un mes a partir de la ceremonia de premiación, cuya tercera vuelta se celebró el pasado 27 de junio.

El esfuerzo organizativo recae en dos panameñas, Mónica Kupfer e Irene Escoffery, que empiezan a reflexionar y preparar la siguiente bienal incluso antes de que concluya la anterior. De hecho, el éxito del certamen tiene sus raíces en el manejo inteligente de tareas fundamentales, tales como el contacto constante con los artistas para mantenerlos informados e interesados en participar: la oportuna divulgación en los medios de comunicación; el montaje correcto de la muestra; la confección de un catálogo que se envía a importantes museos y bibliotecas alrededor del mundo y sobre todo, la invitación de jurados de gran prestigio en el terreno de las artes plásticas.

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Fernando Toledo. ¿Cuerpo sin delito? Díptico. Segundo Premio.

En efecto, como siempre, el jurado internacional estuvo conformado por tres personalidades del más alto nivel profesional en el campo de las artes plásticas: el estadounidense Neal Benezra, curador jefe del Hirshhorn Museum and Sculpture Garden, en Washington D.C.; Cristina Gálvez Guzzy, directora del Museo de Arte Contemporáneo Rufino Tamayo en México D.F., quien además está a cargo de la célebre Bienal Rufino Tamayo y el pintor argentino Antonio Seguí.

El monto de los premios de adquisición aumentó este año y, además, el ganador del Primer Premio fue merecedor de un viaje con gastos pagos a México D.F., por una semana. Pero el cambio más significativo de esta versión fue el número de obras seleccionadas. El jurado ejerció un criterio mucho más riguroso que antes: de las 315 obras que concursaron, se escogieron 44 (frente a las 104 seleccionadas entre las 200 que se presentaron hace cuatro años, y las 84 elegidas entre las 301 participantes en 1994). Esto no solo dio como resultado una mejor exposición en cuanto al nivel de las obras exhibidas y al espacio que se le otorgó a cada una, sino que permitió una mayor coherencia en el montaje, facilitando la apreciación del conjunto de la muestra, lo que a su vez ofreció la posibilidad de medir, con cierta precisión, el estado de la pintura actual en el país.

El panameño Roosevelt Díaz (1963) —quien en la 11 Bienal recibió mención de honor— obtuvo este año el Primer Premio con Nidal de bichos, óleo en gran formato de sobrios grises y ocres, cuya composición minuciosa y tupida viene marcada por remolinos de trazos insistentes que arrastran cientos de pequeñas lagartijas en una hipnótica danza sin principio ni fin. Este galardón es un merecido reconocimiento a su seria y tenaz dedicación a la pintura.

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Emilio Torres. Arquitectura imposible de un paisaje. Tercer premio.

Otro pintor que ha demostrado una evolución consistente en su arte ha sido el ecuatoriano Fernando Toledo (1962), ganador del Segundo Premio (y ganador del Primero hace dos años) con ¿Cuerpo sin delito?, un díptico de colores sombríos y formas fluidas, cuya fuerza emana del juego virtuoso de los elementos de su iconografía personal. El soporte innovador resalta de inmediato: un lienzo pequeño montado en la parte superior de otro grande, ambos sin marco ni bastidor, se sostienen con pedazos de cinta adhesiva, con los que el artista también delinea una figura en la pared que parece haberse salido del cuadro.

Emilio Torres (1944) obtuvo el Tercer Premio con Arquitectura imposible de un paisaje, un cuadro imponente por su osadía en la técnica, así como en la disposición y el marcado contraste de los elementos. Un gran marco dorado parece casi sepultado por enormes planchas con tubos y alambres, que semejan trozos de muros carcomidos por el tiempo y el uso. Con esta obra de fuertes alusiones a la urbe contemporánea, el artista panameño-escenógrafo en un canal de televisión— es consecuente con casi dos décadas de trayectoria experimental, que incluye trabajos de corte conceptual, abstracto y matérico.

Es la primera vez que el jurado decide otorgar una Mención especial, que fue para Conversación entre hipócritas de la estadounidense Lezlie Milson (1958): un políptico compuesto por once esbeltas piezas verticales de madera que la artista cortó, talló y a las que adhirió clavos y sogas para crear protuberancias y dimensiones varias, y luego recubrió con lienzos que pintó de rojo vivo.

El jurado comentó a la prensa que la excelencia fue el parámetro determinante en la premiación, pero que además se puso fuerte énfasis en las propuestas no convencionales, como en los casos de Toledo, Torres y Milson. Las menciones de honor, otorgadas a obras de cinco panameños, parecen sugerir que los jueces también quisieron distinguir a los mejores representantes de algunos géneros clásicos. El paisajismo se destacó con De la luz y olor del escaramujo de José Inocente Duarte (1961), un denso paraje tropical en primer plano. El bodegón estuvo representado por Merienda de verano de David Solís (1953), en donde el artista logra expresar el mismo delicado y misterioso lirismo de sus óleos con personajes insólitos (uno de los cuales ganó el Segundo Premio hace dos años), con menos recurso a la fantasía y un mayor dominio de su complejo juego formal. Dos abstractos con tenues alusiones a la figuración recibieron menciones este año: Crucigrama: memoria de incidente de Guillermo Mezza (1953), óleo de un dinamismo explosivo y vibrante y Ausencia de Luis Aguilar Olaciregui (1950), acrílico de formas austeras pero contrastantes, que le otorgan profundidad y carga enigmática, y que marcan, además, una admirable ruptura con su trabajo anterior. Silfrido Ibarra (1959) también efectuó un cambio radical en su pintura con Nocturno vulgar, críptico escenario circense sumergido en un vasto espacio indefinido.

Seis de los galardonados este año ya habían sido premiados en versiones anteriores. También me parece importante destacar a dos artistas cuyas obras —seleccionadas en esta ocasión y premiadas en la bienal anterior— revelan grandes dosis de fuerza, originalidad y promesa: Victoria Suescum (1961) y Ana Elena Garuz (1971). Su participación demuestra que la bienal cumple el papel de dar testimonio de las facetas más novedosas en la evolución creativa de estupendos pintores jóvenes. Otro caso que merece especial atención es el de Carlos Martínez-Uliten (1956), médico de profesión en una provincia del interior del país, cuyo trabajo ha sido seleccionado en las tres versiones del certamen y que revela un marcado progreso en el dominio de su lúdico lenguaje geométrico.

La exposición de la III Bienal de Arte Pictórico Cervecería Nacional reveló, mejor que nunca, que los buenos pintores son pocos y los muy buenos, escasísimos . El estupendo montaje logró que cada sala de exposición mantuviera un alto nivel estético, pero nada habría perdido el público si se hubieran eliminado por lo menos quince de las pinturas colgadas. Panamá es un país pequeño, pero podría ostentar mayores niveles de calidad si existiera la voluntad de ofrecer oportunidades para exponer y apreciar buen arte. La bienal está cumpliendo un excelente papel como termómetro del estado de la pintura actual, y registrará una buena temperatura sólo si se llevan a cabo acontecimientos significativos en el transcurso de los dos años que separan una versión de la otra.

ADRIENNE SAMOS

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