Exposición Individualoct 1996 - dic 1996· Por Luis Lama

Francisco Mariotti

Museo de Arte de Lima

Francisco Mariotti es un artista altamente vinculado con las experiencias de las rupturas vividas por nosotros durante los años setenta. Hombre de rigurosa disciplina, con estudios en Suiza y en la Academia de Bellas Artes de Hamburgo, fue uno de los principales protagonistas de las corrientes que transformaron el concepto de arte en el Perú durante una década tumultuosa.

La presencia de Mariotti dejó su huella en la memoria de quienes vivieron esos años de incertidumbre y optimismo a través de sus experiencias en el desierto, trabajando con latas de leche para crear imágenes rescatadas de la iconografía popular. (Beata Sarita Colonia, patrona de nuestros marginados) y su participación como líder de uno de los grupos más lúcidos de la época, Huayco.

A inicio de los ochenta, agotado el ímpetu revolucionario, Mariotti decide marchar a Europa donde se dedica a profundizar la experiencia tecnológica, fusionándose a preocupaciones ecológicas que en Lima ya se había puesto en evidencia tanto en el gigantesco domo penetrable, El movimiento circular de la luz —hecho en 1968, para su participación en la Bienal de São Paulo— como en su paradigmático afiche para Contacta en el cual mostraba a dos insectos copulando. Contacta el más ambicioso proyecto peruano de los setenta y los artistas trabajaron en torno al mito de Inkari, marchando por todo el país como promotores culturales, intentando reproducir a nivel popular la efervescencia de un arte sin trabas ni censuras.

Exposición Individual: Francisco Mariotti — imagen 1
Francisco Mariotti. El templo de las luciérnagas. Highway R(u)hin-Autopista R(u)hin(a), 1994. 400 x 150 x 100 cm. Materiales varios. Foto: Tachy Lay.

Ocho años después de su partida, luego de intensa actividad europea, el líder de antaño regresa para hacer con sensores, PC, luces fluorescentes y TV, una muestra altamente comprometida con la ideología y la ecología. Sinfonía fantástica para una rana embrujada traería una ruptura al arte de un país atribulado por los excesos de la violencia, que encontraba en las vertientes neoexpresionistas el lenguaje más adecuado para la representación de su realidad.

En el presente año Mariotti vuelve al Perú y presenta en el patio central del Museo de Arte de Lima la muestra más compleja que haya realizado entre nosotros. Utilizando materiales tan distintos como Computadoras Amiga 600, vasos de yogurt, ductos de ventilación y módulos solares, Mariotti ha creado una naturaleza metálica, una fauna cibernética fuertemente vinculada al pasado de América Latina, como ocurre con El gran guacamayo precolombino, que con el movimiento de los espectadores agita las alas y pronuncia en lenguas vivas precolombinas (guaraní, quechua, aymará, náhuatl): "Palabra grabada en el aire. Memoria del tiempo."

Pudiera ser que El templo de las luciérnagas, por sus dimensiones y su disposición diagonal en medio del espacio cuadrado, sea la obra que termina por imponerse en el espacio de la exposición. Planeada como un homenaje a la iniciativa ciudadana que impidió la construcción de un puente- autopista, Mariotti parte de la ruina del fracasado proyecto para convertirlo en un templo dedicado a las luciérnagas.

Plantea Marotti: "Con la luz del día sale del templo un canto de insectos. Al caer el atardecer comienza en el interior del templo un juego de luces de cientos de luciérnagas". En Lima, las luces centellean al interior de estos arcos que al verlos de manera conjunta, particularmente en la noche, hacen que toda la arquitectura del patio vibre con su resplandor.

El cactus de los cuatro vientos, versión metálica del alucinógeno San Pedro, realizado este año con ductos de ventilación en acero inoxidable es una estructura de cuatro metros y medio en la que Mariotti invierte el color del cactus —volviendo roja la base y verde la flor— el cual al acercarse el espectador forma espinas con rayos de agua interconectados en su interior.

El pasado junio, el artista exhibió en el Museo de Bellas Artes de Caracas Canto Cuántico. Para su exposición venezolana Mariotti cita el texto "Cocuyo" de la antropóloga cubana Lydia Cabrera. "Para suerte se cogen muchos cocuyos se introducen en una botella que se sumerge en el río. Quien esto hace atrapará muchos peces durante cinco días. En el quinto o en el sexto una voz le dirá: Usted va a acabar con todos los peces de este río."

Juegos de infancia, donde la crueldad se legitima por la inocencia, muchos de nosotros en algún momento de nuestra vida hemos experimentado con los insectos enclaustrados antes de dormir. Mariotti también lo hizo durante su permanencia en la selva del Perú. Hoy, en su vida adulta, las luciérnagas son electrónicas, alimentadas por el sol, activadas por células fotosensibles, pero con idéntico encantamiento al de los componentes lúdicos de los años ya vividos.

Una versión de Canto cuántico se ha presentado en Lima. Es quizá la pieza más radical de todas las exhibidas entre nosotros. El gran tubo amarillo de 4 metros de alto, que responde a nuestra presencia con el chirrido de sus habitantes imaginarios, hace que, realmente, como el texto de Cabrera, respondamos "Señor, lo que deseaba era hablar con usted... y no podemos evitar, como afirma la antropóloga, volver la cabeza atrás," porque Mariotti ha hecho que el metal adquiera vida gracias a las formas y al color.

La trayectoria de Mariotti entre nosotros ha sido atípica. Con una obra ajena a populismos, su trabajo ha ido incidiendo, cada vez más, en esos aspectos que son tan familiares en todo orden de nuestra vida diaria y, simultáneamente, tan ajenos al quehacer de buena parte de nuestros artistas. Basta comprobar que la mayoría de los elementos que él emplea, lejos de pertenecer a la retórica del high-tech, forma parte de los materiales encontrados y vendidos en muchos de los puestos ambulantes de nuestras zonas populares. Son esos los encuentros y las apariencias de las que está hecho el arte. Y Mariotti lo sabe. Estas luciérnagas electrónicas que cantan y hacen el amor, estos cactus y guacamayos que rodean al templo central, permiten al espectador enfrentarse a una poética de encantamientos, elaborada —literalmente construida— con los elementos más contundentes de nuestra cotidianeidad. Eso es, precisamente, uno de los principales componentes de su seducción.

LUIS LAMA

Francisco Mariotti, por Luis Lama | artnexus