El fin de los márgenes

Roberto Valcarcel. Instalación, 1996. Siete ataúdes pintados cada uno con un color del arcoiris.

Colectivaoct 1996 - dic 1996· Por Catalina Mena

El fin de los márgenes

Museo de Arte Contemporáneo de Chile

La persistente omisión de la producción plástica boliviana actúa como última reserva de ese exotismo mítico que aún subsiste en la mirada externa sobre el arte latinoamericano. Bolivia aparece como un enigma todavía vulnerable al reduccionismo conservador que insiste en identificar cultura con territorio para, de este modo, no ver alteradas las estructuras de clase. El anuncio de una muestra "boliviana" genera entonces las expectativas de ver confirmada la "representación" de un supuesto imaginario nacional.

Lo interesante es que cada uno de los expositores se encarga eficientemente de frustrar este deseo. El primer síntoma de desacato se cifra en la distancia que cada trabajo mantiene respecto del otro: los artistas defienden su diferencia. De modo que la heterogeneidad opera como señal que anuncia el inevitable naufragio de las expectativas conservadoras y obliga a una mirada que desde la perplejidad pueda conectarse desprejuiciadamente con las obras.

Colectiva: El fin de los márgenes — imagen 1
Keiko González. Totem I-VIII, 1996. óleo y madera. Dimensiones variables.

Fernando Casas, Keiko González, Guiomar Mesa, Ejti Stih, Sol Mateo, Gastón Ugalde y Roberto Valcarcel desarrollan, cada uno, su propia propuesta. En este sentido, más que una colectiva, lo que se presenta son siete muestras individuales. Las obras recorren todos los registros y técnicas, revisando una multiplicidad de tendencias que han marcado la historia del arte contemporáneo. Hay pinturas (Casas, Mesa. Stih), técnicas mixtas aplicadas a trabajos objetuales (Mateo, González) e instalaciones (ügalde, Valcarcel). Hay también herencias del hiperrealismo, del primer expresionismo alemán, de la neo-figuración y del conceptualismo en todas sus vertientes. Destacable es la preocupación de todos los artistas por el montaje, conciernes del papel que desempeña el espacio, aunque se trate de obras que van colgadas a la pared.

Más allá de las diferencias de opdón y procedimiento, es necesario señalar que no todas las obras se encuentran en un mismo nivel de resolución y consistencia. Quizá sea este el aspecto más conflictivo a la hora de legitimar la curaduría de la exhibición. Una categorización de los trabajos podría se arbitraria y discutible, pero es evidente que la figura y la obra de Roberto Valcarcel merecen un lugar privilegiado. La trayectoria de este artista lo sitúa en un momento fundacional en relación al desarrollo de un arte crítico y experimental en Bolivia. El montaje de Valcarcel —consistente en siete ataúdes cada uno con un color del arcoiris, dispuestos en forma circular en el centro de la sala— aparece claramente como el trabajo más resuelto y coherente de la muestra.

Colectiva: El fin de los márgenes — imagen 2
Guiomar Mesa. Cruces, 1995. Díptico. Óleo sobre tela. 200 x 200 cm.

La diversidad presente en esta exposición, por momentos, corre el riesgo de disolverse en la inelocuencia, al no ser capaz de una lectura alternativa a la oficial. Pero, precisamente, es en la negación de esa expectativa nacionalista donde se produce el punto de cruce que posibilita un "equilibrio precario". Se trata de un "no" pronunciado con la fuerza suficiente como para sostener la muestra. Sin embargo, la voluntad de romper con el estereotipo folclórico tradicional —ya se trate del paisaje andino, del realismo socialista o del problema étnico— no puede dejar de citar lo que niega. Esa cita aparece como secuela, como resto, como ruina que documenta una catástrofe. Está el referente indígena, está la religiosidad popular, está el drama social, están los elementos de un paisaje cargado de connotaciones emocionales, están las dictaduras militares. Todo este arsenal de lo "boliviano" ha sido sometido a un destrozo crítico y luego recuperado como fragmento que opera en los contextos singulares creados por las lógicas internas de cada obra.

El discurso que esta muestra pone en circulación es precisamente la constatación del sinsentido de fundar la identidad desde un dato territorial previamente categorizado. De hecho, los siete expositores bolivianos se mueven en un circuito internacional y han asimilado inteligentemente el cruce y la superposición de códigos al interior de su trabajo creativo.

La colectiva se presentó hace unos meses en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Los trabajos regresaron a Bolivia y ahora se está gestionando su montaje en Argentina, Brasil, Alemania y Holanda.

CATALINA MENA

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