Con tan sólo 33 años de edad. Fernando López ya ha alcanzado una reputación sólida que presentar. El joven pintor de Montevideo se consolidó muy pronto como un impetuoso expresionista, el “niño malo' de la escena artística uruguaya. Sus lienzos eran sexualmente gráficos, aterradores y vibrantes, estridentes de borde a borde. Hacia finales de los ochenta empezó a acumular premios y críticas elogiosas, incluyendo el premio Julio LeParc en la Bienal de Cuenca en 1989.
Su primera exposición norteamericana en esta misma galería en 1991, confirmó el estatus de López Lage como pintor de apasionada irreverencia. Los senos voluptuosos que pinta Lage, sus penes voladores, sus hombres uniformados en posiciones comprometedoras le dieron a su trabajo una aguda energía. El incontenible movimiento en sus pinturas invitaba a una lectura, a cierto nivel, como frenética reacción, como evidente manifestación de la liberación del Uruguay después de una década de totalitarismo, tortura y represión. La brutalidad—al menos en los lienzos de López Lage—estaba dando paso a una purga sensual. Sexo, violencia, poder y religión, unidos todos y desencadenados en su arte. Las pinturas se percibían como lujuriosas y libres, inquietantes y catárticas.
La muestra actual, en contraste, es desafiante a veces, pero a la vez. sorprendentemente gentil y contemplativa. es más una exploración que una explosión. López Lage se muestra más relajado con respecto a los temas mismos, a las composiciones y al manejo de la pintura. Las obras, acrílico y pastel graso sobre lienzo sin templar, todas pertenecientes a 1996, son todavía bastante atrevidas, pero mucho menos exhibicionistas y extravagantes. Este es un trabajo más dócil, sujeto a mayor disciplina y control.

Los puntos claves de sus pinturas son tomados de pinturas religiosas de principios del Renacimiento, en algunos casos, contradiciendo indiscretamente ese estilo subyugado de meditación, y en otros, actualizándolo, humanizándolo y personalizándolo en una forma más amable. Predominan los temas clásicos del cristianismo: La Trinidad. La Crucifixión, La Anunciación, La Virgen y el Niño. López Lage bosqueja sus formas en colores oscuros, como si quisiera anclarlos, enraizándolos, casi con la fijación del vidrio de color. Como iconos, algunas de estas pinturas no quedarían bien en una iglesia convencional. La Cruz de la Tierra Pagana, por ejemplo, cambia la imagen tradicional del Jesús sacrificado por la de una mujer divinizada, vital, desnuda de la cintura hacia arriba y envuelta en una ondulante falda de paja tejida, con los brazos extendidos formando una cruz. El Espíritu y la carne reconcilian su larga desavenencia con la doctrina Cristiana en esta singular e impactante figura. Con los ojos hacia arriba, hacia los cielos, mientras el resto del cuerpo permanece palpablemente robusto y pegado a la tierra. Es fuerte y fértil, y López Lage muestra su intensa apariencia sexual como una cualidad espiritual inherente. Aunque la imagen podría parecer flagrantemente desafiante, en realidad, actualiza y rescata el icono cristiano tradicional para abrazar un ideal cultural diferente, con un sabor sincrético de adoración religiosa entre los muchos de Uruguay y de los países vecinos.
La Trinidad también recontextualiza un tema cristiano tradicional; la Madre, el Padre y el Hijo de López Lage son campesinos completamente humanos, incluso, están parados en un frondoso campo. Vestidos de blanco, con auras de oro brillante, están de pie debajo de bandas decorativas de color que evocan las divisiones y superficies espaciales arquitectónicas de la pintura gótica. Son figuras santas humanizadas, trabajadores cuyo carácter terrenal y esfuerzos mortales los dotan de un aura de santidad. Esta misma fusión de los reinos espiritual y material caracteriza todo el trabajo reciente de López Lage, que lleva a una exhibición provocativa de las tradiciones iconográficas. En el Hijo de Oxhala, el niño tiene la carita regordeta; es un manojo indescriptible en los brazos de su madre, mientras que ésta, de un tamaño exagerado—difícilmente comparable a una Virgen—deja escapar una mirada penetrante de su pálido y grisoso rostro. Es la protectora por excelencia, símbolo espiritual (con su resplandeciente halo) y madre real a la vez, cautelosa de las amenazas externas contra su hijo. En el fondo, lo que López Lage crea son nuevos iconos, iconos de gran humanidad y accesibilidad. Considerando el aplastante cinismo de las primeras obras de López Lage, uno duda en llamar reverenciales a estos nuevos trabajos; sin embargo, utilizan la tradición para darle nueva forma.. No son irreverentes, más bien, están infundidos de un respeto sutil que hace que el contenido espiritual de la obra sea más viable. De nuevo, López Lage se dirigidlas instituciones culturales, políticas y religiosas, pero ahora, ya no se centra en su falibilidad, sino que ilustra su potencial y el sentido de esperanza que finalmente proyectan. Si sus primeros trabajos se deleitaban en las libertades restablecidas de la nación, esta nueva obra asume la tarea de reconstrucción de la espiritualidad desde adentro.
LEAH OLLMAN
